Una playa (?) en Madrid
Madrid sin playas
¿Podrías imaginar un Madrid sin playas?
¿Sin la notoriedad que el mar efervescente
le ha dado y seguiría dándole?
¿Qué sería de la ciudad,
sin hamacas, sin sombrillas,
sin turistas sonrientes y agotados?
¿Qué espectros por sus calles errarían?
Si desapareciera su litoral,
¿habría un museo en la ciudad?
¿Pasearíamos por ese museo
al que, tal vez, le llamaríamos El Prado?
¿Nos amaríamos paseando ahí?
Y el amor…perdona mi ingenuidad,
¿pero no sería el amor una realidad?
¡Hay que comer sandía!
Al entrar en la cafetería, lo primero que estalla, como un trueno, en nuestra vista no puede ser otra cosa que los trozos de sandía dispuestos en las bandejas metálicas. En este momento, a cualquiera le resultaría imposible tomar otra decisión. ¡Hay que elegir sandía! ¡Hay que comer sandía!
Hay que comer sandía porque la sandía crea una ilusión bicolor, y es una ilusión frágil. Al comerla, al acercarse a ella, ¿quién podría ignorar sus semillas de noche denso? ¿quién podría pasar por alto sus venas de azafrán y el degradado de color entre su corteza y su pulpa? Alabemos a esta gran maga, artista, maestra de camuflaje que deliberadamente nos deja ver sus fallos. Sin embargo ¿son sus fallos de veras fallos? ¿Qué cazadora y mentora tan ingeniosa es la sandía?
Hay que comer sandía porque, a pesar de su potente impacto visual, se sitúa en primera línea de la lucha contra la hegemonía visual. Una vez cortada, no se duda en pudrirse en el aire veraniego, es decir, negarse a sí misma, es decir, negar el papel dominante de lo visual en su construcción, es decir, romper así los grilletes que encadenan su espíritu. Cuando se detona la sandía en la boca, ¿quién no puede apreciar el impacto cuádruple que provoca en el tacto, el gusto, el olfato y el oído? La sandía se entrega plenamente para recordarnos con su sacrificio nuestros potenciales que aún no han sido adecuadamente aprovechado.
Hay que comer sandía porque, ante la mayoría de las preguntas, la sandía mantiene un silencio majestuoso, tonto, cobarde o humilde. Su misericordia y sus valores ocultos no están destinados únicamente a los seres humanos. Que gritemos nuestras preguntas desde los surcos del campo: ¿Sandía, quiénes son tus amigos, y quiénes tus enemigos? ¿Qué opinas del sol y qué esperas de él? ¿Odiabas las lluvias del otoño pasado? ¿Y las liebres, las chas[1]? ¿No nos facilitaría tu opinión? ¿Acaso, aunque sea una vez, podríamos escuchar sus respuestas?
Hay que comer sandía porque es puro verano y tenemos sed. Tenemos sed y riesgo de desmayarnos y por lo tanto hemos de comer sandía. Ha llegado la temporada de cosecha y es demasiado tarde para sembrar. Se puede imaginar que habría más que pensar sobre la siembra, pero es demasiado tarde para sembrar. Es demasiado tarde para sembrar pero aún podemos comer sandía. Año tras año, el sol y el tiempo llueven sin cesar. La primavera que viene, ¡sembraremos sandía y comeremos sandía!
[1] animal mítico que come sandía, inventado por el escritor Lu Xun.
Barajas
Camino de grava
por el bosque, un paseo
El sol a punto de hundirse, sereno y
pícaro, dio su último
salto
En ese momento un amigo
me dijo de repente
que es una escalera
la corteza del abedul
Pero solo los seres ligeros
—como, por ejemplo,
las mariquitas
y los espíritus madrugadores
del bosque—
pueden ascender al cielo
por sus peldaños
En cuanto a nosotros,
limitados son nuestros medios
Y, como condición,
es un deber purificarnos :
“Any batteries? Power banks?”
“Jacket in a separate tray!”
Sin duda, los agentes de seguridad
saben mejor que yo
cómo nombrar mis objetos.
Peso
Cerca de mi casa se queda el supermercado A. Una primera visita, la segunda, pude afirmar que lo frecuentaba en la tercera. Con el vuelo de los días y meses, empecé a abrazar un nuevo estilo de vida, aniquilando mi obsesión por visitar el supermercado M.
Abundante y variado es el repertorio del supermercado. Detrás de la línea de defensa defendida por arcos antihurto y arqueros invisibles, un mar de cosas, tan humildes como caramelos, grosellas y ajos, y tan pronunciados como teles, neveras y ollas para gigantes. Al nadar, uno se encuentra estupefacto e incapaz de acordarse del plan de operaciones que hizo en el sofá, perturbado sin saber qué hacer.
Con la finalidad de reducir los costes del personal y mejorar la experiencia del cliente, el supermercado ha instalado cajas de autopago. Los que optan por la tecnología, después de escanear los códigos de barra, han de poner los productos escaneados en el plataforma de pesaje, para que la máquina revise sus pesos.
Se entiende que una caja de gambas, una botella de cola o una bolsa de detergente tiene su peso fijo registrado en el sistema para revisión; lo menos imaginable es que también lo tiene un libro de cómic, unos jeans o un par de ganchos.
¿Cómo no sentir miedo al pagar? El miedo de que el supermercado A sea meramente una sombra platónica. Al final de la vida, ¿habrá un Abubis que nos espera con su balanza para medirnos un mérito o carácter tan secreto como profundo?
Tan grande es el miedo que siento por esta deidad pesadora. Pero en la cara oculta del corazón, un anhelo aún más inmenso por su existencia.
La Vaguada

