Sobre una visita con un oráculo

En los últimos diez años he recurrido a la astrología para entenderme y temerle un poco menos al futuro. Vivo pensando constantemente en qué vendrá y ante la incertidumbre de un presente insoportable que no es exactamente como lo he soñado y un futuro cada vez más desdibujado, acudo a respuestas que me den una guía o una suerte de vaticinio.

La humanidad ha recurrido a miles de métodos para anticipar el futuro desde hace milenios, y estos han pasado por la religión, la cultura y, hoy en día, por el método científico.

De todos esos métodos, es la astrología la que más ha arremetido en nuestros días, imponiéndose como una verdad casi innegable. Genera patrones poco debatibles y, sobre todo, mucho dinero a partir de la homogenización de las personas. No niego la incidencia que tienen los movimientos cósmicos y estelares en nuestros comportamientos y posturas. ¿Cómo negarlo, si la luna controla la marea? ¿Cómo negarlo, si la muerte de una estrella es uno de los espectáculos más bellos y conmovedores que podemos atestiguar? ¿Cómo negarlo, si hemos acudido al cielo tantas veces para pedir orientación? Y sobre todo, ¿cómo negarlo, si la astrología es uno de los pocos recursos que habilitan conversaciones vulnerables hoy en día?

Pero me pregunto qué tan acertado es entregarle toda nuestra agencia —nuestra capacidad de tomar decisiones desde nuestro cuerpo y nuestra mente— a una categoría que dicta nuestros impulsos y deseos, los mismos que se atribuyen a millones de personas que dada la casualidad nacieron en fechas similares a las nuestras.

Fue justamente esa búsqueda de distancia frente a la homogenización lo que me llevó a la experiencia lectora de El oráculo de las flores y las frutas (1857, rescatada recientemente por Samota Libros. Su autora, María Josefa Ceferina de Acevedo y Tejada, mejor conocida como Josefa Acevedo de Gómez, es la primera escritora republicana neogranadina y se pregunta qué mensajes nos puede dar sobre nosotras mismas el mundo que nos rodea. Si el firmamento ha sido una fuente de información sobre nosotras mismas por su poder omnipresente e inacabable, ¿qué nos puede decir una flor que atestigua con mayor horizontalidad nuestra cotidianidad? ¿Qué nos puede decir una fruta que nos habla desde adentro, que conoce nuestra química molecular y los rincones de nuestras entrañas cuando la digerimos?

Esta obra no se lee como un libro cualquiera, con un principio y un fin, sino que tiene un carácter lúdico, como lo tiene el azar del destino. El oráculo se divide en una lista de flores y una de frutas, con algunas de las dudas frecuentes que podía tener una mujer en pleno período de construcción de la nación. Al final, incluye unas fichas con números y los nombres de las flores y las frutas, que deben mezclarse en una bolsa para sacarlas al azar.

Vale la pena detenerse en el momento histórico en el que nace esta obra: justo cuando la idea de Estado-Nación se consideraba la salida más igualitaria a los casi cuatro siglos de colonia en la Nueva Granada. La república se veía como un camino prudente, en el que seríamos capaces de construir un mundo para nosotros mismos; sin embargo, por muchos años no contempló a las mujeres como ciudadanas. Y aunque en la idea francesa de Estado-Nación se pretendía una separación entre el Estado y la Iglesia, en la Gran Colombia se seguía considerando que nuestros dirigentes eran elegidos e iluminados por Dios.

Es en este contexto donde la figura de Josefa Acevedo de Gómez se vuelve aún más significativa: fue una mujer disruptora al divorciarse de su esposo y mantener una amistad con él posteriormente, en una época en la que las mujeres no podían pensarse a sí mismas sin la presencia de un hombre, y mucho menos como autoras capaces de incidir en la modelación del pensamiento en el espacio público.

