Se podría decir que, desde la pandemia, el espíritu de la época se resume en esta idea de Mark Fisher: que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Aunque todavía es muy pronto para encontrar una tal gran novela del COVID-19, sí creo que existen algunos relatos que, aun sin referirse a este acontecimiento en concreto, encierran —tal vez sin proponérselo— la esencia de la crisis de imaginación de nuestra época.
Ese es el caso de Las ocas1, la primera novela de Álvaro Cruzado, que reconstruye, a partir de unos papeles sueltos y desordenados escondidos en una nevera, la historia de un joven estudiante de arquitectura recién graduado —llamado a secas El arquitecto— que ingresa a un mercado laboral marcado por la explotación y la precariedad, en un mundo que se precipita al colapso. De fondo, hay un desastre ambiental —una temporada de lluvias torrenciales— que se presenta como una catástrofe sin precedentes:
Había farolas descansando sobre la acera, bolsas de basura acumulándose, árboles jorobados limando con sus ramas la carretera, vehículos incrustados en los laterales de los edificios, las zonas comunes llenas de agua estancada y barro. En uno de los edificios, un camión con grúa reparaba el ascensor construido en el exterior, detenido entre dos plantas. Algunos voluntarios de protección civil cargaban bolsas negras enormes en carritos, donde arrojaban perros, gatos y ratas ahogadas; a veces se ayudaban con un rastrillo si la tarea se complicaba. (34)
A pesar de que el Arquitecto se acostumbra a ver cadáveres a la intemperie, persisten otros temores que lo agobian, como la necesidad de conseguir trabajo, pues incluso en medio del desastre “el trabajo es el único mecanismo que tiene una persona para ser libre, tal y como está planteado el sistema” (64–65). Esta promesa, que más tarde encarna Despacio, la constructora en la que termina trabajando, no deja de ser —en términos de Jean-François Lyotard— libidinal, es decir, una promesa que apela a un deseo de reconocimiento, ascenso y recompensa que se experimenta de manera inmediata y casi física: “Quizá, si hacía las cosas bien, podría ascender dentro de Despacio, podría conseguir premios y reconocimientos, podría participar en proyectos más ambiciosos. Salivaba” (82). Pero esa promesa se vacía a través de la ironía, uno de los rasgos más logrados de la novela. Cruzado reproduce con acidez y cinismo el discurso empresarial y lo empuja hacia el ridículo, como puede verse en estas palabras de uno de los jefes de la empresa:
¿Quién no querría unas calles más habitables? ¿Quién no querría pisos mejor adaptados a la situación actual? ¿Quién no quiere ir a cenar a un local increíble lleno de novedades técnicas? Eso hacemos, organizar la ciudad. Pero tenéis que cuidaros entre vosotros dentro de esta libertad, para que el equipo tenga una conexión casi natural, simbiótica, orgánica, como si os hubierais criado en la misma familia. Somos personas completas, y me incluyo, no simples trabajadores. Dejad que las barreras, las dificultades, vengan de fuera. (81)
Así como en las narrativas de superación personal que legitiman un discurso explotador:
A veces, para dormir, nos contábamos historias de superación. La que más me impactó fue la del chico, ya asentado como promesa del tenis, ganador de varios torneos juveniles que, saltándose las restricciones de sus entrenadores y familiares, perdió los brazos en un accidente de moto; sin embargo, nunca se rindió y siguiendo la estela de esa pasión aprendió a pasar el rastrillo de la pista de tierra batida con su silla de ruedas. (106)
Toda esta retórica termina siendo otro síntoma de la crisis de la imaginación que analiza Mark Fisher en el realismo capitalista, una condición cultural en la que el capitalismo no solo se presenta como el sistema dominante, sino como el único pensable. En este marco, la imaginación política y social queda severamente limitada, de modo que no se logra concebir de manera efectiva otras realidades que puedan sustituir a la vigente. Cruzado ejemplifica perfectamente esta lógica en la novela no solo al mostrar cómo las constructoras continúan edificando casas que la mayoría no puede costear, sino también en el propio conflicto del Arquitecto, quien –rodeado de un mundo laboral orientado al consumo y al cansancio constante– declara:
Esos días apaciguados, de reflexión, que a veces me permitían iluminar y acompañar una idea, ya no los tengo, porque el tiempo es la referencia que utilizan para facturar los proyectos. El tiempo, el tiempo, el maldito tiempo: trabajo en un tiempo que aniquila la imaginación. La capacidad de abstracción que necesito para mirar está desapareciendo definitivamente, como si se descolgara de mí. (119)
En resumen, como sucede en otras novelas distópicas contemporáneas, lo que termina mostrándose en Las ocas se asemeja crudamente a nuestra realidad actual, mucho más de lo que estamos dispuestos a aceptar. Tal vez ahí radique —entre otros aspectos— el valor de la novela y de la escritura de Cruzado: en mostrar que la distopía ya no es una proyección del futuro, sino una descripción fiel del presente, uno en el que el trabajo, el tiempo y el desgaste van erosionando la capacidad de imaginar otro mundo posible.




