Axel Kaiser en su libro Nazi-Comunismo desarrolla una idea, a ojos del estudioso, estúpida y al ojo del ignorante, atractiva: que el nazismo y comunismo son gemelos ideológicos. Esta curiosa idea que para redes sociales es perfecta, filosóficamente es un desastre, e históricamente, más que un desastre, es un ridículo del porte de un cerro. Lo curioso, es que ese mismo delirio grotesco ya apareció en un episodio de Los Simpsons. McBain, el musculoso y rubio militar gringo, es atacado por los “comunistas nazis” en un combate aéreo. No sé si el chiste de la serie es gracioso, pero lo que sí es, es que Nazi-Comunismo se vende en los mostradores de “No-Ficción” cuando en realidad, debería estar al lado del librito de Bart: Bart Simpson’s Guide to Life, que claramente es ficción.
El libro juega con este viejo truco de tomar la palabra “totalitarismo” como un concepto más allá del político, como un concepto anclado a una identidad de asunción al poder. Hannah Arendt contribuyó a que esta idea tome fuerza al analizar nazismo y estalinismo bajo una misma forma de aplicación. Y sí, en Los orígenes del totalitarismo, Arendt estudia mecanismos compartidos, dicho sea, el terror como método, la ideología como cosa modificadora de la realidad, una poca o inexistente vida privada, un partido único y central pero con ministerios y rostros diplomáticos “duplicados”. La propia investigación histórica y filosófica posterior indica que el totalitarismo es una forma de ejercer el poder y no una identidad profunda de proyectos políticos. Compartir técnicas de dominación no implica compartir la misma idea de ser humano ni el mismo horizonte moral.
Historiadores como el italiano Enzo Traverso y/o el filósofo francés (que ha dedicado gran parte de su trabajo a pensar el totalitarismo), Claude Lefort, han insistido en el punto de que el concepto ilumina similitudes pero oculta diferencias clave. El nazismo y el estalinismo no nacen del mismo piso histórico e intelectual ni persiguen el mismo fin. Uno se funda en una jerarquía Kantiana, biológica y racial y el otro surge de una tradición igualitarista que se pierde en la práctica del poder. Uno es un antihumanismo y el otro un humanismo pervertido.
Vamos a los datos históricos que refuerzan lo que acabo de mencionar. El régimen nazi definió legalmente quién era humano y quién no, creando leyes raciales y antisemitas como las de Núremberg (1935), que excluían a judíos, gitanos y otras personas por criterios biológicos y genéticos.

El exterminio fue parte fundamental del proyecto antihumanista de los nazis. En la Unión Soviética, en cambio, el terror se dirigió contra enemigos políticos reales, no contra grupos definidos como biológicamente inferiores.
La forma más clara de mostrar la diferencia es el humanismo entendido en clave kantiana. Kant fija la idea de que cada persona tiene dignidad, es un fin en sí misma y nunca un medio para alcanzar X cosa. Sin embargo, apelar a Kant nos lleva a otro problema u otra crisis de la ilustración (aparte del nacimiento del nazismo). Kant a pesar de ser el artífice de la idea mencionada anteriormente, al mismo tiempo, desarrolla una visión abiertamente racista que jerarquiza a la humanidad según su color, raza y origen. En Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime, en Antropología desde un punto de vista pragmático y en su ensayo Acerca de la variedad de las diferentes razas humanas, Kant describe a los pueblos no europeos como moral e intelectualmente inferiores y que su color de piel evidencia su capacidad de raciocinio. Bueno, cosas de esta clase también las encontramos en Hegel y en Hume pero podemos hablar de eso en otra columna. Sigamos con Kant y la ilustración. El pensamiento ilustrado tiene una contradicción estructural y centra la razón en Europa y con ello dictamina quién o qué es humano. Aquí veo la diferencia entre los nazis y los soviéticos: el nazismo convierte la jerarquía racial en fundamento del orden político y el comunismo, incluso en sus formas más violentas, sigue empujando la idea de la igualdad humana y de la emancipación universal de todos los trabajadores.
El “comunismo clásico” (porque hay varias formas de comunismo, alguien debería de avisarle a Axel) práctica un horizonte humanista moderno: emancipación de los hombres y mujeres, fin de la explotación, universalismo, cooperativismo, y promete desarrollar las capacidades humanas. Marx, en los Manuscritos de 1844, piensa al ser humano como un ser social, capaz de realizarse en un mundo no alineado. El comunismo de Marx apunta a una liberación de las facultades humanas, una ampliación de la vida. Esto no hace que sea aceptable los horrores del estalinismo, pero sí lo ubica filosóficamente.
El nazismo, en cambio, instala otro atado moral. Organiza el mundo humano con jerarquías biológicas (¿muy kantiano eh?), raza, exclusión, eliminación de “indeseables”, culto a la fuerza y políticas de exterminio industrializado, como la “solución final” y la cámara de gas. El popular concepto nazi de Volksgemeinschaft según la enciclopedia del USHMM es una comunidad nacional definida por pertenencia racial y biológica, con incentivos para los incluidos y persecución para los excluidos. Pues una estructura contraria a Kant “el ilustrado”, acá tenemos humanos descartables por su diseño y otros útiles para el objetivo del Estado racial. Britannica, la enciclopedia, resume la ideología nazi como un movimiento totalitario con un núcleo nacionalista y racista.
Por eso la idea de que los nazis eran socialistas reaparece todo el tiempo. Reaparece porque es útil a los Axel Kaiser’s del mundo y sus confusos libros. Desplaza el nazismo hacia la izquierda y convierte el anticomunismo en una postura heroica, con una épica que carece de fondo y forma. Pero la historia no respalda a los Axel Kaiser’s del mundo. Los nazis usaron un lenguaje social para captar apoyo en un contexto de crisis, luego persiguieron a socialistas y comunistas, destruyeron los sindicatos y prohibieron cualquier organización obrera autónoma. El centro del proyecto no era la igualdad.
El libro de Kaiser se monta sobre esa operación y la refuerza con un estilo de la tan manoseada “guerra cultural”. En Chile se entiende fácil porque el objetivo práctico es fabricar un puente emocional directo entre “izquierda” y “nazismo” para criminalizar adversarios políticos contemporáneos. Insisto con que a los Axel Kaiser`s les es útil alimentar esta confusión. El artículo “Axel Kaiser: propaganda revisionista y deshonestidad intelectual” de CIPER Chile, escrito por Claudio Aguayo-Bórquez, lo dice sin eufemismos “propaganda revisionista, achatamiento político, confusión ideológica”. En ese marco, el debate deja de ser filosófico y pasa a ser una pachotada irrespetuosa con la historia.
La jugada de este pelafustán es eficaz en redes, intelectualmente pobre en filosofía política y peligrosísima en cultura pública. La confusión deliberada produce una ciudadanía más ignorante, más manipulable y más propensa a gobiernos autoritarios. Mi crítica filosófica honesta: el libro es basura en sentido intelectual. Reduce conceptos, mutila tradiciones, transforma una categoría analítica en cualquier cosa y deja al lector mareado o peor, convencido de una serie de datos y reflexiones mediocres que no dan ni para charla de bar. Kant pide respeto por la humanidad. Arendt pide atención a la realidad y a sus mecanismos. Kaiser ofrece marketing y una porquería intelectual. Esa oferta lamentablemente tiene público, pero también tiene costos.


