Estaba por dormir cuando el teléfono sonó. Era A, la poeta costarricense, talentosa y guapa, especialista en poesía erótica que conocí hace no mucho.
“Baby, ¿te has creado Telegram?”, escribió. Y me envió una captura de pantalla de la cuenta: en la foto de perfil aparecía una imagen que nunca había visto, una chica desconocida de espaldas al mar. Era mi número de Perú. ¿Cómo podía ser? Mi chip de Claro (la operadora en Perú con la que todavía tengo mi número) estaba guardado en un cajón.
Decidí crearme una cuenta de Telegram con el teléfono que ahora uso en España y comprobé que sí, era cierto, alguien estaba usurpando mi otra línea. Peor aún: en ese mismo instante, esa persona aparecía como conectada.
Eran las dos de la madrugada en España y todavía las ocho de la noche en Perú, así que atiné a llamar al teléfono de Claro que aparece en la web. La señorita que me atendió, muy educada y protocolar, me dijo que “haría una comprobación” para ver si mi chip efectivamente había sido duplicado.
Escuché cómo tecleaba y la imaginé como el cliché de las hackers de las películas: vestida con ropa negra y capucha y dando sorbitos a un termo metálico con algún tipo de bebida caliente, dispuesta a ayudarme.
Entonces se quedó en silencio.
“Puedo confirmar que su chip no ha sido duplicado”, me dijo sin emoción.
Insistí en que mi cuenta de Telegram no estaba ligada a mi correo y que la única forma de que alguien más entrara tenía que ser recibiendo un SMS a mi número. Que de seguro lo habían duplicado o encontrado la forma de recibir ese mensaje. Vaya a saber Dios cómo.
“Imposible. Su chip no ha sido clonado”, replicó tajante. Por su lado no había solución alguna.
Yo estaba asustado.
Cuando trabajé como cronista policial vi casos donde las personas declaraban en los interrogatorios que sus chips habían sido clonados y luego utilizados para cometer delitos. Y, claro, siempre quedaba la duda de estar ante una mala coartada.
Se me vino a la mente una redada internacional contra estafas digitales o algún tipo de material muy ilegal y peligroso, y mi teléfono apareciendo allí con todos mis datos, una alerta roja de Interpol, una de esas fichas con muchos datos tachados, censurados, enviada por burofax de Bélgica a Lima, donde un policía malhumorado, al borde del divorcio con su segunda esposa, la recibe para dársela a su jefe, y piensa que, por fin, ese sea el caso que le dé el tan esperado ascenso y lo cambie todo.
¿Qué diría yo frente a un caso así?
¿Cómo declararía sentado ante los policías en esas habitaciones pequeñas y claustrofóbicas?
¿Me creerían?
Estaba pensando en eso hasta que vi que el nickname que habían puesto en la cuenta estaba en caracteres chinos y decidí preguntarle a ChatGPT por el significado. La respuesta fue que, por alguna razón, el hacker había decidido utilizar un verso que dice así: “Nubes que emergen de la montaña”.
Entonces, respiré un poco. Debo decir que me pareció poético.
Unos hackers poetas no pueden ser tan malos, pensé.
No sé qué clase de agrupación está enviando mensajes desde mi Telegram, ni qué clase de estafas llevan a cabo, pero imaginé que podría tratarse de un colectivo de poetas chinos vanguardistas exiliados del régimen que sobreviven gracias a pequeñas estafas a empresarios o funcionarios de su país. Con cada robo permiten que otro poeta chino pueda llegar a fin de mes.
Les dan un bono mensual, una suerte de pequeño sueldo mínimo para poetas, y organizan muy cuidadas presentaciones de libros que ellos mismos han editado. Poemarios de valientes exiliados y los escritores nunca sabrían quiénes eran esos hackers que eran poetas y bondadosos mecenas. Únicamente te llegaba un correo electrónico o, mejor, un mensaje por Telegram donde te decían que habías sido elegido para recibir aquel estipendio, porque claro, solo una cúpula muy pequeña podía saber de sus actividades, y durante esas presentaciones se logran ver a la cara sin saludarse.
Le conté la ocurrencia a A. Le divirtió un poco, aunque tampoco tanto; entendí que era muy tarde y ella quería dormir.
