Manuel Anteo y Mayo Villasante Gómez-Fontecha
Nosotros, las generaciones que nacimos en democracia, no conocemos otra España. Las voces de aquellos que sí lo hicieron no nos fueron legadas. Los testimonios del exilio narran el desencuentro, el desarraigo y la decepción del retorno a un país que no reconocieron. Pero en esas voces se encuentra también la nostalgia de una generación que dió su vida por hacer de este un país justo, fraterno y universal. Recuperar esas voces hoy, es recuperar un pedazo de esa otra España que pudo ser.
El caso del escritor Max Aub es especialmente ilustrativo para entender lo que supone llegar a un lugar conocido pero que no reconoces. En La gallina ciega recoge en forma de diario sus vivencias en la España de 1969, treinta años después de su partida por los Pirineos. Él vino con el propósito de hacer un libro sobre el cineasta Luis Buñuel y el Franquismo le dio un visado de dos meses. En sus memorias nos relata los pormenores de la España desmemoriada que ha vendido sus paisajes y ciudades a un turismo que es, aún hoy en día, el motor económico del país. El 26 de agosto de ese mismo año nos relata:
“La gran tristeza para los que todavía conocimos una España esperanzada fue precisamente la pérdida de la esperanza. Pero no queréis comprender que se ha perdido porque, en parte, se ha realizado lo que queríais: la gente vive mejor pero, sobre todo, ve el camino para llegar a ello sin pasar por el sueño de la revolución. España ha dejado de ser romántica: ya no es la de:¡Victoria o muerte!, o, si quieres, la de: ¡No pasarán!, sino la de la mediocridad o mediocridad mejor o peor; es l España del refrigerador y de la lavadora; la vieja de pan y toros, del fútbol y la cerveza. Ya no hay bandidos debido a la multiplicación de los bancos. Bandidos de los que se jugaban la vida, como es natural: ahora las carreteras son seguras y la carreras aseguradas. Ya no hay atentados. La muerte ha pasado a ser exclusiva del Estado: Todos los anarquistas de los años veinte han perecido. Ya no hay atentados, no se queman iglesias, ya meten a los curas en la cárcel. España se ha vuelto colonia, En parte colonia norteamericana y en otra una enorme colonia de vacaciones (…) Antes éste era un país decente. Ahora los europeos han alquilado la costa del Mediterráneo, la han desfigurado a fuerza de rascacielos y la gente, ellos y nosotros, felices, rascándose el ombligo o la espalda con una miniatura.”[1]
En sus correspondencias, la filósofa Maria Zambrano y el poeta José Bergamín comparten este mismo sentimiento de desarraigo y extrañamiento. Para la malagueña, el exilio se ha vuelto una condición ontológica, un concepto fundamental para pensar la propia vida. El exilio es un páramo, un limbo donde se yace, se erra solo, a la espera de una anunciación. En él los vivos no pueden vivir y los muertos no pueden descansar. El exiliado es ante todo “un creyente”[2]. Pero si se puede creer es también porque lo que se dejó atrás es “algo invulnerable, (…) algo indestructible”, esto es el pueblo de Madrid, el “pueblo más universal que he conocido”[3], confesaba Zambrano.
