If to borrow is to take and not return
I have borrowed all my lonesome life
And I can’t, no I can’t get through
The borrower’s debt is the only regret of my youth
–“Bedouin Dress”, Fleet Foxes
En Sobre la escritura, Proust sugiere que, en últimas, recordamos menos lo que escribimos que las cosas que rodeaban la escritura, hasta el punto de que ambas terminan por confundirse con el paso del tiempo. Podría decirse que Papeles de un verano (Almadía, 2026), de Javier Serena, se inscribe en esos mismos términos: una novela que narra lo que sucede mientras se intenta escribir en un momento muy específico de la vida, cuando las aspiraciones juveniles se enfrentan a la incertidumbre de una adultez que comienza, similar —si se me permite la metáfora proustiana— a la fugacidad del fin del verano, del último verano.

Papeles de un verano, en principio, se presenta como una novela de aprendizaje. Su protagonista, Javi, tiene veinticuatro años y, durante el verano de 2006, entre Praga, Córdoba y Madrid, intenta hacerse un lugar en el mundo a través de la escritura. Sin embargo, un empleo burocrático y la precariedad de sus aspiraciones revelan la distancia entre la vida a la que aspira como escritor y la que tiene. La escritura se abre paso, así, entre el tedio de la cotidianidad, porque, como suelen decir, escribir es siempre tiempo robado:
“Por la mañana, en el despacho de la Gran Vía, traté de aprovechar esas horas secuestrado para avanzar en la escritura de mi libro, pero al sacar el cuaderno en que garabateaba frases en vertical como si fueran versos en que cuidaba cada palabra de esa novela que debía redimirme, la impresora que despachaba informes de algún empleado fantasma se encendió y empezó a escupir folios manchados de tinta fresca, y yo desistí de encontrar ni una sola palabra valiosa entre aquella burocracia”.
Como en Otra vida por vivir, de Theodor Kallifatides, y Bailando en la oscuridad, de Karl Ove Knausgård, Serena habla, a través de las aspiraciones y frustraciones de Javi, de una escritura anclada en su propia mundanidad: las dificultades de una novela que no despega, las burlas de sus compañeros de trabajo ante sus ambiciones creativas, la soberbia de culpar a un concurso de pueblo por no haber ganado y el temor constante de haberse equivocado al elegir la escritura como camino de vida:
“[…] Cogí el cuaderno emborronado en la mesa y en un hallazgo de inspiración garabateé el título que siempre se me escabullía. El último poeta, escribí, sin ocultarme la ironía elegante de esas palabras, mi lástima por mi propia caricatura de joven aspirante a artista que desde su inexperiencia había confiado en un futuro muy distinto al que le aguardaba y que no podía sustraerse a su asfixia del presente pese a la nimiedad de sus tropiezos.”
Y es en ese intento de escritura donde se cuelan, quizás, los temas centrales de la novela: el amor y la amistad, que toman forma en las relaciones interpersonales de Javi. Por un lado, está Fernanda, una chica con la que mantiene una relación casual e intermitente, cuyos encuentros casi siempre terminan por reafirmar la distancia que ella establece entre ambos y la falta de reciprocidad que él busca:
“No se me escapaba el engaño de su compañía, ni el peligro de cegarme con una conquista que no merecía tanta atención. En verdad, cada vez que la veía, más que aliviarme de otras decepciones, Fernanda solo contribuía a agravar mi malestar, porque muchos días cancelaba las citas cuando estaba camino de su casa, o yo debía irme si una amiga le llamaba porque paseaba por el barrio, o me hacía entender con demasiada claridad que solo el verano de Madrid y su desolación habían motivado ese accidente.”
Por otro, está Fran, su amigo, que siente por él algo más que amistad. En la relación entre Javi y Fran, Serena explora la angustia de quien no encuentra la manera de expresar lo que siente y la incapacidad de un grupo de amigos para reconocer el sufrimiento ajeno. Como otros autores españoles contemporáneos, cuestiona así las formas tradicionales de relacionarse entre hombres y la dificultad para comunicar los afectos. Esa soledad atraviesa la novela y se acentúa en la tensión homoerótica entre ambos, que plantea otra forma de entender la amistad masculina, más allá de los códigos heteronormativos. Al final, el cuestionamiento de estas convenciones apunta a la posibilidad de establecer otros modos de relacionarse, como sugiere el intento de Fran de subvertir uno de los símbolos más reconocibles del paisaje español: el toro de Osborne.
“Y al llegar hasta el coche, sentado en el capó, descubrí aquel monumento popular que había inspirado la réplica subversiva de Fran: un gran toro de Osborne, con su efigie gigantesca recortada en las chapas negras livianas contra el cielo, dibujado sobre el aire con el trazo simple de sus cuernos y el mentón altivo y la cola moldeados en esa escultura situada en un alto visible desde la carretera.
–El burro –dije entonces, para recordarme el desajuste que había sufrido Fran, que quiso sustituir el toro y su bravura por la mansedumbre de aquel burro para que todos reparáramos en su voluntad de trastocar el horizonte al que estábamos acostumbrados.”
Hay cosas que solo llegamos a comprender con el paso de los años, y Papeles de un verano parece hablarnos precisamente de eso. Pese a la soledad que atraviesa la novela, hay en ella una melancolía compartida que, de algún modo, nos hace sentir acompañados. Leer a Javi es también reconocer la nostalgia de una juventud que se abandona y la sabiduría —no siempre amable— que trae consigo la experiencia. En esa mirada retrospectiva hay cierta indulgencia hacia quienes fuimos, hacia esos papeles que acumulamos con los años y en los que, al leerlos, apenas conseguimos entender algo. Quizás ahí resida una de las intuiciones más valiosas que nos comparte Serena: que crecer consiste en aprender a convivir con las decisiones, los errores y las incertidumbres que nos han hecho quienes somos. ¿No somos todos, al fin y al cabo, víctimas de nuestras propias experiencias?





