Estaba agotada, el cansancio era físico, mental y laboral. Era un problema personal. Me ponía negra su actitud, me desgastaba su manera de estar y no estar, de hacerme partícipe de la intensidad de sus emociones. Un Titanic emocional, la persona más tóxica a la que me había enfrentado nunca. Náuseas, mareos, retorcijones, el despertar imaginario de la violencia física.

Un día aparecía en la oficina con desayuno para todos y una sonrisa de oreja a oreja. Toma, tus favoritos, el de pistacho y el de Lotus. Abrazo, buenos días, qué bonito ese conjunto, de dónde es, me encanta, igual te lo copio, pero no creo que me vaya a quedar así de bien. Y a mí se me olvidaba que ayer se había ido a las once de la mañana y no había contestado ningún email de trabajo. Quería que nos sentáramos a planificar la semana, tenía muchas ideas chulas gracias a mis presentaciones, me decía. Otro día aprovechaba la reunión de equipo para humillarme, como si mis ideas fueran anticuadas o demasiado sobrias. No sé, yo no creo que esto funcione, es muy de los 2000, vamos a darle una vuelta y lo bajamos a las tendencias actuales. Las mismas ideas elogiadas en privado el día anterior. Mi cara un cuadro, calores internos y blasfemias en cinco idiomas rumiando en mi cabeza. 

Un accidente natural hubiera sido la mejor opción. Que la atropellara el bus de camino al cole con las niñas, que se cayera de la bici al venir a la oficina y la atropellara un coche, que cruzara en rojo y la atropellara un camión de reparto. Pasaban los días y nadie la atropellaba, así que empecé a pensar en hacerlo yo misma. Pero no tengo carné, lo de atropellarla quedaba descartado. No sabía cómo, pero lo haría. Matarla era la única solución a este problema. 

Yo sabía que mi sencillez, humildad y ser buena persona no encajaban con ella. Ropa de marca, aunque de segunda mano porque no estaba a su alcance económico, exposiciones de arte solo para subir una foto a sus redes sociales, aunque luego no era capaz de mantener una conversación elegante sin emitir ese sonido de cerdo al final de cada carcajada. Toma, una copita de champagne, cuando te abría la puerta si te invitaba a cenar. En realidad era cava en otra botella. Carismática, siempre sonriente, una sonrisa trabajada con un buen ortodoncista en su infancia, aunque decía que era natural. Abanderada de no comprar online para favorecer el comercio de cercanía, pero admiradora secreta de las imitaciones del top manta. Veraneaba en Marbella, en un piso que le prestaba su vecina a cambio de decorarle la casa gratis. Se esforzaba por ser, pero sobre todo, parecer diferente, original y extravagante. Nada que ver conmigo. La maternidad le pegó fuerte. El primer año de vida de su hijo contrató a una niñera japonesa, con la cual no se entendía, para convertirse en la sombra de su idolatrado bebé, al que alimentaba con comida ecológica. He encontrado un proveedor online que trae carne de potro ecológica, es la base de su alimentación, mira te paso un código de descuento para que compres para tus niñas, es buenísima para las defensas, así se van a enfermar menos, ya verás. Intentaba hacerme sentir mala madre cada vez que podía. Quería que su hijo recibiera una educación militar, recta y estricta, aunque se dejaba un dineral en un colegio Montessori. Por las tardes lo ponía delante de la tele a ver concursos culturales, para que aprenda desde bien pequeño, decía y ella en el sofá con el móvil. Lo dejaba jugar solo con puzles de madera. Cuando el pequeño no podía construirlos, decía que había heredado la escasa inteligencia de su suegro. 

Cuando la conocí había algo en ella que me enganchó. Magnética, tenía un humor irónico e inteligente. Por eso, cuando me propuso asociarnos en el negocio de decoración de interiores acepté. La empresa se mantenía a flote gracias a mí. Los clientes preguntaban por mí cuando necesitaban algo. Ella no soportaba eso, buscaba llamar la atención todo el tiempo con propuestas fuera de lugar. Cuando fundamos Flowplate S.L. todo era fantasía y emoción. Tan solo tres años más tarde toda esa fantasía se convirtió en una pesadilla. Empezó llegando tarde y terminó viniendo sólo un día a la semana a la oficina. ¿Qué te parece si ponemos a trabajar a más becarias así tú y yo podemos tener más tiempo libre? La universidad a la que llamaba pidiendo becarias como quien pide cuarto y mitad de jamón York rompió el acuerdo con nuestra empresa. Se obsesionó con cambiar el estilo de algunos clientes y se extralimitó de las funciones solicitadas en numerosas ocasiones. 

Mi exmarido no me ha pasado la pensión este mes, el casero no quiere arreglarme la humedad, mi vecina va a Marbella la única semana que me viene bien a mí, mi hermano no me puede cuidar más al perro, a mi hijo le han diagnosticado diabetes. Cada día tenía un problema diferente y yo ya había perdido la cuenta y el interés. No quería que me llenara la cabeza con sus historias.

