Amar es permitirle al otro no ser para siempre una isla
Yuliana
En Cuadernos del imposible retorno a Pangea, Limones parece un erizo de mar, una célula, un ciempiés. Es una isla en Esmeraldas, en el Pacífico. Se ha inundado casi entera, reflota, yace en aguas mezcladas con petróleo y basura de barcos chinos, vive de la pesca, se llega allí en lancha. Esto se va desprendiendo de las imágenes que hacen el poemario-diario-cuaderno de Yuliana Ortiz Ruano. Aquí, los versos hacen otro orbe para otras aguas. Aparecen fragmentos de lo que va emergiendo poema a poema, como una tierra-ombligo-madre rodeada de agua y dibujada por balazos tanto como por humedad y mantarrayas. Limones es un «animal reptando en la orilla del fin de Pangea / ese mar con bordes de mangle», situado en las lindes de las lindes de aquel supercontinente primordial luego quebrado en largas costas, algunas de ellas hoy tan lejanas del mundo y de la memoria. Pangea retorna a través de Limones y sus aguas del presente, que brillan cuando la luz del sol golpea el aceite y se reparte entre la superficie del aceite y la del agua. Ese brillo de combustible de lanchas y contrabandos linda con los manglares de siglos.
En las cinco partes que componen el cuaderno, los poemas convocan y rememoran vaivenes por las aguas, navegaciones que se cruzan con recorridos de animales marinos, encuentros con seres. Esta Pangea no constituye una cartografía. No hay mapas. No hay datos sobre el histórico abandono estatal y el racismo que han castigado a esta tierra de gente afrodescendiente, cercana a la frontera y a San Lorenzo. No hay descripciones de la narcoviolencia que golpea los cuerpos, les niñes y el sueño de cada noche. Pero todo eso respira en la escritura. Limones aparece a la luz de otras imágenes, también con señas claras de sus heridas, pero cifradas de modo que van abriendo la isla en la escucha poco a poco, en un registro que logra nombrar la pobreza y la vida atravesada por la violencia sin segmentarse en lo social, lo poético y la memoria. Limones herida entre aguajes y lanchas es un todo.
La navegante que rodea la isla de Limones con sus poemas acude al cuerpo de la madre, a la imagen del caballo o a los seres marinos para dar cuenta de sus desplazamientos. No hay un gran barco. No hay gesta épica, como ha escrito Natalia García Freire sobre el cuaderno. No está el conocimiento náutico de un gran capitán, pero hay viaje, y con eso se rehace la noción misma de las grandes odiseas por las aguas transparentes de los grandes libros. La viajera en lancha conoce, en cambio, el ruido de las turbinas, los horarios de salida y llegada de cada lanchero, ¿su velocidad en nudos? El viaje en lancha entre la isla y el continente es corto, cotidiano, casi anecdótico, pero en el cuaderno funda todo un mundo a su escala: se puede escuchar allí una escritura fuera de borda, haciéndose con ese combustible. Esta poética lanchera está hecha de esa cotidianidad y, a la vez, de imágenes y exploraciones múltiples, con ecos antiguos, donde Limones y Pangea se indistinguen y se encuentran: «Esta isla / única masa desprendida de Pangea / es la crisálida demencia del mar / que no florece». Limones es la locura de un mar.
Las máquinas están en el cuaderno también de otro modo. La sección «Anatomía de la obediencia» es poderosa y perturbadora. Es el relato en primera persona de un cuerpo de carga, bestializado por la labor. Los mismos maderos de las lanchas aparecen allí como castigo de quien carga sin descanso. El de esa anatomía es un cuerpo indistinguible, un hombre esclavizado, un caballo, algo entre ambos que denuncia vejámenes hechos de amos, gritos, látigos, «bufando pido se me escuche como a las otras bestias se me dé un espacio de soledad y vacío como a las otras bestias se me permita elegir si quiero ser una bestia». El flujo de conciencia derramado es igual de vertiginoso que la devastación del mundo que se desnuda al bufar.
La Madre aparece como interlocutora de muchas formas, es madre-isla, madre-agua, madre-origen: «Madre abre la boca: Limones se hace y rehace en una construcción impecable de génesis-éxodo y apocalipsis.» Principio y fin, pero no en línea recta, sino en movimientos circulares alrededor de ese pedazo desprendido de Pangea. Madre es también esta bellísima imagen: «una isla que piensa en otra isla.» El amor, entonces, es un archipiélago, un parentesco por olas entre ínsulas, peñascos, seres rodeados de mar que, por vía de algún pensamiento, se aproximan entre sí.
Cuaderno del imposible retorno a Pangea presenta a Limones a la vez que refunda la isla: es geografía e invención. Es Limones y es otro mundo y, como en todo libro del presente, sus imágenes están hipervinculadas de antemano, escritos todos sus pies de página en la red. El cuaderno conduce a mapas de Pangea, fotografías de Limones, San Lorenzo, reportajes sobre la isla que abrieron otro vaivén entre el poemario y su navegante, ese mundo concreto. Conocer una realidad a partir de la invención y a través de ella es una bella forma de conocer, y reivindica también la historia de Limones, las cocineras de concha, los pescadores, las resistencias contra la esclavitud. Eso hace el cuaderno de Yuliana, abrir intersticios entre mundos e imaginaciones para mirar a Limones, ver cómo esa isla navega este dolorido mundo, a pesar de él.
