Gracias Jorge González por el nombre de esta columna. En el disco La voz de los 80 de la mítica banda de rock chilena “Los Prisioneros”, aparece esta canción que apuntaba contra los artistas que evitaban el conflicto y preferían bordear los problemas sin comprometerse demasiado. Décadas después, la frase calza perfectamente al serpenteo político y moral de la Rosalía. Nadie discute su talento, la chica es brillante. La cuestión está en otra parte. Está en su magistral marketing capitalizando símbolos ajenos, rozar cada controversia y salir siempre del lado que genera mejores beneficios de sus varias ambigüedades.

Su trayectoria pública dibuja un patrón demasiado limpio como para que a esta altura sean torpezas. Primero probó con un flamenco aséptico con carita de alta cultura pop, con toda la iconografía gitana manipulada para el prestigio global. Las críticas señalaban la desigualdad entre quien puede vestir una tradición como gesto estético y quienes cargan con el estigma social de esa misma tradición. El País recogió esa objeción en 2019 al citar a la activista Noelia Cortés, que reprochaba a Rosalía tener más oportunidades que las gitanas que cantan desde niñas sobre sus raíces, sin discográficas enormes a sus espaldas ni conservatorios privados enseñándoles a hacer las palmas.

Luego vino el giro latino, todavía más revelador y con un saqueo simbólico a mayor escala. Hace poco, The Fader recordó la polémica que provocó aquella entrevista de Billboard donde la Rosalía dijo que cuando iba a Panamá o México se sentía “latina”: i feel latina. La latinidad no depende de sentirse cómoda durante una gira. Depende de una historia, de una posición y en la gran mayoría de las veces, una carencia económica, material y una marginalidad que Europa no logra entender. Aparece nuevamente el viejo chiste del imperialismo vestido de globalización cool. 

Otro episodio no fue musical pero confirma el método. Preguntada por feminismo en Radio 3, Rosalía dijo que se rodea de ideas feministas, pero que no se considera “moralmente lo suficientemente perfecta” para meterse dentro de un ismo. En la entrevista con Mariana Enríquez, dijo que nunca le había molestado diferenciar al artista de la obra y que disfrutaba de Picasso. Una semana después pidió disculpas y admitió que no tenía conciencia de “casos reales de maltrato”. Usó TikTok para rectificar y reafirmar su posición feminista agradeciendo a quienes la criticaron por hacerle ver su error. Patética e infantilmente vuelve a retractarse al público, esta vez con un clean look que ayuda a acentuar su honestidad. Entonces la fórmula es más o menos esta: Rosalía hace declaraciones sin riesgo, y cuando la ambigüedad le pasa la cuenta, aparecen estas disculpas públicas que no le hacen tomar posición, sino más bien, decirnos cuál es la posición correcta en la discusión. Cuando declara y perjudica su reputación, a la Rosalía le quema la mano el objeto extraído y se emociona, nos habla mirándonos a los ojos en los píxeles de nuestras pantallas… sufre y nos dice cómo es la cosa, quién es el malo de la película.

La Rosalía quiere el derecho a apropiarse de todo y al mismo tiempo la inmunidad de quien no responde por nada. 

Hume sirve aquí más de lo que parece. En La norma del gusto, el juicio estético exige delicadeza, práctica, comparación e intentar librarse de prejuicio. El gusto, para Hume, es una cosa que se va formando. No es algo que se delega, no es algo en manos de un rostro, ni al mandato de followers o al área de marketing de Sony Music. Rosalía desde el comienzo de su carrera trabaja una impronta de artista libre, sofisticada, dueña de una inteligencia musical que es capaz de mezclar lenguajes y tradiciones. Bien hasta ahí. Pero esa pretensión obliga a admitir que habrán consecuencias cuando extrae esa materia prima de tradiciones subalternas y las devuelve convertidas en producto de consumo masivo, masticado, neoliberalizado.

Marchán Fiz cuando reconstruye el nacimiento moderno de la estética insiste en que la crítica y la opinión pública forman parte de una “mayoría de edad del juicio profano”. El espectador moderno tiene juicio propio y ya no está relegado a lo que dice la autoridad o lo instituido sobre aquello que es bello. El problema de la Rosalía consiste en que encarna justamente lo contrario. Su figura vive de una cultura que exalta el featuring, la mezcla de ritmos y la experimentación, aunque administra cada coste político con un infantilismo cuidadosamente profesional. Siempre hay una explicación posterior, una sensibilidad retrospectiva, una frase calibrada para no perder a nadie. La Rosalía artista se pone en aprietos y acude a salvarla de sus desaciertos la Rosalía ejecutiva.

La crítica woke se equivoca al convertir todo esto en un examen de identidad. Yo y otros sudacas sentíamos el placer moral corregir la frase “I feel Latina”. Nos daba mucha risa que la Rosalía, que ha tenido toda su vida educación pública, salud universal, derecho a paro y un Ingreso Mínimo Vital más que cualquier latino, de pronto se sienta latina por tener una canción con J Balvin.

La historia de la música está hecha de cruces, préstamos, robos intelectuales y contaminaciones. El problema es cuando una estrella europea puede convertir culturas marcadas por la periferia, raza y pobreza en capital estético y luego responder a cada objeción con arrepentimiento escénico. Parece más gestión de riesgo que honestidad. 

Por eso el título le calza tan bien. Nunca queda mal con nadie. Nunca del todo con el flamenco ni del todo con la crítica gitana. Nunca del todo con América Latina. Nunca del todo con el feminismo. Nunca del todo con Picasso ni del todo contra quienes le exigieron disculparse. 

A estas alturas, yo le pediría: Rosalía, nadie confía en alguien sin enemigos, ¡¡queda mal con alguien!!

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