¿Por qué son tan lindos los caballos?[1] es el debut literario de Julieta Correa (Argentina, 1989), una historia sobre una mujer –Julieta– que cuida a su madre –Sari– mientras su memoria se deteriora, narrada desde el amor, la muerte y, sobre todo, la escritura.

            Vale la pena aclarar de una vez que, a diferencia de otros reseñistas, considero que ¿Por qué son tan lindos los caballos? no es una novela[2]. De hecho, estoy convencido de que partir de esta premisa opaca uno de los aspectos más fascinantes del libro, su naturaleza de apuntes. Si tuviera que decir qué es este libro, diría eso mismo, que lo más cercano sería un cuaderno de apuntes.

“Tomo apuntes, junto partes, hago el esfuerzo”, declara Correa, refiriéndose a los retazos de escritura que componen este libro. Estos apuntes, al acumularse, encarnan una escritura fragmentaria que desconfía del lenguaje, pero que, a la vez, se ve obligada a utilizarlo para nombrar esa enfermedad que no puede narrarse a sí misma: la demencia semántica. “No hay un relato posible cuando faltan las palabras”, afirma la autora, “solo se puede contar desde afuera. Esa es mi misión. Un texto testigo. Un texto que se va quedando sin palabras”.

Parece que este tipo de búsquedas formales van ligadas a obras que tratan sobre enfermedades neurodegenerativas. Pienso en Vivero, de mi amigo A. J. Ponce Catalán, un libro que manipula la plasticidad del texto para contar la historia de un hijo que aprende a cuidar las plantas para cuidar a su padre con alzhéimer. Pienso también en Everywhere at the End of Time, de The Caretaker, un proyecto musical que emula el avance de la demencia mediante la progresiva descomposición de música gringa de los años veinte.  Y en It’s Such a Beautiful Day, de Don Hertzfeldt, una película animada que experimenta con la discontinuidad narrativa y el dibujo minimalista para acompañar el deterioro de la percepción de un hombre.

En el caso de ¿Por qué son tan lindos los caballos?, la demencia se retrata a partir de una escritura en papeles sueltos donde se registran las cosas que suceden —una cita médica, la visita de un hermano, un recuerdo de la niñez— a lo largo de los cuatro años que dura la enfermedad. Pero no solo se trata de la escritura de Julieta, sino también de la de Sari. “Acá anoto lo que pasó desde que ella no puede escribir más”, escribe Correa, “cuando en su diario empieza a aparecer la letra cada vez más borrosa, las palabras desarmadas”. Su propia escritura atestigua el deterioro mental. Las entradas de hace cincuenta años, dedicadas a la vida en el campo —“Su flora y fauna. Sus caballos. Las aves. Las plantas. La lluvia y el sol. El frío”—, se transforman luego en frases que dudan de sí mismas y en una caligrafía cada vez más apretada, hasta que llega un punto en que las palabras “empiezan a aparecer partidas” y se confunden entre sí.

Al unir todos estos retazos, allí en las bisagras de aquello a lo que la escritura trata de nombrar, aparece el amor. Un amor que, a pesar del dolor que conlleva, persiste en los afectos entre madre e hija y en los recuerdos —un paseo a caballo, una visita al zoológico, una conversación sobre la muerte— que perduran como un balbuceo que, así sea por un momento, quiebra la mudez de la enfermedad:

Todos los recuerdos que tengo vienen de fotos. O de historias repetidas infinitamente. El primero es un banco de bordes filosos de la plaza Vicente López. Sari y yo, juntas y solas, como en muchos recuerdos infantiles. Una lastimadura en la frente, una corrida con sangre al hospital. Imito la memoria, repito un relato que creo y tomo por cierto. Mientras miro la cicatriz que tengo en la cara pienso por primera vez que lo que le falta a Sari es poder decir, no recordar. Los recuerdos siguen estando adentro de la cabeza. No es que se borran o desaparecen, están ahí. Solo que no puede llegar hasta ellos. O llega, pero le quedan adentro de la boca. Dormidos o enredados. Me parece una revelación. No es la memoria, son las palabras.

Tal vez ese sea el punto de ¿Por qué son tan lindos los caballos?. A pesar de que no se pueda confiar del todo en el lenguaje, lo único que queda al final son las palabras y lo que se pueda construir con ellas, así sea frágil, pero que, de una forma u otra, nos ayuda a no sentirnos tan solos. Correa insiste en que “Sari no está en los diarios. Está en lo que nos acordamos de ella”, pero yo diría que, para nosotros —los lectores—, Sari vive y vivirá en estos apuntes. Allí está lo bello y lo triste de este libro.

*

Y si me obligaran a decir qué es este libro, diría —en contra de mi voluntad— que es un diario. Quizás ese sea el género con el que mejor se emparienta dentro del ecosistema editorial, especialmente en la corriente diarística de los últimos años en la literatura en español. Aun así, me cuesta verlo de ese modo. Muchos de esos títulos adolecen de tramas mediocres y carecen de conciencia formal, mientras que ¿Por qué son tan lindos los caballos? es excepcional en muchos sentidos, pero no vale la pena incurrir en comparaciones.

Si tuviera que asumir que este libro es un diario, pues sería el primero en mucho tiempo que realmente me gusta.


[1] Publicado hasta el momento en Argentina (Rosa Iceberg, 2024), Chile (Montacerdos, 2025) y España (Comisura, 2026).

[2] Y si se vienen acá a darme duro, diciéndome que la novela siempre ha sido un género amplio, capaz de abarcar todo tipo de formas, pues le doy toda la razón, pero también les respondería con dos argumentos: el primero, que dudo mucho de que esas lecturas de ¿Por qué son tan lindos los caballos? tengan en cuenta este debate, y el segundo, que a mí lo que me interesa es abordar la experiencia de escribir, por lo que considero necesario pensar el libro desde otro lugar.

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