“¿A qué huele un amor cuando se descompone? ¿Cómo suena el nacimiento de un volcán? ¿Cuánto pesa la muerte?”; con estas preguntas inicia el párrafo de presentación de la contraportada de Cuarto de materiales (Laguna Libros, 2026), de Angélica Ávila Forero (Bogotá, 1996). Pero al leer los cuatro textos que componen el libro, nos damos cuenta de que la pregunta que les da unidad —los textos son independientes entre sí— es, en realidad, una por el lenguaje.
La pregunta puede ser engañosa. Al hablar de lenguaje pensamos instintivamente en comunicación verbal o escrita, pero Ávila estudió Artes Plásticas, por lo que su pregunta formula un cuestionamiento por otro lenguaje. A raíz de la profesión de la autora puede surgir otra intuición errada: la pregunta no es por el lenguaje de las artes, no es una interrogante por los códigos propios de la pintura, el grabado o la cerámica. No.
En la portada, el título nos da una pista: ¿cuál es el lenguaje de los materiales?
El primer texto[1], “Mármol”, presenta dos tretas. Pronto nos enteramos de que no trata sobre el mármol, la roca utilizada para esculturas, sino sobre mármol pintado. A finales del siglo XIX, el pintor y padre jesuita Santiago Páramo S.J. remodeló la Capilla San José, ubicada en el centro de Bogotá. Entre los trabajos de remodelación, el padre Páramo pintó la capilla con, no podría ser de otro modo, motivos católicos. Ávila pone su ojo atento en un mármol pintado en la superficie de la capilla y reflexiona:
“¿Cómo aprendió el pintor a imitar esa clase de movimiento y en qué momento dejó de necesitar una referencia? Después de ver libros, escoger los tipos de los que estaría hecha la capilla y ensayar sus colores, vetas y movimientos, se dio cuenta de que entendía todo lo que en un principio solo podía imitar. Hubo, en él, el espacio suficiente para entender a las piedras y pintar con sus manos humanas lo que se revela de ellas cuando otro humano las saca de la montaña. Tuvo el tiempo para conocerlas y distinguir sus cualidades como se distinguen las voces de las personas. De tanto verlas y oírlas, aprendió su idioma. El momento en que dejó de necesitar una referencia para pintar, pues supo que podía hacer lo que el mármol hace, fue equivalente al momento en que dijo sus primeras frases.”
Walter Benjamin aseguró que la palabra constituye solo un caso particular del lenguaje humano, que las cosas tienen su propio lenguaje no verbal y que se expresan a través de su propia existencia material[2]. En el párrafo de “Mármol” citado arriba, Ávila nos describe el proceso para lograr entender el lenguaje de los materiales, su idioma: primero se estudian, se convive con ellos y se imitan, después se interiorizan, se habla y se crea con ellos. Aprender para aprehender.
La segunda treta que presenta el primer texto del libro es una compartida con los tres que le siguen, “Basalto”, “Madera” y “Disco duro”: Cuarto de materiales no trata únicamente sobre materiales. Lejos de ser un tratado estético o artístico, aunque la reflexión artística va apareciendo de forma continua explícita o implícitamente, los textos son también meditaciones sobre experiencias personales de la autora, y la forma en que los materiales están presentes en esas experiencias. Y digo que están presentes, no que la acompañan, porque a ella la acompañan sus amigos y familiares en la vivencia de turno, pero los materiales hacen parte trascendental de esa vivencia; no son solo un elemento que estuvo allí al azar y que disparó un momento de iluminación para hacer una cadena de ideas sobre la decepción del recuerdo de un amor, o sobre un pueblo bajo cenizas, o sobre una muerte que no llega, o sobre una casa medio vacía.
No.
Los materiales son parte fundamental de los sucesos personales que acontecen a la autora. Por eso los títulos de cada texto son el material que atraviesa —léase: que está presente en— un suceso biográfico. Siendo así, volvamos a las preguntas de la contraportada y a cuál de los textos correspondería:
- Mármol: ¿a qué huele el amor cuando se descompone?
- Basalto: ¿Cómo suena el nacimiento de un volcán?
- Madera: ¿Cuánto pesa la muerte?
- Disco duro: no tiene pregunta
Después de leer cada texto, el lector comprende los porqués del editor del libro para formular estas sugestivas preguntas. Pero cada uno de los textos de Cuarto de materiales contiene muchas otras inquietudes, otras lecturas y otras posibilidades dentro suyo. Por eso, también a modo de ejercicio sugestivo, propongo un subtítulo de esos que proponen un título alternativo, pero sin quitar la centralidad del material:
- Mármol (pintado): o cómo perderle el miedo al amor.
- Basalto: o cómo darle forma a un sentimiento nuevo.
- Madera (o agua): o la corporeidad de la muerte. O el agua y la muerte.
- Disco duro: o cómo sería “Casa tomada” de Julio Cortázar si la entidad fuera los recuerdos hechos de sensaciones.
Cada lector puede hacer su propio subtítulo, su propia pregunta. Porque en vez de darnos asertos y sentencias sobre los materiales y las vivencias en los que estos están presentes, la autora nos hace interrogarnos sobre los objetos —materiales— que nos rodean y con los que trabajamos, con los que nos rodeamos a diario, con los que nos obligamos a aprehender su lenguaje y así les damos sentido a ellos y a la vida misma. En definitiva, “en este libro, Angélica Ávila presta atención”.
[1] Uso el término genérico “texto” porque las narraciones de Cuarto de materiales son difíciles de clasificar. ¿Ensayo? ¿Entrada de diario? ¿Autobiografía? ¿El últimamente tan popular y también muy genérico “género híbrido”?
[2] Walter Benjamin. Sobre el lenguaje en general y el lenguaje de los humanos.
