Te invitan a un café en la tarde y dices que no, porque el libro que estás leyendo está muy bueno y es en la tarde cuando tendrás el único rato libre para seguir devorándolo. Pasan y pasan rápidas las páginas, pero luego hay unas en las que te demoras más, que relees, que repiensas, en las que te detienes en la musicalidad de las palabras. Quieres comprender a las mujeres allí plasmadas. Pasan y pasan rápidas las páginas, pero luego, cuando llegas al penúltimo capítulo, te demoras días en leer diez. Al tercer día te preguntas por qué es que te estás demorando tanto en terminarlo, y entonces te das cuenta de que no quieres que termine.

La belleza del desastre (Jekyll & Jill, 2026) es la historia de dos primas argentinas, Jana y Florencia, que viven en Barcelona y tienen una soledad e infancia comunes, pero también una distancia por los mismos traumas que de pequeñas las unían. Se ven obligadas, junto a dos amigas más, a huir en auto hacia Finisterre, Galicia, debido a  una nube tóxica que amenaza con matarlo todo en la península ibérica.

Los capítulos se alternan entre las voces de las dos primas, e intercalan el presente y el pasado. Aunque no se hablan, conviven, y a través de los recuerdos entablan un diálogo inevitable. A veces también hay imaginaciones, sueños y experiencias místicas, construyendo así un rico prisma narrativo. Se cuentan cosas que pasan, pasaron o piensan y cada una lo hace de manera especial, con su propia forma de narrar. Realmente, es como si hubieran escrito por separado sus partes. Los personajes tienen tal forma que te metes mucho en sus vidas y te preguntas si no serán personas reales, si un día no saldrán del libro y podrás tener una conversación con ellas.

Jana expone:

(las)

venas abiertas

de mi mente

Y nos hace entrar a esas venas con sus versos, con su desnudez, con su deseo crudo y expuesto de ser amada.

Florencia nos dice:

una siempre se va para ser otra

Y vivimos, casi en carne propia, la dicotomía que es el desgarro de migrar.

Florencia tiene rabia, muchos tatuajes y se droga, se droga con todo y fuma como camionero. Jana, en cambio, es introspectiva y prácticamente no habla, menos aún con Florencia. Pero escribe, escribe y escribe. Se desenvuelve entre prosa y verso, juega con las imágenes y la musicalidad del lenguaje. A lo largo del libro, cada una de ellas pasa por una transformación que, a su vez, transforma su expresión. Van desarrollando su interioridad y, mientras cambian, paradójicamente, las vamos conociendo más, a la vez que entre ellas se van acercando en su forma de ser, percibir y pensar.

Miryam Hache hace un bello uso del estilo. En las primeras páginas te desconcierta con su poesía, luego vas armando sus contrastes e imágenes y después, gracias a la incorporación de recuerdos pasados y transformaciones narrativas, otorga una textura a la historia de gran sensibilidad y conexión tanto artística como emocional. Tiene sentido que haya reescrito la novela muchas veces, porque evoca un doble sentimiento: de diario íntimo y de texto profundamente trabajado, difícil de conseguir. Nos muestra, a través de la escritura que la vida pasa y, en una simbiosis, la vida solo se desenreda en la escritura misma, o como dice Jana:

La literatura reescribe la infancia, nos refunda, pero también nos redime, por ejemplo, ante lo sustancioso de los días, nos permite conservar los momentos de desencanto mínimo, la derrota insólita que nadie se lleva a ninguna parte, pero construye el gran relato de nuestras vidas. La sucesión de gestos hilvanados rizando sin fin el rizo del tiempo…

A lo largo del libro hay dos importantes tópicos entrelazados: las mujeres desesperadas y la migración. Muchos otros inmigrantes retornan a sus países para refugiarse de la nube, pero dos de las cuatro mujeres en el auto no pueden: no tienen ni papeles ni dinero. Además, las cuatro tienen en común que quieren completar un vacío existencial en sus vidas. De forma similar, pero más triste, son las mujeres atormentadas de la familia de Florencia y Jana: mujeres que sufren, se deprimen, se alcoholizan y buscan “ese amor embrionario, incondicional, que nos faltaría siempre”. Florencia tiene una conciencia abrumadora de cómo se hereda el dolor en su familia y desea quebrar el déja vu generacional. La única posibilidad es romper con todo: irse al otro lado del mar, cortar las raíces de la maleza contraintuitiva y parasitaria, inconsciente; podar y podar, pero entonces quedar con casi nada, buscando también una realidad material mejor en Europa. Como dice Jana:

Enfermarse fuera del país. La familia hecha de palabras de agua en mensajes de texto, las amigas, al otro lado del charco, puro texto sin piel. Mi mamá, tan lejos.

El libro muestra de forma muy verosímil que en un nuevo territorio se transforma no solo tu exterior, sino que tu interior también se desordena, buscando traducciones y correspondencias entre palabras de tierras opuestas. Por eso, en el pensamiento de las personajes se cuelan en cursiva las palabras “móvil“, “guapa” o “mesita de luz“, representando fielmente la experiencia latina en España. También en los diálogos entre las cuatro mujeres (dos argentinas, una chilena y otra catalana) se reflejan los distintos castellanos y ni hace falta aclarar quién habla, porque su propio lenguaje lo dice; lees sus voces y escuchas sus acentos. Es un tira y afloja entre un habla ajena que te coloniza y a la que te tienes que adaptar y la inamovilidad de la gran identidad esencial que tu propia habla te concede.

Por otro lado, la nube que les persigue materializa la catástrofe climática que estamos viviendo ahora. En nuestra realidad podemos permitirnos vivir ignorantes del calentamiento global. En cambio, “la nube” es inminente, es el vaso colmado de lo que nosotros aún tratamos como ficción (pero que existe) por centramos en el individualismo presentista. En la novela se hace un giro interesante porque, sin que exista la posibilidad de la ignorancia, las historias individuales siguen teniendo gran protagonismo. Colinda los límites de los géneros literarios, entre la ciencia ficción y la novela piscológica, debido a que la historia gira y no gira en torno al desastre de la nube. Es un mundo futurista donde existen alta tecnología y neurochips (de nuevo, no tan lejos de nuestra realidad) y también es sencilla y significativamente, el mundo de Jana y Florencia: de sus sentimientos, de sus dudas, sus desesperaciones y sus memorias. Aunque el mundo se está cayendo, siguen existiendo, siguen siendo humanas, preguntándose sobre la vida, columpiándose entre la infancia y la adultez. Las personas siguen siendo personas y sintiendo como tales, incluso en un mundo de mega tecnologías que perturban sus pocas certezas ante la vida.

La belleza del desastre es un libro sobre el cambio, la posibilidad de transformarse, pero al mismo tiempo sobre la fuerza de nuestra historia, nuestro pasado, nuestra familia y de cómo eso nos conforma. La posibilidad de cambiar se vuelve una necesidad acuciante cuando el mundo afuera está mutando, cayéndose y surge la urgencia de la intuición por aquello a punto de desintegrarse. A través de la lectura, los textos cobran nuevos significados, como tejidos que se bordan infinitamente. A las palabras que alguien volcó en papel, en aquel que lee les resuenan ecos. Por esto, y por su escritura sensible que paulatinamente desenrolla un hilito en sí misma, La belleza del desastre no solo nos habla del cambio de dos personajes: nos invita, como lectores, ya sea en dos, tres o diez días por un puñado de páginas, a nutrir y reverberar un cambio en nosotres mismes.

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