En esta entrevista conversamos con Antonio Díaz Oliva, escritor chileno nacido en Temuco y autor de libros como La soga de los muertos, La experiencia formativa y La experiencia deformativa, además de la novela Campus, publicada en Estados Unidos por Chatos Inhumanos y en España por Ediciones Lastarria & De Mora. A propósito de esta última, hablamos sobre sus juegos con el lenguaje, el género de la novela de campus y otros temas que atraviesan la conversación.

Daniel Carvajalino: De entrada, Campus me fascinó. Me parece una novela muy bien escrita y muy flexible en cuanto a su forma y a los juegos que propone. Pienso, por ejemplo, en el inicio, en esa especie de tablón donde aparecen los nombres de los profesores de la universidad junto con sus áreas de especialidad: para mí es fácilmente uno de los mejores momentos de la novela. En general, siento que Campus es un excelente referente de cómo manipular distintos registros y explotarlos desde sus propias lógicas internas. Me interesa mucho conocer cómo es tu relación con el lenguaje al escribir.

Antonio Díaz Oliva: En Campus quise mezclar varios lenguajes; uno de esos, tal como dices, es los sitios webs de la academia gringa donde aparecen las áreas de especialidad. Yo veo esos espacios como zonas de ansiedad personal e intelectual, casi como divertidos aforismos llenos de neurosis y performance. Y eso me llevó a que algunos personajes de Campus tuvieran cosas inusuales, a primeras, en sus áreas de especialidad: Rosalía y la transición española; Pedro Pascal y la postmemoria chilena; etc.

DC: Además es una de las primeras cosas con las cuales se encuentra el lector. Una suerte de introducción al mundo de esta novela.

ADO: Y es algo que no se espera de las novelas, por lo general. O sea, Campus comienza con la desaparición de un profesor, un hispanista a la vieja usanza que estudia la guerra civil de España y los caballos, y luego viene el sitio web de la Universidad de Pepsodent, que es donde sucede la mayor parte del libro. Ese dinamismo, el pasar de un formato narrativo al otro, es algo que me gusta como escritor y lector. Porque bueno: es algo que escritores como Manuel Puig han hecho. Pienso en la parte final de Maldición eterna a quien lea estas páginas, donde lo último con que el lector se encuentra es un documento anormal para una novela; una solicitud de empleo.

DC: A parte de las novelas de campus —y noté que William Stoner aparece mencionado como personaje en tu obra—, siento que hay algo de Foster Wallace allí. No solo en ciertos detalles irónicos relacionados con la cultura pop, como que la universidad donde trabaja Salvador Allende, el protagonista, se llame Pepsodent por una marca de pasta de dientes. También se nota cómo, detrás del humor ácido, se asoma una tristeza profunda en la academia y cierta decepción frente al “éxito” que todos parecen perseguir en este mundo.

ADO: Mencionas varias cosas claves: humor ácido, tristeza profunda, decepción, éxito…. Supongo que Campus es mi “broma finita”, ya que los campus estadounidenses son lugares finitos, con fronteras demarcadas, a diferencia de las universidades (pienso en América Latina) que están en medio de las ciudades y por tanto se difuminan las fronteras entre aulas y calles.

En cuanto al humor ácido, pues creo que le echo la culpa a cierta sensibilidad de España, como las películas de Alex de la Iglesia y el gran Berlanga, así como a toda la filmografía de los hermanos Coen, ahora en Estados Unidos. También a cintas como Diálogos de exiliados de Raúl Ruiz, chileno y francés. En fin. Esas son influencias, pero creo que mi visión del mundo es a través del humor ácido. Lo cual supongo que es mi forma de escudarme de esa tristeza, o melancolía, que surge cuando uno se da cuenta lo raro que significa estar vivo en estos tiempos. O en cualquier tiempo.

DC: Hablando de las novelas de campus, me parece interesante cómo tu obra plantea una visión latinoamericana dentro de un género mayoritariamente gringo. Me atrevería a decir que el humor —sobre todo el humor chileno— funciona como la manera en que te instalas dentro de los límites de un género y de una realidad extranjera. Me gusta pensar que, en tu novela, el humor es una verdadera posición de mundo.

ADO: Sonrojo un poco con lo que dices. Especialmente con este libro, es así: escribí Campus con la idea de que el humor fuera central. Para mí el humor es algo muy serio. Pero siento que no tanto para los escritores y escritoras chilenas, donde la seriedad sigue siendo la mejor moneda de cambio. Por eso a veces no me siento un escritor chileno, ya que nunca pertenecería a un club que admitiera a alguien como yo.

Te debo confesar que, si bien la novela salió en USA hace 3 años y en España recientemente (ya vienen versiones en Chile y en otras partes), a veces la vuelvo a leer, así al tuntún, y me muero de la risa. Creo que eso es clave: que el autor lo esté pasando bien. Me gustan los libros en que se nota que el autor o la autora lo están pasando bien, en vez de hacer las tareas y escribir libros que son supuestamente importantes por motivos socioculturales.

