La resaca de año nuevo todavía permeaba en el aire. En el suelo, las brillantes monedas serían lo primero a lo que los niños caerían a pique, si en esta casa hubiese niños, y como Sophie venía saliendo de la ducha y pasaba frente a Paul con esa especie de negligé transparente que lo hizo voltear hacia otro lado, recordando el precioso origen de por qué había aceptado pasar el año nuevo en esta casa. Entonces Sophie lo encara con una sonrisa ingrata, maniatada, y Paul se la devuelve. Según su amigo (que aún no despertaba), un poco más allá del gallinero había un camino que daba directamente al roquerío. La brisa de cada oleada la podías sentir incluso dentro de la casa. Cuando Théo se abalanzó para ¡buenos días/nuevo año! y pasarle una cerveza, Paul le pidió disculpas por lo de anoche. Théo, en cambio, sonrió con un guiño que fue suficiente y en la misma se hizo espacio con Sophie para cabalgar juntos la silla de playa. Con un toque de tirantes, Théo despeja su piel y empieza con masajes, masajes que Sophie inclinaba cediendo su cincelado cuello.

“Si tuviera que escribir sobre mi primer día del año, solo me enfocaría en cómo repetir lo de anoche”. Paul se levantó para dejar a la pareja en lo suyo. Cuando estuvo frente al gallinero, entre el montón de gallinas que se agolpaban a la verja, apareció un gallo que sobresalía por su aspecto deforme, infeccioso. “Es una cosita en mal estado”, como le dijo Sophie después, o bien parecía un gallo listo para el sacrificio, o algo muy frágil lo mantenía aún con vida, pero todavía arqueaba la cresta y exponía su orgulloso, aunque horrible, pecho al viento. Al verse ocultado y empujado por las tumultuosas gallinas locas por maíz, el gallo no hacía más que dar saltitos. Paul volvió a tirarles maíz, el sol seguía turgente y el gallo en su rincón aleteando con la irregularidad de unas cuantas plumas. Por fin terminó el año, pensó Paul, se acercó por el costado de la verja, lanzó otro puñado de maíz al otro extremo del gallinero para que el gallo quedase aislado, exhibiendo una verga protuberante. Su cloaca sobresalía roja y se arrastraba, incluso, por el suelo, como si el gallo tuviera tres patas, pero al rojo vivo. “Es algo horrible” dice de pronto Sophie.

—Y parece costarle andar.

—Pero a Théo le hace gracia y tampoco cacarea.

 —¿Théo?

 —El vecino se ofreció para pegarle un tiro. Nos contó de las enfermedades que podrían contraer las otras gallinas, pero Théo ya le tomó cariño. Lo viene a ver cómo arrastra esa carne que no le sirve siquiera para copular.

 En eso llega Théo con la camisa mojada y una sonrisa dispuesta a hablar del vergón de su gallo y se queda en silencio, animoso.

 —¿Y? ¿Qué opinas?

 —Me dio hambre —dice Paul para sacarle una sonrisa a Sophie, que ni a Théo le hizo gracia.

—Vamos, que te llevo —le dice Théo, a sabiendas de que el trayecto a la única estación de buses tomaba dos horas.

Sophie se quedó mirando a Paul y, para no mirarla, Paul mantuvo su mirada en los fornidos hombros de su amigo, pues la camisa mojada se pegaba a su armazón. Sophie daba esa impresión de una verdadera inocente que quiere hurgar en lo que está pasando, y al ver que Paul partía, sentía que lo estaba perdiendo. Toda la vida se ha acercado a los hombres con esa curiosidad primitiva. A sus cuarenta y bien vividos años le sienta bien sentirlo de vez en cuando. Sophie pensó esto y le dio risa lo señora en que se ha convertido y, para humillarse aún más, se tapó la boca como lo hacía su abuela. Ayer, cuando vio que Paul tocaba a la puerta, terminó por confirmar la promesa que le había hecho Théo: invitaría a un viejo amigo de la universidad para fornicar.

Paul se despidió de Sophie con un gesto humilde. Hundió las manos en los bolsillos y Sophie los vio salir en fila por la longitud del pasillo. Théo puso la mano en el hombro de Paul y esto disipó cierto resquemor que Paul sentía desde anoche, pero seguía pasando algo instintivo con Théo.

Sophie se distrajo ladeando el vino de la copa. Primer día del año, pensó y ya había perdido a alguien. Se abandonó, puso algo de música, se paró frente al espejo para enrollar la mata de cabello que parecía un gran vórtice blanco, todo enmarañado. Su desaliño tenía una ligereza única. Usualmente sucedía así: antes de escribir cualquier cosa, se perfilaba en el efecto centelleante de irse, desvaneciendo feliz y palideciendo todo a su alrededor, como los previos efectos de una droga dura: “alimentemos la fantasía, elevemos la carne al cielo…”. “Alimentemos la fantasía”, volvió a escribir. “Imposible, soy muy tímida”. Sophie se quedó mirando el águila bicéfala que colgaba de sus alas de extremo a extremo. El oleaje soplaba tanto que humedecía y quemaba a la vez. Se fijó en el bolso de Paul. Había olvidado uno de sus bolsos y lo abrió. No encontró más que implementos de camping. Estaba lejos de poseer una opinión completa sobre Paul, pero tampoco le apretaba los nervios. Sophie regulaba su personalidad anticuada y tímida de extremo a extremo, como las bien talladas alas del águila. Tenía dos horas antes de que Théo volviera. Tal vez un sueño reparador, o escribir algo que luego al despertar del sueño no le diera asco, porque era de las que se asqueaba frente al espejo. En los días malos, oscuros, se permitía asquear en cada espejo que pillaba durante el día. No le importaba que la gente la mirara. Tenía que hacerlo, era su manera de santiguar su mal día y expulsarlo. Y el mal día se iba. Se regalaba un cigarro cuando lo lograba.

