Si pasas por la vida

y no cultivas el jardín de la amistad:

Pasas en vano.

—Elicura Chihuailaf

Quería escribir sobre la desinformación en Chile y tomando como referente a José Antonio Kast, me propuse encontrar una palabra que condensara mejor la idea en el título. Así fue como di, casi por azar, con esta palabra tan precisa: kakistocracia (que la RAE preferiría escribir con c). Se trata de un sistema de gobierno en el que los peores o los menos cualificados detentan el poder, ya sea por falta de competencias o de integridad moral. Suele asociarse a regímenes autoritarios que, por su incompetencia, han llevado a sus naciones a la ruina. Pero también puede darse en democracias —como la chilena—, donde el sistema electoral permite que individuos sin el conocimiento ni la ética necesarios accedan a cargos de alta responsabilidad, impulsados por campañas manipulativas o por la desinformación.

Durante mis últimos días en Chile, estuve —por mala suerte o por simple coincidencia— en Santiago el 11 de marzo. Después de diez años viviendo en el extranjero, volví a experimentar los efectos de una bomba lacrimógena. Al principio no entendí qué pasaba, pero pronto recordé lo que significa asistir a una marcha en Chile: la violencia policial, los gases, la dispersión forzada de quienes se manifiestan, e     n este caso, contra el nuevo presidente electo.

Caminé por el centro con rabia. Quería mostrarle a mi esposo la belleza de Santiago, pero lo hice entre calles cortadas y carabineros resguardando esquinas. De pronto, vi pasar el vehículo presidencial. Había muy poca gente fuera de La Moneda. Un niño le gritó “buuu” al pasar. Al día siguiente, frente a un kiosco, vi la portada de uno de los periódicos más emblemáticos del país: aparecía una nueva diputada vinculada a Kast, y el titular destacaba cuántos piercings y tatuajes tenía. Recordé entonces la única vez durante mi visita que, por accidente, vi un matinal: durante una hora entera repitieron el mismo reportaje sobre un portonazo, con un periodista preguntando en la calle qué había pasado, qué habían visto, de qué nacionalidad eran los involucrados. Durante una hora.

Todo esto ocurre en un contexto global convulso: guerras, gobiernos como los de Estados Unidos o Argentina que empujan a sus países hacia la crisis, ciudadanos que comienzan a salir a las calles a reclamar a quienes alguna vez votaron. En Chile, también se perciben señales de un descontento creciente. En pocas semanas, Kast ha derogado decretos que protegían la flora y fauna nativa; el alza histórica del precio de la bencina ya ha provocado las primeras marchas masivas de su gobierno; y el anuncio de frenar la expropiación de la ex Colonia Dignidad genera repudio internacional.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo es posible? ¿Cómo es posible que un ultracatólico, antiaborto, hijo de un nazi haya sido elegido presidente, por una amplia mayoría? ¿Cómo se explica que personas que en su momento votaron por Bachelet hoy voten por Kast, cuyo pasado y cuyos valores representan un claro retroceso para el país? La respuesta, en parte, ya la vimos durante el proceso constitucional: la desinformación —y, por supuesto, los medios que la difunden— puede cambiar el rumbo de un país.

Cuando hablo de desinformación no me refiero solo a las llamadas fake news, esa herramienta burda pero eficaz que prolifera en contextos electorales. Pienso en algo más amplio: la circulación masiva de contenidos poco rigurosos que se presentan como verdaderos y buscan influir. Son discursos que apelan a la emoción, simplifican problemas complejos y se comparten sin verificación. Las redes sociales, que alguna vez prometieron democratizar la información, hoy funcionan como espacios donde cualquiera puede opinar y construir relatos sin filtros claros. Relatos mediados por algoritmos que no son neutrales: además de ser programados por intereses corporativos, priorizan el contenido que retiene la atención, generalmente el más inmediato y emocional, por sobre el reflexivo. En este contexto, el espacio público deja de ser un lugar de deliberación y se convierte en un flujo constante donde lo verdadero y lo falso circulan sin jerarquías. Bots que amplifican contenidos, cuentas que replican narrativas sin verificarlas, usuarios que, tras leer un par de tuits o ver un video cualquiera, adoptan posturas complejas con la seguridad de un experto. El antiintelectualismo encuentra aquí un terreno fértil: ya no hace falta saber, basta con opinar.

Y así, muchas personas terminan adhiriendo a las ideas de individuos que no son expertos, pero que opinan como si lo fueran, recurriendo a falacias y distorsiones históricas para manipular el debate público. Pienso, por ejemplo, en esa afirmación —que en su momento se volvió viral— de que Hitler era socialista (sobre este tema les invito a leer este artículo: https://revistazun.com/nazi-comunismo-for-dummies/ ). Ideas que no resisten el más mínimo análisis histórico, pero que circulan con total impunidad, porque a quienes las difunden no les interesa la verdad, sino su efecto: en este caso, alimentar la fobia al comunismo desplazando el nazismo hacia la izquierda, ese mismo nazismo que persiguió a socialistas y comunistas.

Con el algoritmo ya no existe un espacio público compartido, los feeds son personalizados y nos muestran contenido que refuerza nuestros sesgos y crea burbujas donde no hay cabida al diálogo. Así, las redes sociales logran aislar a las personas. Durante la dictadura, la prohibición de reuniones no era solo una medida de control físico, sino también simbólico: impedir la construcción de comunidad, fragmentar el tejido social. Hoy, sin necesidad de prohibiciones explícitas, los medios digitales operan de forma similar: interpelan a individuos aislados, que consumen información en soledad, sin instancias reales de contraste ni diálogo.

Frente a este panorama, tal vez lo más efectivo que podemos hacer contra este auge de la desinformación sea volver a hablarnos: compartir experiencias, reconstruir espacios donde la palabra no esté mediada por algoritmos. Porque cuando nos miramos a los ojos, cuando entendemos lo que le afecta al otro, deja de ser indiferente quién gobierna o qué decisiones se toman. Entendemos que los problemas son colectivos. Al final, la desinformación no es solo un problema de contenidos falsos, sino de relaciones rotas. Ante tanta fragmentación, quizás la única forma de enfrentar la desinformación no sea corrigiendo datos, sino recomponiendo vínculos.

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