DC: Siempre he pensado en que Latinoamérica somos muy dados al humor negro. ¿Tú qué piensas al respecto?

ADO: Sin duda nuestro humor no es ligero, como el de los gringos o la mayoría de los europeos (¿has visto alguna vez a un comediante alemán? Es casi un ejercicio metafísico de antihumor, lo cual sin duda tiene su mérito). Puede que nuestro humor, más que negro, sea Rulfiano. Nuestra risa tiene algo de tristeza y melancolía, aunque de todas maneras tiene algo celebratorio. No sé. Pienso en Juan Rulfo, que es como el Franz Kafka mexicano y, por extensión, latinoamericano. Ambos autores tristemente divertidos o divertidamente tristes. El humor latinoamericano rompe toda pretensión de magnificencia.

DC: En otras entrevistas has mencionado que hay muy pocas novelas de campus en español. Me da curiosidad: ¿existen novelas de este estilo ambientadas en universidades latinoamericanas?

ADO: En el mundo latino-hispano hay algunas novelas, aunque no tantas como en el mundo anglo, donde hay varios títulos que me fascinan: Pnin de Vladimir Nabokov, la trilogía de novelas de campus David Lodge, la novela de Mary McCarthy, La historia sereta de Donna Tartt, entre otros. En España tenemos a los Javieres: Cercas y Marías. Estos escribieron novelas de campus: Todas las almas, La velocidad de la luz, y creo que Cercas tiene dos más, sus primeras, de hecho.

En Chile hay una que se llama Cátedras paralelas, de Andrés Gallardo, que es muy divertida ya que cuenta la historia de un profesor que renuncia a la academia para irse vivir al campo. Algo que muchos hemos pensado. En México tenemos Ciudades desiertas de José Agustín, que no es tan conocida, y que tiene una irregular pero empeñosa adaptación con Gael García Bernal. En Argentina está Las teorías salvajes de Pola Oloixarac, una autora mona y salvaje. Lo que no sé, por ejemplo, es si hay novelas de campus en Colombia. De seguro hay.

Te digo todo esto para responder: hoy es un momento ideal para continuar esta tradición literaria, ya que con la “inteligencia” artificial, y el neofacismo, y las nuevas políticas identitarias, los campus son los verdaderos campos de batalla. Ya sea en Bogotá o Caracas o Santiago.

DC: Es muy particular cómo tu novela es una sátira que, año tras año, se vuelve cada vez más real. La promesa de la educación universitaria hoy se percibe más como un salto de fe que como una herramienta que garantice ascenso social, como ocurría en Latinoamérica durante el siglo XX. Y lo que hace tiempo llamaos como “la crisis de las humanidades” cada vez es más apocalíptico.

ADO: Es un delirio para los que crecimos análogos y hemos visto la cultura digital tomarse las humanidades, sin duda. Ahora, creo que hay esperanza. No quiero ser tan negativo. Te digo esto porque crisis y humanidades son dos términos que siempre me han parecido sinónimos. O por lo menos primos. Se necesitan uno al otro. Las humanidades son como Larry David: siempre en crisis.

Creo que eso queda claro en Campus, donde los profesores viven, pese a estar rodeados de un escenario pastoral, en un constante estado de frenesí.

DC: Para cerrar, una pregunta para un primo: ¿vale la pena doctorarse en literatura hoy en día?

ADO: Ja. Tu primo no es el primero en preguntar esto, ¿sabes? He tenido la suerte de ser invitado a algunas universidades, en Estados Unidos, para dar una lectura y luego hacer un Q & A con profesores y estudiantes graduados. Muchos PhD. Algunos preguntan lo mismo: ¿vale la pena hacer, continuar, un PhD? Solo te puedo responder esto desde el Estados Unidos de Trump, versión 2026, donde las universidades se están volviendo… bueno, distópicas: cada vez se parecen más a una empresa farmacéutica antes que un ambiente pastoral y propicio para el debate y conocimiento.

No sé, primo.

Citando al gran Bartleby: Preferiría no hacerlo.

Solo diré que hay demasiados escritores con doctorados, lo cual no es su culpa, ya que quedan pocos oficios paralelos que permitan a un escritor poder seguir escribiendo sin romperse la espalda. Alguna vez lo fue el periodismo escrito, hoy desaparecido. Y eso tuvo una incidencia en la literatura: novelas cercanas al periodismo, de alguna manera. Y ahora es la academia, y eso también tiene una incidencia en la literatura. A mí no me gustan mucho los libros a los cuales se les nota un marco teórico. Marcel Proust decía que a una novela que se le nota la teoría es como un regalo que viene con la etiqueta del precio.

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