Hace un poco menos de un año, El tema fue publicado por Pre-Textos y desde entonces solo he escuchado halagos por parte de gente de cuyo criterio me fío bastante. Llevaba mucho tiempo con una tremenda curiosidad por leerlo. Así como Manuel Mata en sus poemas, no voy a generar un suspenso innecesario: el libro es buenísimo. Lo que sí que me ha hecho falta en los halagos es un definitivo y articulado porqué es bueno el libro y, siguiendo con la tendencia, digo desde ya: no creo que termine de elaborar acá.

Quizá lo más fácil de destacar es lo distinto que resulta de la mayoría de la poesía que se ve en el panorama español, en particular por su tono y sentido del humor. Esto sigue sin explicar ese porqué, pero es un libro diferente, y eso siempre se agradece. Supongo, también, que surge una interrogante por cuánto alcance tiene esa diferencia, digo, una obra que quiebra con la norma llama a pensar en el adjetivo “importante”, para referirse a ella. ¿Qué hace a un libro importante? No lo sé, ni sé si importa que lo sea, pero cuando aparece algo distinto y bueno, dan ganas de que haya más como eso. En otras palabras, dan ganas de que eso, aquello que hace, permee. Entonces, ¿qué es lo bueno de El tema?

Creo que conviene partir por lo formal. Está compuesto por tres secciones: “El lugar”, “El momento” y “La manera”, pero lo que ordena al conjunto, y le da gran parte de su personalidad, es la alternación entre poemas breves y poemas largos o narrativos. Las escenas y anécdotas que conforman los poemas largos, que rumian apaciblemente las ideas a la par que las desarrollan, sin necesidad nunca de una conclusión explícita, están intercaladas con impresiones, pensamientos y breves ensoñaciones, muchos de ellos marcados por una peculiar e intensa ternura, que no teme llamarse como tal. Esta heterogeneidad me lleva a pensar que se trata de un libro que es más por su totalidad que en sus partes, y eso no es poco decir, porque las partes son muy buenas. El tema es una propuesta bien planteada que atraviesa distintos ritmos, tonos y estilos con una coherencia admirable, articulada alrededor de la voz que Mata trabaja. El carácter ecléctico del libro también refleja la formación e intereses de su autor, experto en las distintas formas del arte contemporáneo y sospecho que, por lo mismo, de los más hábiles a la hora de mezclar epígrafes de David Lynch y Susan Sontag con un coro de pokémon anunciando sus nombres, con la naturalidad con la que se ejecuta el entramado estético del texto.

Hay pocas personas que usen la onomatopeya con la elegancia y soltura de Mata, para quien un «Mmm.», un verso que es solo «mmm», puede ser suscitado tanto por sábanas limpias como por una hurraca imaginando cómo sería comerse un hígado de purpurina, o puede ser también la pausa mientras se piensa, verbalizada. Cada uso de esa expresión es singularizada por su lugar en cada poema. En El tema hay un compromiso radical con el anticlímax y por desinflar la tensión por una convicción de, por así decirlo, dejar las cosas en su lugar. Un poema puede terminar con un «jaja.» y en “La ostra” encontramos un «Jajaja.» en plena narración, puesto ahí de tal forma que hace parecer hasta cobarde su omisión. Asimismo, una reflexión, por densa o desconcertante que sea, puede terminar con «¿verdad?» o «no es raro?», porque claro que no hace falta más. Hay un montón de seguridad en rehuir de las revelaciones, una gran confianza en que lo medular del poema es el rodeo, la masticación y luego dejar ir de la escena o pensamiento. Algo similar ocurre en las historias que se cuentan, donde priman los y como conectores de ideas o momentos distantes en tiempo y naturaleza, pero abundan también los «Etcétera», para oportunos cambios de tema que mantienen la redundancia en la medida justa y necesaria.

Tampoco todo lo que acabo de mencionar es suficiente para dar el porqué es un buen libro. No sé. A veces hay que hablar de un libro como ese libro te habla a ti. Me encanta la efectividad de las anáforas en “El resto” y “Tú pide”:

«Deseo comprar en el Alcampo una vela que huela como tu jersey y no a melón caribeño.

Deseo convertir la serenidad en un arma peligrosísima.

Deseo comprender la nostalgia como una receta de bizcocho y no como el bizcocho que comí      una vez.»

Me fascina la preciosa y hábil dinámica entre el hablante y el padre en “El grito de las ratas topo” y no dejo de pensar en conmovedor que logra ser “Charles”. Tengo la certeza de que “Vaya” triunfaría en una lectura poética y rescato mucho versos como «mi corazón es un bulbasaur al que han / dado hostias en un / polígono industrial». Tal vez parte de lo que me gusta de El tema es imaginarme a una persona a la que no le gusten, por ejemplo, esos últimos versos y que esa persona ficticia me caiga ligeramente mal. No te tiene que gustar el libro, y desde luego gana mucho cuando se lee de buen humor, un rasgo que considero decididamente positivo. También es cierto que imaginar a personas a las que no les gusta lo que a ti sí, solo para tenerles desprecio, no es una forma sana de pensar en la literatura, pero hay casos en los que lo que un texto propone merece abanderarse por él.

Tardé casi un año desde su publicación en leer el libro y, como funcionan las cosas hoy en día, eso significa que esta reseña llega tarde. Tengo ganas de que El tema importe, que marque tendencia, pero eso quizá sea un capricho mío. Me gusta lo refrescante que es, y que tampoco cada cosa diferente que aparece tenga que significar un giro en el panorama literario. Manuel Mata tampoco es el primero que escribe así, me atrevo a decir que William Carlos Williams es un gran precursor de mucho de lo que acá hace. Es un libro diferente y creo que uno con la forma y el humor de El tema solo puede ser importante en la medida que no se da a sí mismo demasiada importancia, pero es un gran libro y a mí, personalmente, me importa que lo lean.

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