El otro día, almorzando un corrientazo frente a una funeraria, vi una niña jugar durante cinco minutos con un salero mientras los adultos, vestidos de luto, conversaban. Ante la imagen de esta niña: crespa, de gafas de plástico rosa y vestido arrugado, comprendí un poco más de la novela de Juliana Camacho, Los desvíos (Laguna Libros, 2025).

            Durante los días que comencé a leer no paraba de pensar en lo explícito del tema, una pregunta por cómo se comienza a perder y adquirir el cuerpo casi de forma paralela. Me embutía en una larga discusión sobre el registro infantil, el poder de las instituciones sobre el cuerpo —Foucault y Preciado susurrándome al oído—, la familia, la religión, la feminidad, cómo se iba encorvando mi espalda —embutiéndose a sí misma— conforme más pensaba en todo esto. Sería fácil decir que  Los desvíos trata sobre una niña con escoliosis y, en tal caso, no mentiríamos, pero tampoco diríamos la verdad.

            Es un hecho que la obra de Camacho tiene ecos de un estilo y una preocupación vigente en el panorama literario colombiano contemporáneo: la preocupación y recurrencia de narrativas de la infancia cargadas con las preguntas de la adultez. Libros como Los abismos (2021), de Pilar Quintana; Animales del fin del mundo (2017), de Gloria Susana Esquivel; Maldeniña (2023), de Lorena Salazar Masso, tienen una genética compartida con Los desvíos, uno diría que se nota la familia. Pese al parentesco Camacho toma un camino distinto. La obra parece no preocuparse por la narrativa como una línea, sino más bien como un álbum de fotos, y cuyos fotogramas pretenden más el registro de un sentimiento que la historia de un suceso.

            Cada capítulo es una anécdota que desvela el nacimiento de un cuerpo. Un cuerpo que se va haciendo como un Frankenstein. Un pedacito de diagnóstico, un poquito de muñecas —cabezas de muñecas rubias, muñecas de la abuela—, el cuerpo de Cristo digerido como una hostia, el armazón del vestido de comunión. Es una narrativa lenta, con párrafos cortos, llenos de puntos seguidos, descripciones extensas y concretas sin que esto se haga paradójico. Es científica y burocrática al tiempo que resulta fundamentalmente tierna y nostálgica. La autora tramita con una mirada lenta y curiosa actos comunes, momentos casi anodinos de la infancia para devenir en reflexiones y sentimientos poéticos. Usa el lente de la infancia como un registro del sentimiento de un adulto que hace una arqueología sobre cómo comenzó a tener un cuerpo.

            Fue viendo a la niña jugar con el salero que recordé las cosas más anodinas que me habían marcado de niño y entendí que en ese espacio extrañamente lento e inmenso que es la infancia estaba la forma más completa de repensar el mundo. La obra de Camacho peca en extensión y en lo explícito que resulta la pregunta sobre el cuerpo. Pese a eso resulta un experimento de memoria, teoría y etnografía que demuestra una prosa particular y una mirada sorprendentemente aguda. Desvía la mirada de los grandes hechos y crea un cuerpo con esos momentos importantes pero olvidables de la vida. 

            El libro deja un sabor extraño en los ojos. Deberíamos preguntarnos por las necesidades de la narrativa del yo en los últimos años, la oscilación entre la autoficción al estilo Nothomb y la autoetnografía al estilo de Ernaux. La insistencia de los últimos años en volver la mirada a la infancia, que a dando fuerza de las bildungsroman femeninas, presenta en definitiva un campo de reflexión sobre el panorama literario con respecto a nuestra historia como país y nuestro lugar en la narrativa latinoamericana.

            Si me preguntan —ojalá sí algún día la niña que jugaba con el salero me preguntara— yo diría con seguridad que Los desvíos es una obra que vale la pena leer, porque no es sencillo encontrar una mirada tan detenida y tan profunda en lo que hemos olvidado mientras crecemos. Incluso diría que, conforme la iba leyendo, me dieron ganas de volver a jugar con los saleros.

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