—¿Estás bien?
Oír su voz fue como recibir un golpe por la espalda: imprevisto, doloroso e incómodo. Daba la impresión en ese momento, pues obviamente no le podía ver su voz (aunque me la imaginaba dulce, suave, amigable; tan inocente que me hacía sonreír), que su boca estaba a mi izquierda… tal vez: el universo, la vida y la realidad giraban como mejor les parecía alrededor mío. La sangre empezó a zumbarme en los oídos, o quizá solo fui consciente, por primera vez en quién sabe cuánto tiempo, de esa zigzagueante sensación que a lo mejor ni me había abandonado y tan solo había sido omitida, asimilada, por mi cerebro. Él ya se había acostumbrado, pero yo…
Abrí, en cuestión de un segundo eterno, mis pesados ojos legañosos de ruido cual confeti; la luz, un destello solar amarillo y brillante, y que parecía emanar de la voz dulce, suave y amigable sin rostro, me corroyó violentamente los ojos (si no los tuviera secos y funcionando por mis defectos, se habrían deshecho en lágrimas); la inmediata oscuridad que me volvió a arropar me hizo creer ver sombras grises en medio de un mar oscuro, pero con un arcoíris con demasiados colores (el confeti) para mi gusto.
Y es que no podía haberme dormido, no todavía (cuando salía con estas ideas fijas, para mí siempre era temprano): mi cabeza, sumida en un extraña duermevela, me dibujaba como el marino ebrio de un barco viejo en medio de un tormenta, pues solo recordaba haber sentido un (era extraño e inusual) tranquilo y constante vaivén que elevaba y bajaba a mi poca consciencia con tanta delicadeza, tanta que me hizo creer, en esos interminables instantes, que el más leve movimiento o el más mínimo descuido me harían caer dentro del pozo más oscuro, profundo y peligroso de todos, pero no era el mar –cuando se ahoga (y a mí ya tantas veces me había pasado), ya no lo teme al mar sino a lo que viene después–: la realidad, pero la realidad quieta, serena, aburrida, no la que giraba a mi alrededor cual rombo, cual carrusel roto de feria que por alguna magia física, sin embargo, seguía girando, girando, girando, y con una música que me erizaba todos los pelos…
En un acto reflejo (digo yo: yo mismo me sorprendo muchas veces de mí mismo, sobre todo cuando trato, y no encuentro, la manera de conectar conmigo mismo y el mundo luego… luego de… después) pasé tembloroso una de mis manos, grises, entumecidas, dignas de un yo muerto (podría estarlo: morir es dormir; pero no, estaba muy despierto), por mis labios muy fríos, gélidos, casi congelados.
Me sorbí los mocos y tragué saliva; al hacer ambas cosas, vi cómo unos copos, diminutos y blanquísimos, de nieve salían tanto de mi boca como de mi nariz. Dejé que reposaran en algunos dedos, para ver, me emocioné, que se trataba más bien de un polvo, un polvo blanco: era el polvo mágico de estrellas que me hacía ver y rever miles y miles de pequeñas luces, así fuera de día o de noche; me encantaba ese polvo de estrellas y de Navidad que me hacía volar por encima de mis problemas y de mi mente, esa maldita masa horrible que siempre me arruinaba la diversión; lástima, eso sí lo sabía (y lo sabía muy bien), que el polvo mágico ya se hubiera esfumado para siempre: mi pesadilla era despertar, no dormir. Si no supiera llorar, lo habría hecho; pero si algo sabía contener, era precisamente eso.
Al hacerlo, descubrí ni sé cómo, que mis lágrimas ya estaban secas en mi piel o habían muerto estrelladas contra el inclemente y frío suelo… ¿Sí había llorado, yo, que acaba de sentirme fuerte y valiente como nunca? Podría ser sudor, por ejemplo… ¿no sentía el frío del viento de la noche en mi pelo mojado –de sudor, ahora sí– erizando los tímidos pelos de mis calientes brazos desnudos. La garganta me ardía (todavía: el mareo, como de costumbre, me aturdía bastante, demasiado); como que ya ni palabras tenía ¿palabras para quién o qué?; lo pensé, sí, y también se me olvidó luego, que mi voz se había marchado, dejando detrás el recuerdo de todo lo imagino haber vociferado en voz altísima, ya ni sé a quién (a nadie); había cantado y gritado, eso sí, pero con tanta ruidosa gente es igual que hacerlo solo: ni yo mismo me oía de lo afónico que estaba.