Concluí que debían de tener un manifiesto muy bien escrito donde explicaban cómo la poesía comprometida y vanguardista no es excluyente, citan a de Andrade, a Perlongher, creo que a Di Giorgio y también a Vallejo, y explican, en el punto cinco o seis, la relación entre economía y poesía.
A. ya no dijo nada.
Escribí a Telegram pidiendo una solución. Como no respondían, seguí indagando sobre aquel verso. El mismo ChatGPT me dijo que era de un poeta clásico chino del siglo V: Tao Yuanming, de la dinastía Jin Oriental. Quedó huérfano a los 8 años. Era agricultor y buen bebedor de vino. El verso que le había gustado al hacker estaba en un poema que continuaba así:
las nubes que emergen de la montaña
sin intención;
los pájaros cansados saben regresar.
Dormí a las 5 a.m. por estar leyendo a Yuanming mientras esperaba alguna respuesta de Telegram que nunca llegó.
Al día siguiente, con dos cafés encima, llegué a la librería donde trabajo.
Mientras acomodaba unos libros de la estantería de narrativa, entró un cliente. Se le veía preocupado. Se acercó a mí. Había dejado su paraguas en el bote que tenemos en la entrada y se secaba un poco las manos en la chaqueta pues eran días de lluvia en Madrid.
“¿Tiene Sun Tzu?”, preguntó.
Asentí. Hace tiempo que nadie me pedía ese libro, escrito probablemente también en el siglo V, en China. Caminé hacia la estantería donde estaba el libro y se lo di. Después de pagarlo, me miró fijamente y, sonriendo, me dijo: “Hay que estar preparado para la guerra”.
No supe qué decir. Supongo que también le sonreí o eso creo. El tipo siguió mirándome. Tendría mi edad. Pensé que sí, que con todo lo que estaba sucediendo teníamos que estar preparados para la guerra. Había leído esos días sobre bombas y drones guiados por inteligencia artificial y sí, parecía una completa locura. Pero me quedé callado. Guardó el libro en su mochila empapada por la lluvia y cogió su paraguas. Antes de irse, creo que quiso decirme algo más y se quedó un momento parado en la puerta. Algo lo contuvo, me miró fijamente y luego se fue caminando rápidamente por la calle.
“Hay que estar preparado para la guerra”, pensé.
Esa tarde, en el metro, mientras volvía a casa, entré a Telegram para ver mi cuenta robada y noté que el hacker poeta estaba en línea. Intenté no pensar en eso. A no me había escrito, así que me puse a mirar Madrid por la ventana. Seguía lloviendo. Me esforcé por pensar alguna imagen poética sobre las nubes, pero no vi nada especial: me parecieron un poco aburridas.
Yo no soy poeta, pensé. No es algo que yo pueda hacer.
Miré la ventana un momento más. El metro temblaba y entraba en un túnel. Afuera todo se veía oscuro.
Recordé entonces al policía recibiendo el burofax, convencido de que este caso podría cambiarle la vida. A la hacker buena de la operadora rastreando en secreto lo que había pasado realmente con mi cuenta, en una misión oculta que solo le importaba a ella. Al cliente, quizás ahora en su habitación, iluminado por una lámpara, leyendo Sun Tzu, seguro de que así estaría listo para cuando llegara el momento. Al colectivo de poetas chinos, en una presentación en Irlanda, saludándose sin acercarse, sabiendo que lo que hacen vale la pena y recitando mentalmente frases de su manifiesto. Y a A, nerviosa, pero testificando a mi favor, intentando salvarme.
No había nadie más en el vagón. Estábamos en una curva y el tren serpenteaba. Furioso.
Quise decirle algo al hacker poeta, dejarle en claro que yo lo sabía todo, que lo había descubierto solo, que el secreto estaba a salvo conmigo, pero no supe qué. Me puse a leer más poemas de Yuanming y uno que me gustó mucho decía así:
los pájaros vuelan exhibiéndose,
silencio, ninguna señal de pasos
si cielo y tierra son eternos
la vida del hombre rara vez llega a los cien años.
Le escribí esos versos al hacker poeta. Después de hacerlo, me sentí un poco más tranquilo.