Sophie dejó el pensamiento para cambiar la música y destapar la cigarrera de Théo. “Este reinicio de año se siente. Se ha levantado un miedo espectacular en el mundo y nos está empujando. Si me pones la lengua en mi oído y rezas, la escena por aquí se volverá muy clara”, y siguió escribiendo. No podría ser más descarada, se dijo pitando el cigarro. Volvió a dar una calada y leyó: “Paul se da la vuelta y dice: no puedo soy tan tímido. Lo semi espontáneo no es tímido, pero de nuevo Paul se pone tímido y no lo hacen. Se sientan uno junto al otro en la cama. Lo intentaron no sé cuántas veces quedando sentados con la misma energía. Amables en cuanto más se acercaban y lo volvían a intentar sin lograrlo. Amables cuando Sophie caminaba a destapar la cigarrera para que Paul la viera desnuda. Como un niño, que de vez en cuando se atrevía también. Paul atravesaba la salita por un cigarro y la atención que Sophie concentraba en los detalles del cuerpo de Paul los comentaba en voz alta, convirtiendo la silueta en una pasarela. Una serie de impulsos le venían a la cabeza como si no lograra completar su finitud, desnuda, extendida y descansando sus visiones en la succión de otro cigarro para darse cuenta de que las pocas horas previas que tuvo a la llegada de Paul, las perdió pensando en el casting del hombre que la fornicaria, en vez de pensarse como madre, porque iba a ser madre, se dijo y, madre o no, alivió su cuerpo frente al espejo, albergó la planicie de su panza con ambas manos y luego le pidió a Paul que se pusiera detrás, la expresión muda en la cara redonda de Paul hizo que Sophie lo viera realmente a sus grandes ojos, porque quién acepta un viaje de 160 km para fecundar el cuerpo de una extraña mujer en Eastwood. Como si la ternura fuese su defensa. A Paul le caían tiernos mechones que ocultaban sus bonitos ojos grandes, castaños, una inocencia vigilante, pero inocencia al fin al cabo, se mintió Sophie. Paul caminó hasta verse reflejado y cubierto tras el largo y bello cuerpo de Sophie, abrazó su pequeña panza y apretó su cuello”. «Este año será esencialmente trágico, así que nos negamos a tomarlo únicamente por una tragedia». Con el cuello tomado, Sophie reclamó su beso en el cuello. «Hay que seguir viviendo a pesar de que todos los firmamentos se desplomen». Con otro sorbo de jerez, Sophie abrió el cajón y sus yemas sintieron los rizos dispersos del tabaco. «Este año es el último hay que hacer algo»: “El sol descendía entre rojizo y dorado y cortaba la habitación en dos. Último crepúsculo del año que se apagaba como cualquier otro y cedía con el oleaje. Paul se atrevió con la oscuridad a cuestas y Sophie desistió cuando Paul se aferró a ella. Volvió a la cama y le dijo que no podía. Ya entraba cierto aire frío de los pinos inducido por el oleaje amargo. Paul se acostó y lo primero que hizo fue agarrar la barriga de Sophie. Arqueados con los muslos al aire parecían dos cuerpos listos para hibernar por un millón de años más, o siempre había sido así, se preguntó Sophie. ¿Qué? Sophie regresó en sí, se puso de pie y miró a Paul en su plenitud. Subió sobre su cuerpo. Paul sintió la humedad de su vagina y, para más goce, Sophie corrió los mechones que ocultaban la mirada de su amante. Los ojos de Paul se abrían a cada asertiva penetración. Fuerte y silenciosos se besaron, con el abdomen contraído en una tensión deliciosa como si ambos tocaran el protuberante espíritu del otro. Apretando sus labios se miraron a los ojos, apretando sus labios se aferró a su pecho. Tenían el corazón ardiendo. Les veneraba una especie de permanencia, como una sensación de realidad que desesperó a Sophie. Este recibió la mirada de odio: ¡No!, gritó Sophie. ¡No me pienso quedar en ti para siempre! Sophie se sintió capaz de entrar en su cabeza. Sophie mirando su entrecejo y siseando su abdomen para aumentar la sangre de su miembro, ciega de ira y golpeando su pelvis ¿Te vienes o no? Paul no dijo nada, Sophie no se dio cuenta de que el mundo tendría un renacido. Salieron de la habitación para decirles a Théo, quien se regocijaba en su segunda botella de Pernod, que no fue posible. Théo les pide explicaciones pero cada uno se culpa, amablemente. Théo los mira obligando una explicación de lo ocurrido, puesto que habían pasado dos horas encerrados, pero Sophie corrió por la botella de champán, arguyendo la urgencia del último minuto antes de las doce del nuevo año”.

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