Me quedé imaginando mareadas palabras en el aire; me decía, con esas palabras, de todo: lo todo lo que quise, y pude, decir en otras realidades, en las decisiones que ya estaban tomadas y eran irrevertibles; lo supe, y luego se me confundió también, que la ronquera me acompañaría durante un largo rato, mientras mi voz (y mis lágrimas) se decidían a volver a mí; volverían, cierto es, al cabo de un tiempo, siempre lo hacían (a menos de que me cortara las cuerdas vocales o que me sacara los ojos, ellas siempre eran lo más constante y cierto en mi vida… para bien y para mal), pero no por eso era menos triste saber que, otra vez, alguna parte de mí se había esfumado en el polvo —ay, mi polvo blanco; sorbo mis mocos y oigo: hay un silencio raro; sonrío, o hago una mueca… no me sorprende: mi cara, como mi cuerpo, suele no hacer lo que le pido, sobre todo después de…—, y ya nada sería igual, es la cantaleta de una voz. Una, y otra, y otra, vez.
La cabeza me pesaba tanto como la bola de boliche más grande de todas (y eso que yo no juego bolos; los odio tanto) y me era imposible mantenerla quieta (a veces era muy flexible inquieta, sobre todo cuando yo…); volví a abrir los ojos; los había cerrado, o se me habían cerrado: ellos tampoco quieren ver, prefieren no… como yo.
Y aun así, la aguja de su dolor era tan aguda que me impedía ver dónde estaba físicamente yo; solo con el paso de otros momentos interminables pude distinguir sombras, muy difusas pero negras, que se movían en la lejanía; también, no sin cierto esfuerzo adicional, puede reconocer las miles de luces de brillantísimos colores (el confeti-arcoíris de nuevo metamorfoseado) —¿por qué os calláis si estáis vivas / y por qué alumbráis si estáis muertas?; nada que ver tal vez, pero bueno: Silva es chévere— que colgaban a unos cuantos pasos de mí sobre líneas invisibles atadas a altísimas estacas clavadas sobre el… pasto.
Pasto verde, natural, húmedo, normal; no hablo de ese otro pasto: lo digo porque siempre hay quien piense que yo sí, pero yo no; pienso que torné los ojos y reí, pero no sé. Estaba, ya me había dado cuenta de eso, en un, no, en el jardín (no hay más jardín que ese… por suerte: mejor evitar…); tampoco estaba sentado (bonita manera de llamar al desparrame de mi cuerpo) sobre él, sino en una banca de madera; cómo si eso hiciera alguna diferencia; se me van la lengua y las neuronas cuando yo…
Es que ya podría tener fiebre, igualmente; y ya sabía que entre lo uno y lo otro, más la fiebre, ahí sí que podría alucinar bien rico. El paseo se veía recién cortado, frío y húmedo; era casi un crimen que mis zapatos lo hubieran estropeado para llevarme hasta allí, hasta ese lugar tan apartado y solitario, pero en últimas era el pasto o yo. ¿Y qué hacía yo ahí? Era un lugar silencioso (el silencio es amable cuando tu cabeza cree que está de fiesta, pero una fiesta elevada a la enésima potencia, más fiebre y quién sabe que más variables); sin embargo, no había tanto silencio: oía como espichada y retardada la música… de la verdad, por supuesto; en mi propia cabeza había una curiosa y hasta bella melodía de mareos, vueltas, zumbidos y confusiones girando sobre mis pensamientos, imaginaciones y preocupaciones.
