Una reseña de Nuclear de Maielis González, por María Gabriela R. Alvear

Habitar la anormalidad es como aprender a volar, es volverse de repente cóndor y poder mirar más allá, es recordar los sueños y saberlos interpretar, es sentir con una plenitud y una libertad que en el mundo de la normalidad no existe y es peligrosa.
Tú decides.

María Galindo

El mundo real siempre nos ha empujado a la ficción o a algún tipo de ella. Por ejemplo, cuando el sistema hegemónico produce y reproduce sistemáticamente discursos de normalidad para seguir ejerciendo su poder: sangran nuevamente los márgenes, se invisibiliza al otro, al que está fuera del centro, se invisibiliza lo que no entra en esa categoría social y, en consecuencia, se devela la anormalidad. Como lo fue el caso de la “nueva normalidad” que nos impusieron durante el  COVID-19, la cual nos empujó a resistir mediante la búsqueda de una nueva ficción anormal, motivándonos no solo a habitar la imaginación, los imaginarios y la capacidad creadora, sino a que destruyamos juntas lo que nos dijeron que es normal para quitarnos el control. Bien lo dijo María Galindo, la feminista bastarda:

“La normalidad es la familia violenta y violadora, la normalidad es la familia nuclear patriarcal del padre como cabeza de familia, la anormalidad es la familia descabezada donde no manda nadie, la anormalidad es la comunidad que expulsa al violento y deja de ser normal para convertirse en feliz

Es por esto, y por otras demandas colectivas y sociales en contra del régimen neoliberal, que sigue surgiendo la necesidad de reinventar el núcleo y reposicionarlo, volver a territorializar nuestros cuerpos, aunque la nostalgia sea avasalladora y no podamos habitar nuestro origen. Derrota tras derrota buscamos un lugar–real o imaginario– que nos permita recuperar algún tipo de esperanza colectiva, porque hemos aprendido a genocidios, dictaduras, estallidos y denuncias que la esperanza está en la pérdida, pero que en esa pérdida también está la lucha. Entonces, la ucronía latinoamericana.

Nuclear, la última novela de la escritora cubana Maielis González, publicada bajo el sello de Penguin Random House, Yegua de Troya curado por Gabriela Weiner, es una muestra de esa nostalgia por un futuro que nunca llega y a la vez una promesa política con el presente.

Con dos voces narrativas, la de Benicio y la de Claudia, Maielis configura un tejido afectivo que no sólo da cuenta de la potencialidad del lenguaje y de lo literario, sino también de la fuerza colectiva de la escritura, porque como dijo Alberto Santamaría, “el primer compromiso político con la literatura, es la imaginación”, y la autora lo logra sin ton ni son como si estuviera reconstruyendo ella misma la historia arrebatada de su origen.

Benicio es un cineasta que como narrador representa la voz de la memoria histórica. Su personaje se construye a través de los conocimientos propios y de las voces que lo acompañan durante su travesía. Su proyecto vital  y post crisis afectiva con la otra voz protagonista, Claudia, se trata de una película sobre la Ciudad Nuclear en Cuba, país de origen de su ex pareja. Así, la narración comienza con su viaje hacia el destino donde filmará “las ruinas de una utopía, el fracaso del sueño de un loco”, mezclando entre líneas lo afectivo, lo personal–lo político–  y su recurso de documentación artística.

Ya en las primeras páginas deja ver las denuncias de lo que fue la promesa utópica de la construcción soviética en Cuba:

“Estos dementes, en verdad, estaban convencidos de que construirían la ciudad más próspera y moderna del Caribe. Una fantasía de rascacielos brutalistas al más puro estilo soviético, daba igual si desentonaba con el paisaje de yagrumas, palmas reales y ceibas o si los materiales no eran los idóneos para el calor y el sol del trópico. La utopía se iba a construir sí o sí.” (p. 39)

De esta manera, afirma Benicio, “las utopías más temerarias de los soviéticos no fueron planteadas en la literatura de ciencia ficción, sino en los proyectos arquitectónicos, en los planes demenciales de edificios que, en muchos casos, no se llegaron a levantar.”

Gracias al juego de las voces narrativas, el lector es capaz de adentrarse en una metaficción que narra la travesía ciencia ficcional de Benicio, mientras Claudia recompone las ruinas afectivas de su propia historia. Ambas voces no se oponen: se orbitan. Funcionan como partículas que chocan entre sí para producir una nueva materia narrativa. Ahí radica una de las mayores potencias de Nuclear: en comprender que toda búsqueda del origen implica también una reescritura del futuro.

“RESISTIR Y VENCER” es la frase que compacta la contextualización sobre la Ciudad Nuclear, y parece ser un mensaje de advertencia para el lector y se puede intuir que la novela trabaja con las ruinas comoun archivo político. La Ciudad Nuclear no aparece únicamente como escenario distópico o vestigio soviético, sino como símbolo de una promesa moderna fallida en América Latina. El fracaso de aquella utopía desarrollista atraviesa tanto el paisaje como los cuerpos migrantes y las relaciones afectivas de los personajes. Por eso la novela insiste constantemente en la imposibilidad de separar lo íntimo de lo histórico. La crisis amorosa entre Benicio y Claudia dialoga con la caída de los grandes relatos revolucionarios; ambas pérdidas producen un vacío, pero también la necesidad de imaginar otra forma de comunidad.

