Tengo tantos agostos superpuestos. El del aroma a naranja no puede ser el de tus omóplatos, pero el de tus omóplatos bien podría ser el de cuando mi vocabulario infectado por el tuyo convirtió, quirúrgicamente, a mi mamá en mi madre. La visión de tu espalda confundió al agosto, que ya no sabe cuándo empieza, ni cuánto dura, ni si es solo una manera de decir no me hallo. Voy a hablarle a tu imagen sentada en el borde de mi cama, cuando todavía no admito que esta vez será la última porque el calor apremia y vamos tarde.

***

La nitidez me la devuelve la fotografía en la que solo eres tu reverso, fechada a inicios de mi apatía. No soy un animal que resista bajo el sol; soy una píldora, un embutido, un encargo. Soy lo que solo soporta [y solo es soportable] a temperatura ambiente. Enamorarse durante el verano madrileño debería considerarse una actividad de riesgo, lo mismo que desenamorarse. A cuarenta grados yo no me hallo en mis huesos, que en ninguna postura se acomodan cuando estás, pero que escuecen y se irritan de más cuando faltas.

***

Vamos dándole la vuelta al sol a paso forzado, como si supiéramos que llegando a la meta la cosa no aguanta, se asfixia. Tú vas un paso adelante, y no sé si lo anticipas o si eliges este camino a posta. Además de devolverme la rigidez de tu trapecio, esta imagen viene con tu mano tendida de repente para que llegue contigo a la misma conclusión, al mismo tiempo. De camino al precipicio nos faltaron las preguntas, pero igual te lo voy diciendo: en mi tierra no existe el verano, ni el otoño tampoco. Lo mío es más parecido a un invierno permanente, y ni siquiera. Llegados a la orilla, pregunto: ¿a qué estación pertenecen las lluvias tan largas, el cielo tan gris, quedarse siempre, no tener la tendencia a huir?

***

De esta ciudad se dice que es propicio largarse. Se les aguan los ojitos cuando dices me quedo; permanecer es sentenciarte a una soledad muy larga, saber que si enfermas no habrá quién te venda el remedio. Procura no intoxicarte, pues. No cundas a la tristeza, entonces. Sería mejor, por ejemplo, que hicieras planes y te atrevieras a cumplirlos. Mejor que mejor que, cuando decidieras al fin marcharte, lo hicieras abrazándote a algo.

***

Como diría Pessoa refiriéndose a todas las cartas de amor: llorar en bikini es ridículo. Yo quiero llorar bajo las sábanas, sin mandar a tu recuerdo de vacaciones.

***

Hasta ahora voy entendiendo por qué para Meursault, personaje de Camus, el calor fue una excusa suficiente para cometer un crimen. Quiero empujar a todas mis imaginaciones por la ventana que da al patio interior. Como vivimos ellas y yo en un primero, cuando lleguen al suelo necesitaría dejarles caer  encima algo de peso: el catálogo de todas las formas que ya no asumo. Para rematar estas últimas, les lanzaría completito mi inventario de abandonos. Confío en que la fiebre del asfalto se haga cargo del resto.

***

De puro manosear el vacío que dejas puedo saberlo: este agosto sigues siendo el mismo que eras en aquel agosto. Por eso el calendario no me sirve para ubicar el principio de nuestro desfase. Si trato de ordenarte, la indiferencia se superpone con tu tacto y tu tacto con el aroma de las naranjas, mi vocabulario mutante, el precipicio, que te dé la boca y me devuelvas la espalda.

***

Voy a anudar este treinta y uno con el del año previo para encontrar lo que obviamos. Y, mientras lo hago, inventaré otra forma de ovillarme al costado de una caricia nueva. Dejaré que la brisa y la sal vengan a desmoronarme porque, al fin y al cabo, solo las criaturas que nunca lloraron en bikini sí que son ridículas.

MÁS DEL AUTOR

ver todo

Ayúdanos a mantener la revista

Zun es un proyecto autogestionado. No recibimos sponsor por parte de nadie más que de nuestros queridos lectores. ¡Puedes ser parte de lo que mantiene Zun a través de una donación voluntaria!
CÓMPRANOS UN CAFÉ