Pese a que el viento, que a veces era más intenso o más suave (como si fuera a la par que mis propios subidones y bajones de cabeza y ojos), me envolvía, no sentí realmente frío, pero tampoco sentía calor; quizás no sentía nada, tan solo la sangre febril, ese hierro asqueroso que todos llevamos dentro, nadando en mis confusiones; es curioso sentir la furia de ese torrente luego de… después de…; como que la sangre, que por lo demás siempre estaba tan tranquila, de repente cobraba vida, se despertaba, y se movía como nunca antes: cual serpiente, se arrastraba seseante por todo mi cuerpo y manejaba como el titiritero a su títere: con una maliciosa voluntad desconocida. Yo nunca entendía nada, nada de nada (ni quería); esa noche particularmente me enredé con la imagen de un grupo de fantasmas, pero no cualquiera sino de esos que exhalan las botellas con las que podría tropezarme y romperme algo más que no fuera mi cabeza… hasta que me acordé, ni sé por qué, de mis manos; así que revisé cada uno de mis dedos: más allá de la explosión de olores —era mejor no preguntar— y de unos punticos blancos brillantes, como de escarcha, no había sangre en ellos, pero sí tierra (polvo eres, y en polvo te convertirás, amén); era raro, aunque muy bueno, ¿no? La sangre fuera del cuerpo, por lo que sea, siempre era muy inoportuna y fastidiosa. Y mientras tanto, el grupo de fantasmas solo me daba vueltas, vueltas y más vueltas, como aleteando un uh, uh…
—Óyeme, te pregunto que si estás bien.
Oí de nuevo, y ahogué un grito; no pude, ni supe, ni quise reaccionar. Es como si un mínimo chasquido de dos dedos hubiera roto algo en mí. El sudor, como las lágrimas (ahora sí; cómo queman, joder), brotaban sin cesar. Quise mover mi cuerpo, y tampoco pude. La realidad —cuánto la odio, a veces— sonreía amarga.
Y estaba bien, en efecto, bien absorto en mi propia perdición, que solo hasta que los dedos, cual tentáculos sudorosos, tibios y deslizantes, se posaron, primero con suavidad y luego con decisión, con fuerza (soy muy sensible, qué culpa) sobre alguno de mis hombros. Ese contacto caliente y firme me hice recordar (por supuesto que lo había olvidado, en medio de tantas putas cosas mías) que había un cuerpo humano, de carne y hueso, real, ahí; mis ojos, tan asustados y desconcertados como mi existencia misma, no supieron, o no quisieron, ver en esa mano… nada que no fuera carne, ni la identidad del par de ojos que sabía trataban de leerme la angustia, ni la realidad, que solo me sonreía burlona, de mi vida en esa noche.
Apenas (¡cómo me costó, Dios!) puede fijar mis ojos enfermos y adoloridos en el rostro que sabía que observaba con atención cada uno de mis movimientos y respiraciones, y no pude más: mis ojos, cargadores de un peso tremendo –debían de verse, más allá de sentirlos todavía, como bolas de boliche: tres puntos, como si fueran huecos pequeños, de diferente color sobre un fondo blanco (la noche ya era negra, por cierto) entrevía algún color, negro, blanco: no me sirve, ni gusta, salpicado de venas rojas reventadas de sangre; ¿por qué no? Tenía cierta gracia– se cerraron varias veces (se estaban preparando o arrepintiendo) mientras mi boca, amarga y metálica al tiempo, quedaba afónica de la impresión y tan abierta que me fue imposible, a la par que terriblemente extenuante (sentía un cansancio durmiente, extraño), impedir que mi miseria se me escapara: mis zapatos, así, pasaron de tener un agradable color marrón a quedar sepultados bajo una masa líquida y densa, incongruente, de un amarillo verdusco muy claro, apestoso y repugnante.
Y, en medio de toda esa porquería, la luna tuvo la malicia de mostrar algo que sobresalía en ella: una gota, rojísima y palpitante, de mi alma.
Y no era mía (no podía ser mía, porque… porque, ¡maldita sea!, no); lo sabía, así como sabía de quién era y por qué estaba ahí, por qué salía así de mí, de mi cuerpo.
¡Nacen hondos suspiros, de la orgía
entre las copas cálidas,
y en el agua salobre de los mares
se forjan perlas pálidas!
Si por lo menos estuviéramos juntos, ya sabes, tú y yo, en esta noche truculenta… mierda.
Ay, Silva.