Asimismo, el personaje de Benicio es quien nos introduce hacia una ficción especulativa, pero la autora no pierde la oportunidad de hacer también ese gesto de algo político. El reconocimiento de la etiqueta “atompunk” en objetos extraños, junto con la revelación de la inscripción en griego “Hecho en la Ciudad Nuclear en dos mil veintitrés, el año de la revolución Marciana”, sumergen al lector en lo que en el capítulo siguiente, volvería a sentirse como una especulación. Esta vez Claudia, quien rellena vacíos de su historia para completar ciclos, busca un origen que no logra encontrar y por ende, crearlos.

Podría tratarse de lo que en algunas ocasiones la teoría literaria ha etiquetado como metaliteratura o, mejor dicho, “metaficción”, pues la protagonista en apenas tres páginas nos entrega un texto de autoficción entre medio de las otras ficciones que se están tejiendo entre capítulos, manteniendo así la tensión intrigante del capítulo anterior.

“¿Qué derecho tenía yo a meter mi dedo puntiagudo en su herida? ¿A raspar con mi uña y deshacer los puntos con que mi madre había logrado coserse ese monumental desengaño? Yo no necesitaba un padre. Un padre, la mayoría de las veces, es una ficción inventada por una madre o por otro miembro de la familia que no se fue, que se quedó contigo. ¿Acaso no era yo escritora? estaba en la total capacidad de inventar la ficción de mi padre y creermela” (p. 62).

Claudia nombra la búsqueda, crea la historia del origen sin el padre, rompe con el núcleo, ficcionaliza al padre para especular sobre su pasado y sobre el futuro, especula sobre el tiempo.

En ese sentido, la escritura de Maielis González se distancia de cierta ciencia ficción tradicional centrada exclusivamente en el avance tecnológico o en futuros abstractos, incluso de las utopías y de las distopías. Aquí la especulación ocurre desde la herida colonial y desde el desplazamiento. La autora construye una ficción especulativa atravesada por la diáspora contemporánea, donde migrar no significa únicamente cambiar de territorio, sino experimentar una fractura temporal. Claudia lo formula desde la pregunta insistente sobre el origen, sobre la pertenencia y sobre la posibilidad de inventarse a sí misma fuera del relato familiar heredado.

“¿Acaso ya soy una migrante o solo estoy de paso?”, se pregunta la protagonista. La pregunta parece simple, pero contiene una tensión política fundamental: la dificultad de nombrarse cuando toda identidad ha sido históricamente desplazada. La migración en Nuclear no es solamente geográfica; también es afectiva, lingüística y simbólica. Los personajes habitan un permanente estado de tránsito donde incluso la memoria se vuelve inestable.

Por eso la novela trabaja tan profundamente con el lenguaje y con las formas de narrar. No se trata únicamente de contar una historia, sino de cuestionar quién tiene derecho a construirla. Cuando Claudia afirma que un padre “es una ficción inventada por una madre o por otro miembro de la familia”, la novela desmonta violentamente el imaginario de la familia nuclear como núcleo natural de la sociedad. La figura paterna deja de ser una verdad biológica o moral para convertirse en un relato posible entre muchos otros. Y allí aparece nuevamente la conexión con María Galindo: la anormalidad como espacio de emancipación.

La escritura de Maielis González dialoga con la autoficción y la metaficción latinoamericana contemporánea desde una dimensión política que entiende la memoria y el archivo como construcciones siempre intervenibles. En Nuclear, imágenes como el río, las ruinas, los laberintos y los cadáveres configuran una memoria que resiste desaparecer, mientras el agua funciona como símbolo ambiguo de conexión, amenaza y borradura. A través de desplazamientos temporales, referencias cuánticas y atmósferas de extrañamiento, la novela revela que lo verdaderamente inquietante no es la ficción, sino la normalización neoliberal de la precariedad afectiva, la violencia estructural, el desarraigo migrante y la destrucción de las comunidades, problemáticas que la especulación literaria vuelve nuevamente visibles.

Por eso Nuclear no propone una escapatoria de la realidad, sino una confrontación directa con ella. La ciencia ficción funciona aquí como una herramienta crítica para leer el presente latinoamericano. Maielis González toma los restos del fracaso moderno —las promesas revolucionarias inconclusas, los territorios devastados, los vínculos rotos— y los convierte en materia narrativa para imaginar otras posibilidades de existencia colectiva. En ese gesto, la novela encuentra su dimensión más radical: no ofrece esperanza ingenua, sino una esperanza construida desde las ruinas. Una esperanza que entiende que después del derrumbe todavía quedan cuerpos capaces de inventar comunidad, lenguaje y memoria.

Lo que nos propone para la recuperación de la memoria a través del extrañamiento o, nuevamente, la anormalidad, lo escribe no sólo tomando el cadáver y convirtiéndolo en un rizoma para la esperanza, sino que enfrentando al fantasma y cuestionándolo con inteligencia, con una lucidez más allá de la física cuántica occidental. Lo subvierte en migra, negra, bastarda, denunciante, militante e hiperconectada con una realidad que históricamente ha querido despojarla de su identidad. Saca desde el fondo del río revoltoso, desde las esquinas del laberinto borgeano, los abusos sistemáticos, las condiciones desiguales más normalizadas de nuestra actualidad, los escombros abandonados en el territorio colonizado y aquello lanzado al río como quien lanza al olvido toda nuestra historia, nuestra identidad, nuestra comunidad.

Y por último, “la próxima extinción”: al séptimo día dice occidente que se creó el mundo…yo digo que el séptimo libro de Yegua de Troya lo destruyó. Maielis tomó la realidad, no, la hiperrealidad, y como buena artesana la convirtió en materia prima: lenguaje, afectos, ríos, laberintos, red, neuronas… o mejor dicho, en esperanza anormal, en el nuevo núcleo de una ficción especulativa para la lucha.

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