Por eso mismo, la obra sigue respondiendo a las necesidades de certidumbre de hoy. A diferencia de los vaticinios que ofrece la astrología, donde no hay capacidad de cuestionar nuestro futuro ni nuestra construcción de personaje, El oráculo de las flores y las frutas propone una conversación abierta, en donde, como lo dice una de las mujeres que más admiro, mi profesora María Piedad Quevedo Alvarado, “el destino se aborda desde la naturaleza, y no desde Dios ni la realeza”.

Y en efecto, en varias ocasiones que acudí a las flores y a las frutas para recibir certezas, me encontré con respuestas ofensivas y con una fuerte inconformidad hacia lo que me decían. Pero algo que me daba tranquilidad es que tanto las flores como las frutas no tienen el interés de erigirse como una autoridad irrefutable.

Recuerdo un día en el que me sentía frustrada tras experimentar episodios humillantes y de desconfianza hacia mi entorno inmediato. Me acerqué al oráculo y la suerte me llevó a la dalia rosada, la flor de la delicadeza que es nativa de México. La muy respondona me entregó los siguientes versos:

“Tienes tan mala fortuna
y deseas tales quimeras
que tu día más venturoso
será aquel en que te mueras”

Me la tomé con un carácter burlón y, para cuestionar sus palabras poco compasivas, la reté de nuevo. La dalia, entonces, contestó:

“Yo te aseguro que tienes
un amigo verdadero,
mas para decirte cuál
retrátamelos primero”

Esta flor, en vez de dictarme un futuro sobre el que yo no tengo agencia, decidió sentarse conmigo y abrir espacio para la conversación.

A veces el oráculo se muestra renuente, y me hace pensar que la naturaleza tiene un temperamento tan formado y complejo como el de los seres humanos. Es decir, que las flores, asociadas tantas veces a las mujeres y, por tanto, bellas y hechas para ser contempladas, en realidad no son condescendientes. Como la balsamina, una flor anaranjada nativa de África, que un día me contestó lo siguiente:

“¿Quieres que yo te responda
pregunta tan delicada?
Pues no lo hago, y esta noche
consúltalo con tu almohada”

O como la alhucema, la flor de la lavanda, que es bien quisquillosa y, contrario a lo que se le ha asociado por el uso común y sus propiedades para relajarse y conciliar el sueño, puede ser tan intolerante como un insomne:

“¡Qué pregunta! ¡Santo Dios!,
pobre criatura, ¿no ves
que han de enojarse los dos
si eligieres de los tres?”

A las frutas las encuentro autorreflexivas, e incluso con una postura escéptica hacia sí mismas. La pasa, por ejemplo, llega a plantearse la pregunta por la función de los oráculos en el período republicano neogranadino:

“En la sabia y culta Grecia
un oráculo era un Dios;
y en esta republiqueta,
¿hay quien dude de mi voz?”

Y la pomarrosa, una fruta que se asemeja a una pera pequeña y colorada, nos recuerda los límites de estos vaticinios:

“Aunque tú de los oráculos
con gran malicia te ríes,
te digo ahora seriamente
que de todos desconfíes”

Pero también en ellas encuentro la respuesta de una amiga honesta, que te dice lo que ve aunque te duela y que además es capaz de interceder por ti si es necesario. Así me ocurrió con la naranja dulce, una fruta asiática que llegó a América a través del mundo árabe, a quien le pregunté si por querer que mis talentos fueran reconocidos podría llegar a estar en una posición en la que se aprovecharan de mí. Me contestó:

“Es peligroso el asunto:
no contestes sí ni no,
o autorízame si quieres
para contestarle yo”

Lo que no sabe Josefa Acevedo de Gómez es que, 169 años después de la publicación de su obra, sus intentos por adivinar el futuro desde el humor y la horizontalidad son más necesarios que nunca.

Quizás lo que estas flores y frutas me han enseñado no es a predecir el futuro, sino a desconfiar de cualquier vaticinio que no me deje responder. Cada vez que vuelvo al oráculo entiendo mejor que la certeza que busco no está en la respuesta que recibo, sino en la posibilidad de retarla, de reírme con ella o de sentarme a conversar cuando se muestra esquiva.


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