Poner fin a esa soledad del exilio es lo que empuja a Bergamín a volver a España en 1958, en plena dictadura y avalando así la maniobra ‘aperturista’ del Régimen. Bergamín no es ingenuo, sabe que “volver no es volver atrás”, no es vivir de un “recuerdo lejano”, ni de la “nostalgia” pero es la única manera de conseguir satisfacer la necesidad de sentir la tierra, la luz y el aire[4]. Pero las precauciones se revelan insuficientes y la distancia entre la España franquista y la España imaginada es insalvable. En 1969, Bergamín, obligado a exiliarse por segunda vez tras comprobar en sus propias carnes la represión de la dictadura franquista, escribirá:
España ya no es España
Que es una nación cualquiera
Poblada de gente extraña[5]
En la plaza Conde de Barajas, frente al que fue su domicilio antes de la Guerra, Zambrano con 80 años y físicamente debilitada, experimenta esa misma distancia, esa misma incapacidad de volver a aquello que se dejó atrás porque:
(…) aunque esté la plaza, aunque esté la casa con sus balcones, aunque pervivan las siete acacias y otros niños jueguen al corro en torno a ellas… Aunque todo esté, me dije; tú no puedes ya vivir ahí. No se puede reanudar con aquel ayer. Sería una farsa.[6]
El regreso a España no supuso el final del exilio. Bergamín cambió Madrid por Donosti, Max Aub falleció en 1972 en México. Zambrano fue la única de nuestros tres protagonistas en instalarse definitivamente. No hubo reencuentro ni reconciliación porque no hubo ruptura política con el Franquismo. España pasó de ser un país “de proletarios a propietarios”, tal y como deseaba el dictador. El “pueblo universal” de Madrid, que recordaba Zambrano, fue progresivamente olvidado, sepultado bajo el desarrollismo económico y, posteriormente, por el consenso político del Régimen del 78. En ese olvido quedó la mitad de un país forzado al exilio. Muchos de los jóvenes antifranquistas fueron integrados por el mercado, por los partidos del Estado o simplemente dejaron que sus pequeños libros rojos pillaran polvo como reliquias de una etapa, tal vez demasiado rebelde, que tocaba dejar atrás. Los otros, los que fueron formados por el franquismo y más tarde por la democracia, constituyeron lo que Rafael Chirbes describe cómo “los anticuerpos que ellos mismos han creado para salvarse cuando enfermen de verdad, la vacuna para que el país siga siendo suyo”.
Las generaciones nacidas en democracia crecimos huérfanas de un relato alternativo al del libre mercado y la monarquía parlamentaria. Antes de la crisis de 2008, España pretendía ser, como decía el exministro Solchaga, “el país en el que más fácil era hacerse rico y en menos tiempo”. La memoria y la obra de los vencidos nos fue legada como un mero producto cultural, desactivando así su compromiso político y su vocación revolucionaria. El final del mito democratico y del capitalismo popular nos obligan ahora a buscar en el palimpsesto de los huesos y de las palabras otra España. Una España que oponer a aquellos que hicieron del olvido la norma, de nuestra cultura un producto de feria de turismo, de nuestras casas y ciudades activos financieros. Tal vez las manifestaciones de estas últimas semanas sean la prueba de ese país que casi un siglo después se resiste a morir, de esa “tradición de las generaciones muertas que sigue oprimiendo como una pesadilla el cerebro de los vivos”.
[1] Max Aub, (2010). La gallina ciega. Voces Críticas. pp.39-40.
[2] David Soto Carrasco, Exilio : desierto y peregrinaje. Acerca de la correspondencia entre Maria Zambrano y José Bergamin. Universidad de Murcia.
[3] José Miguel Ullán, Maria Zambrano: ¿Volver a España? Que sea lo que Dios quiera. Fuente: https://conversacionsobrehistoria.info/2024/08/19/maria-zambrano-volver-a-espana-que-sea-lo-que-dios-quiera/
[4] “Volver no es volver atrás. / Lo que yo quiero de España / No es su recuerdo lejano: / Yo no siento nostalgia./ Lo que yo quiero es sentirla, / Su tierra bajo mi planta; / Su luz, arder en mis ojos / Quemándome la mirada; / Y su aire que se me entre/ Hasta los huesos del alma / Volver no es volver atrás. / Yo no siento añoranza; / Que lo que pasó no vuelve/ Y si vuelve es fantasma.”. Dolor y claridad de España. Cartas a María Zambrano. Ed. Nigel Dennis. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2004. Citado en : David Soto Carrasco, Exilio : desierto y peregrinaje. Acerca de la correspondencia entre Maria Zambrano y José Bergamin. Universidad de Murcia.
[5] Dolor y claridad de España. Cartas a María Zambrano. Ed. Nigel Dennis. Sevilla: Editorial Renacimiento, 2004. Citado en: David Soto Carrasco, Exilio : desierto y peregrinaje. Acerca de la correspondencia entre Maria Zambrano y José Bergamin. Universidad de Murcia.
[6] José Miguel Ullán, Maria Zambrano: ¿Volver a España? Que sea lo que Dios quiera. Fuente:

