A lo largo de Sans Soleil, Chris Marker demuestra que la geografía también es una forma de pensar. Las reflexiones de Sandor Krasna no solo recorren distintos países, sino que construyen una red de correspondencias entre ellos, poniendo en diálogo lugares tan dispares como Japón, Guinea-Bisáu, Cabo Verde, Islandia y San Francisco. Salvando las distancias, ese mismo ojo dialéctico sobre la geografía atraviesa también Las pérdidas (Laguna Libros, 2026), donde Cristina Bendek propone un mapa tejido a partir de resonancias entre territorios alejados que comparten una misma suerte histórica.
La novela narra el peregrinaje de Lorraine Jay, una poeta encargada de transportar unas cartas desde Providencia, Colombia, hasta La Haya, en los Países Bajos, sede de la Corte Internacional de Justicia. Allí, los documentos habrán de incorporarse a la fase final del segundo litigio entre Nicaragua y Colombia, celebrado en 2023.[1] La travesía tiene lugar años después de que los huracanes Eta e Iota devastaran gran parte de la isla, una catástrofe que imprime el tono de las meditaciones que recorren la novela. Y es que, en Las pérdidas, los acontecimientos importan menos por sí mismos que por las reflexiones que suscitan, hasta el punto de convertirse en el verdadero motor de la narración.
El talante ensayístico de Bendek reluce cuando aborda el territorio, en particular al poner de manifiesto las contradicciones entre la experiencia de quienes lo habitan y las decisiones de quienes lo controlan, como ocurre en el conflicto entre Nicaragua y Colombia. La autora cuestiona la manera en que las decisiones políticas y jurídicas suelen desentenderse de las realidades cotidianas, ignorando que toda delimitación geográfica entraña profundas implicaciones humanas:

En el archipiélago nadie se hubiera preguntado cómo se ve el mundo desde La Haya si no hubiera ocurrido la pérdida, una pérdida en justicia, como todas nuestras pérdidas, elaborada con argumentos que alguien más convino como aplicables, universales. No son pérdidas de guerra, son las pérdidas del olvido o de la ignorancia. Las pérdidas de la argumentación incompleta, pérdidas de despacho y tribunales, de trajes que no podrían llevarse con dignidad en el archipiélago. Así fueron Panamá, y La Mosquita, y Luna Verde, y las inmediaciones de los Cayos del Norte. Nadie en las islas se preguntaría cómo es la vida en La Haya, cuáles son los colores de la luz, cómo se mueve uno por esa ciudad; quiénes viven allí, cómo se pedalean sus bicicletas, qué cosas ocupan. Sería otra ciudad cualquiera.
En este sentido, la novela subraya que las fronteras y los documentos legales no son meras abstracciones, sino fuerzas capaces de transformar la vida de quienes dependen de ese espacio. Esa distancia entre la experiencia de los habitantes y el lenguaje técnico de las instituciones se hace evidente, por ejemplo, cuando la sentencia traduce coral debris como «el esqueleto de un animal muerto», una expresión que reduce la complejidad ecológica y cultural del territorio a una definición burocrática. Como afirma Lorraine: «Los años que llevo en la tierra me bastan para saber que nunca papeles son solo papeles», una frase que resuena más allá de la ficción y encuentra eco en distintos conflictos jurídicos sobre el territorio en Colombia, como los procesos actuales de restitución de tierras.
Sin embargo, quizá el aspecto más fascinante de las reflexiones de Bendek sea que nunca quedan confinadas a Providencia. Por el contrario, la autora las proyecta hacia otros territorios, estableciendo correspondencias históricas que, en apariencia, no existían. El viaje de Lorraine hace posible ese mapa de resonancias. En Ciudad de Panamá, por ejemplo, la contemplación del Canal deriva en una reflexión sobre el imperialismo estadounidense y la segregación que durante décadas impuso la Zona del Canal, evocando episodios como el Día de los Mártires[2] y la represión contra el movimiento estudiantil. Más adelante, esas mismas inquietudes reaparecen al abordar el Canal de Suez y la división de Berlín tras las guerras mundiales. Aunque cada uno de estos procesos responde a circunstancias históricas distintas, Bendek los enlaza a partir de una experiencia compartida de despojo y vulnerabilidad territorial. Es precisamente en la distancia entre estos lugares donde la novela encuentra sus semejanzas más reveladoras y construye una auténtica narrativa de viajes sostenida por la historia.
El territorio, en especial el vinculado al archipiélago de San Andrés y Providencia, parece que está constituyendo una preocupación constante en la obra de Bendek, como ya podía advertirse en Los cristales de la sal. Sin embargo, Las pérdidas da un giro más ensayístico y amplía esa exploración hacia una reflexión de alcance global. Con ello, la novela se distancia de las narrativas territoriales más convencionales de la literatura colombiana y se acerca a la escritura de autores latinoamericanos como Aviones sobrevolando un monstruo, de Daniel Saldaña París, y Papeles falsos, de Valeria Luiselli, cuyas obras también entienden el viaje y la geografía como formas de pensar la historia. Bendek demuestra que, incluso entre geografías separadas por océanos, la historia deja las mismas huellas.
[1] El litigio entre Colombia y Nicaragua se centra en la delimitación marítima del Caribe. Si bien Colombia mantiene la soberanía sobre el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, los fallos de la Corte Internacional de Justicia han modificado los límites marítimos, afectando especialmente a las comunidades raizales.
[2] El Día de los Mártires recuerda los acontecimientos del 9 de enero de 1964, cuando manifestaciones por la soberanía de la Zona del Canal fueron reprimidas, dejando decenas de muertos y convirtiéndose en un hito de la lucha panameña por el control del Canal.