En la cena de Navidad, después de haberse tomado más champagne del que era recomendable, contó delante de todo el equipo que se hizo una cuenta falsa de Instagram para tontear con su amante y descubrir si le pondría los cuernos. Creo que es hora de que te vayas a casa, le sugerí, no me agobies, que me lo estoy pasando genial y tengo al niño con mi ex, vamos a bailar. No había manera de calmarla cuando se creía el centro de atención. Al principio sus historias también me hacían gracia, pero se fueron acumulando y el anteponer sus problemas personales al trabajo provocó que nuestra relación se resintiera. Como consecuencia, el trabajo perdió calidad y los clientes se empezaron a ir. Una empresa de decoración sin clientes a los que decorar no funciona, nos íbamos a quedar todas sin trabajo y yo no me lo podía permitir. Creo que vamos a tener que cambiar de estrategia, le decía, no te agobies, tía, si nos adoran, nadie lo hace mejor que nosotras, me respondía mientras se miraba en el reflejo de la cafetera. Se palpaba la tensión en el ambiente y sus excentricidades ya rozaban lo dramático, hasta desesperar a cualquiera con el que hablara. Estábamos planificando la decoración de las nuevas oficinas de un cliente cuando apareció en la reunión con su bebé en brazos y la niñera esperando en la puerta. El niño estuvo llorando toda la reunión, ella intentó calmarlo dándole el pecho, lo que funcionó un rato muy corto. Después, sacó el cambiador y nos deleitó con las heces blandas de su retoño. La reunión fue un desastre y perdimos ese proyecto. Ese día decidí matarla. 

Me encuentro un poco mal de la tripa, creo que las niñas me han traído algún virus del cole, ¿te importa si nos reunimos en tu casa para ver los temas de esta semana? Necesito un baño cerca, por lo que pueda pasar. Le propuse por teléfono, con voz de pena. Pero bueno, mujer, no te preocupes, lo dejamos para otro día, así aprovecho y voy a clase de GAP. Si podía escaquearse de trabajar, no dudaba en hacerlo. No, tranquila, es solo que me da vergüenza hacerlo en la oficina. Ve a clase de GAP y nos vemos cuando termines, apunté sin darle más opción. Ya me daba igual que se escaqueara. Era la última vez.

Que hiciera deporte antes de vernos formaba parte del plan. Antes de ir a su casa, pasé por una frutería y compré col rizada, zanahorias, manzanas verdes, jengibre y menta, todo orgánico, que muriera contenta. Fui muy considerada y generosa, podría haber comprado la fruta de oferta y gastar menos dinero. Llegué sonriendo, quizás un poco más de lo que debería para estar mal de la tripa, pero la adrenalina me supuraba. He traído unas cositas para hacerte un zumo detox energizante, que te veo un poco estresada desde hace unos días, empecé el acercamiento. Cómo no voy a estar estresada, entre el trabajo, el niño, cuidarme, el divorcio, mi madre que no me deja en paz, me tienen desquiciada. Siempre culpa de los demás. Empecé a abrir muebles de la cocina y encontré la batidora y cuatro paquetes de galletas escondidos entre suplementos y comida orgánica. Se documentaba mucho sobre cómo regular su sistema inmunológico por medio de divulgadores en redes sociales, lo que ella llamaba la universidad de la vida, pero había detalles importantes que no tenía en cuenta. Guardaba la insulina de su hijo en un cajón al lado del horno. La universidad de la vida no le había informado de que las medicinas pierden efecto cuando se someten a temperaturas altas y, sobre todo, que no se deben mantener al alcance de niños o de una socia que quiere acabar con tu vida. Preparé el batido con todos los ingredientes necesarios: las frutas y verduras que había comprado y la insulina que le había robado. Brindamos y nos pusimos a charlar. 

Antes de seguir con esto me gustaría decirte algo importante. ¡Estás embarazada!, gritó exagerada. La miré fijamente a los ojos mientras hablaba. No te soporto más. Necesito un respiro, alejarme de ti, separar nuestros caminos. Eres una persona tóxica y me estás chupando la energía hace mucho tiempo. Lo solté de carrerilla mientras podía ver cómo su cara se transformaba. No se lo esperaba y por primera vez la noté triste y no me dio pena alguna. Fui lo más seca que pude. Me costó, dada mi enorme y natural simpatía. Creo que estos últimos años he sido su cable a tierra, la única que aguantaba sus idas y venidas. Tal vez mostrarme tan comprensiva siempre fue una mala idea para las dos. Tal vez es que había sido demasiado buena persona con ella y eso me había llevado a tener que acabar con su existencia. Habían pasado treinta minutos cuando mi móvil sonó. Simulé que me llamaban del colegio de mi hija pequeña para ir a recogerla, le había contagiado mi virus estomacal. Pero cómo te vas a ir así, me preguntó realmente angustiada. Le dije que ya daba igual, que la conversación llegaba demasiado tarde, que ya le había dicho que no me gustaba su actitud y no me había querido escuchar. Se levantó de golpe para agarrarme y no dejarme ir, pero se mareó y se tuvo que volver a sentar. Me dijo que estaba mareada. Le dije que me tenía que ir. Su rostro palidecía cuando la miré por última vez antes de cerrar la puerta. Solo tenían que pasar unos minutos más para que la sobredosis hiciera su magia. 

Ahora estoy al mando de Flowplate S.L. y las cuentas van mejor que nunca. Solo tengo un problema y es que hay una decoradora que no entiende que no me gusta cómo trabaja. Tendré que tomar medidas.

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