Vagabundos

No faltaba mucho para que el frío de las siete de la tarde obligara a todos a caminar rápido hacia sus casas. Las respiraciones de los señores con traje se guardaban en sus guantes de cuero. En los adoquines sonaban los clac-clac de tacones agujas de mujeres envueltas en bufandas blancas. El aire gélido se mezclaba con el olor a tabaco y las agujas del reloj. Bajo los faroles se dibujaban sombras de mantas sobre el suelo helado.

Los vagabundos se amontonaban con lo poco que tenían para abrigarse. Algunos mostraban talones desnudos, erosionados por el asfalto y la suciedad. Otros, risueños, les lanzaban botellas por diversión, otros agitaban las manos, exigiendo, aunque fuera un centavo. Tosían y tosían mientras los señores con traje los esquivaban sin mirarlos.

Los tacones y zapatos rodeaban a los vagabundos en zancadas, evitando respirar el mismo aire mustio que ellos. Se derramaban alcohol por las barbas hasta mojarse las chaquetas halladas en la basura o en las puertas de los edificios. Los señores con traje pisaban con cuidado sobre las mantas en la vereda, el olor a licor y las risas se desparramaban hasta la calle 

Cuando el reloj marcó las ocho, los acolchados y las cajas comenzaron a multiplicarse. Colchones rotos y pedazos de cartón cubrían plazas y avenidas. Los señores con traje ya no podían esquivarlos del todo y comenzaron a mirarlos. Caras conocidas de tíos, primas, ex novios con dedos sucios y sobras de comida a su alrededor. Cuando el reloj marcó las nueve, era imposible caminar sin tropezarse; las calles ya no eran de adoquines, sino un mosaico de cuerpos, bolsas plásticas y mantas donde descansaban amalgamados los sin casa.

Algunos señores con traje tropezaban hasta acabar en el suelo, otros se acostaban sobre telas húmedas y bebían un sorbo de alcohol junto a los vagabundos. 

A medida que la noche avanzaba, una destrucción se extendió por la ciudad. Altos bancos, mansiones burguesas, pequeños comercios y farmacias se derrumbaron dando lugar a improvisadas guaridas hechas con escombros. 

La ciudad se llenó de gritos, eructos, botellas rotas y basura revuelta. Las colchas andrajosas avanzaron hasta la frontera con el país vecino. Los relojes dejaron de marcar horas precisas, la ciudad se convirtió en un espacio suspendido. Ahora todos se miraban y reconocían.

Y mientras la madrugada caía, los señores con traje comenzaron a mezclarse con los vagabundos. Sus camisas y bufandas se ensuciaban, sus zapatos se mojaban en charcos de alcohol y barro. 

Los vagabundos seguían allí, esperando que el día los obligara a moverse de nuevo, mientras la ciudad despertaba.

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