Aldous Huxley dejó escrito en Nueva Visita a Un Mundo Feliz (una compilación de ensayos del Propio Huxley, publicados en la revista Newsday, analizando su obra Un mundo feliz 26 años después de su publicación) casi a modo de disculpa preventiva, que “la brevedad puede convertirse en el cuerpo mismo de la falsedad”. Esto no significa que  quien resume mienta, sino que resumir lo complejo implica omitir, simplificar y a veces, deformar. Lo inquietante es que hoy esa advertencia ya no se aplica a un ensayo, a una cátedra o a un libro de difusión, sino al principal lugar donde una parte enorme de la población (especialmente joven y tercera edad) se informa: TikTok.

A estas alturas, a nadie le sorprende que TikTok no sea solo entretenimiento. Es un canal informativo de facto. Millones de personas forman su idea de la política, la economía, la salud y la geopolítica a partir de videos de 60 segundos. No porque confíen ciegamente en la plataforma, sino porque es ahí donde están, porque es rápido, porque es cómodo y porque el algoritmo aprendió a servir certezas ya masticadas con ritmo, carisma y convicción. Y aquí aparece el problema, la certeza es el efecto visual más barato de producir.

En TikTok, la autoridad no nace del argumento sino del montaje. Un corte rápido, una música correcta, un tono seguro y una conclusión contundente valen más que una explicación fiel a los hechos. El resultado es una nueva figura pública, el abreviador profesional. No el divulgador riguroso, sino el que convierte asuntos densos en cápsulas digeribles, emocionalmente eficaces y sobre todo, shareables (gracias clickbait, ragebait y cuánto anglicismo 2025 se nos cruce por la cabeza). Huxley pensaría que esto es un mal necesario, pero el presente lo ha convertido en modelo de negocio: en TikTok, lo que decide si un contenido se ve o no se ve no es si es verdadero, sino, si retiene atención. El algoritmo prioriza los videos que la gente mira hasta el final, vuelve a ver o comparte, porque eso se traduce en más tiempo en la plataforma y por tanto, en más ingresos. Aquí el negocio. Ese criterio empuja a los creadores a construir mensajes cerrados, rápidos, y emocionalmente claros. El matiz es un estorbo, la duda ralentiza el vértigo de la app, y la explicación fiel a los hechos, con complicaciones y matices suele rendir peor. No es una perversión del chiquillo que edita su video, es un modelo de negocio que enseña qué tipo de discurso conviene producir. Así, lo que es complejo no desaparece por mera ignorancia. Sino porque no monetiza, y cuando la visibilidad depende de simplificar, la simplificación deja de ser un recurso narrativo y pasa a ser el producto en sí mismo.

La confusión central es creer que brevedad equivale a claridad. No es lo mismo en absoluto. La claridad exige trabajo, contexto mínimo, distinción entre hechos e interpretación, y la valentía de decir “esto no pega aquí”. La brevedad algorítmica, en cambio, exige enganchar rápido, cerrar fuerte y evitar cualquier pausa que complique la experiencia. En ese marco, el creador informativo enfrenta una elección brutal, o simplifica hasta deformar y rinde con lo que pide la exactitud de la maqueta o matiza y desaparece del feed. Y cuando el ingreso depende del like y el share, ya sabemos qué opción gana.

Aquí es donde entra la responsabilidad del tiktoker que “informa”. No basta con decir “yo solo soy creador de contenido”. En el momento en que explicas elecciones, vacunas, guerras, inflación o historia reciente, estás operando como difusor de complejidad. Y eso implica, al menos, asumir que omitir importa tanto como decir. Implica reconocer que un caso extremo no representa la norma, que una hipótesis no es un hecho, que una indignación bien editada no es conocimiento. Implica, incluso, aceptar que hay temas que no deberían venderse como conclusiones cuando apenas son introducciones.

El problema se agrava porque el ecosistema entero empuja en la dirección contraria. El algoritmo premia la retención, no el rigor. Premia la emoción, no la precisión. Premia lo tribal, no lo problemático. Así, incluso el creador bienintencionado termina educando a su audiencia en una expectativa que es peligrosa, que es pensar que la realidad puede criogenizarse en un minuto. Eso no es pensamiento crítico, es comodidad cognitiva.

Cargar toda la culpa en los creadores individuales es cómodo, pero insuficiente. TikTok es una arquitectura de incentivos y por ello es impensable que sea neutral. No es casual que los reguladores europeos hablen de “riesgos sistémicos” cuando analizan su rol en la desinformación y procesos electorales. Cuando unos pocos perfiles concentran enormes volúmenes de atención ya no hablamos solo de creatividad, sino de poder de agenda. Y todo poder de agenda debería venir acompañado de estándares, aunque incomoden al marketing digital y a la narrativa publicitaria.

Prohibir TikTok como fuente informativa sería otro atajo fácil. El problema no es la censura, sino asumir que si la plataforma opera de hecho como infraestructura informativa, entonces la responsabilidad no puede recaer solo en los creadores individuales. La arquitectura del sistema, sus métricas de éxito, sus incentivos económicos y sus mecanismos de amplificación condicionan de manera decisiva qué tipo de discurso circula y cuál queda fuera. No es casual que en China, ante este mismo fenómeno, el Estado haya optado por un camino radicalmente distinto: exigir credenciales formales a quienes hablan de asuntos complejos como salud, economía o educación en plataformas como Douyin (la versión China de TikTok). Mientras en Occidente la simplificación algorítmica se naturaliza como libertad creativa y “de expresión”, allí se reconoce explícitamente que informar no es solo producir contenido. 

Antes, el analfabetismo era no saber leer. Hoy emerge otro analfabeto de pantallas, el que solo puede entender el mundo si viene en vertical, con subtítulos, música y un momento bait. La tragedia no es que TikTok mienta siempre. La tragedia es que nos acostumbra a una relación infantil con la realidad ,”dame el resumen, dame el villano, dame el héroe, dame el truco, cuéntame la verdad”. Pero la realidad política, historia o economía es lenta, ambigua y contradictoria. Justo lo que peor funciona en un reel.

Huxley lo dijo sin algoritmos y sin influencers hace casi 70 años: abreviar sin traicionar es un oficio difícil. Hacerlo para millones, en segundos, y encima monetizarlo, exige algo más que carisma. Exige criterio. Si decides explicar el mundo en 60 segundos o debes subir el estándar, o eres parte del problema junto a expertos en marketing digital, tiktokers y creadores publicitarios.

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