El juicio a Nicolás Maduro en Nueva York es más que un acontecimiento judicial, es una operación de hegemonía. Ahí es donde Gramsci nos resulta útil, no como cita de paper académico de izquierda, sino como un filo que corta los trozos en una pizzería de Brooklyn.
Los hechos al martes 6 de enero de 2026, 5:16 hrs de España: Maduro y Cilia Flores comparecieron ayer ante un tribunal federal en Manhattan. Se declararon no culpables. Maduro insistió en su estatus de “prisionero de guerra”, alegando secuestro tras una operación estadounidense en Caracas. El juez, Alvin Hellerstein, fijó nueva cita para el 17 de marzo y ambos quedaron detenidos. En paralelo, el caso reventó la diplomacia en la ONU, desatando críticas sobre soberanía y legalidad bajo una cobertura mediática global muy Netflixeriana y brandeada. Un ejemplo es el buzo trendy Nike de Maduro, que no solo generó más de 100 millones de dólares en publicidad gratuita convirtiéndose en el producto del año, sino que ya opera como veredicto cultural.
Gramsci llamó a esto “guerra de posiciones”. No hace falta controlar cada territorio con tanques si controlas el sentido común que decide qué es lo legítimo. Estados Unidos, con esta operación, dicta el marco desde el cual el mundo debe entender a Venezuela: régimen criminal, narcoterrorismo y democracia “a la Marvel” en acción. Ese marco antecede al proceso, lo envuelve, lo condiciona y lo vende.
La gracia gramsciana radica en que el poder duradero no se sostiene por coerción, sino por consentimiento. Un consentimiento fabricado, distribuido y repetido hasta que suena natural. Como en el Chile de 1973: antes del golpe, se instaló la idea de que Allende era sinónimo de caos e ingobernabilidad. Cuando llegó la fuerza, ya parecía necesaria. Es lo que Naomi Klein llamó la Doctrina del Shock. La violencia entró amparada por un bestial, mórbido y extraño “sentido común”. Al igual que el caso de Irak, que fue invadido tras fijar un relato de seguridad y armas nucleares inexistentes. La guerra y la barbarie fueron aceptadas por la opinión pública antes de empezar. Primero el consenso, después las bombas.
La comparecencia de Maduro, transmitida como espectáculo político, es parte de ese mismo dispositivo. La escena del líder capturado, cegado con lentes oscuros, grilletes en los tobillos y buzo gris (recordemos que Maduro era muy proclive a los buzos de colores amarillo azul y rojo, muy latino y folclórico en sus actividades menos formales), lejos del ímpetu del traje oficial de presidente, es una imagen pedagógica. Enseña quién manda y qué le pasa al que no entra en el orden.
Aquí entra la derecha, la guerra cultural y la torpeza histórica de la izquierda.
La derecha entendió a Gramsci mejor que la izquierda por una razón sencilla: la derecha lo aplicó mientras la izquierda lo criogenizaba en la academia. Durante décadas, construyeron infraestructura cultural para producir sentido común mediante think tanks, redes mediáticas y comentaristas, logrando la moralización del orden y la estetización de la fuerza. Cuando la narrativa ya está instalada, el golpe político es mero trámite.
La izquierda, en cambio, se acostumbró a jugar el partido como si fuera puro programa y denuncia. Fome, nostálgica, reacciona tarde, habla para los convencidos y se atrinchera en la explicación. En el mejor de los casos, se indigna. En el peor, se consuela pensando que “la historia” le dará la razón (aquella vieja crítica de Walter Benjamin). Gramsci era alérgico a ese consuelo, porque si no construyes hegemonía, pierdes aunque tengas razón.
En este capítulo, la hegemonía estadounidense se disfraza de coartada moral. La administración presenta el asunto como justicia contra delitos transnacionales, mientras desliza intereses estratégicos sin el menor pudor. Existen reportes con referencias explícitas al control de la producción petrolera venezolana y exigencias de “acceso total” como condición política. Ese cruce entre moral y recursos naturales es el patrón histórico de la potencia hegemónica cuando una región concentra energía o posición geoestratégica.
El problema para Sudamérica es que normalizar este “secuestro legal” —llámese captura, extradición forzada o extracción— abre una puerta que luego no se cierra. Hoy es Maduro; mañana puede ser cualquier figura convertida en símbolo útil. La región queda atrapada entre dos impotencias: avalar la intervención aceptando una soberanía condicional, o condenarla y quedar asociada mediáticamente a la defensa de un régimen detestado. Es una trampa narrativa muy eficaz.
La CIA ya no opera en las sombras como en el 73. Ahora la operación militar se ve en la pantalla, el tribunal federal es el escenario, el narcoterrorismo el motor del conflicto y el discurso de orden global la cobertura.
La izquierda regional, si quiere actuar con un mínimo de pillería, debería evitar dos actos reflejos. Uno, el trincherísmo por defecto (defender a Maduro por antiimperialismo automático) y, dos, el moralismo ingenuo (celebrar la acción porque “se lo merece”). Gramsci no perdonaría a ninguno. Lo que importa es el precedente y la arquitectura de poder que se instala.
Lo terrible para Sudamérica no es ver a Maduro ante un juez. Lo terrible es que el continente vuelva a aceptar que la soberanía es un permiso revocable y que la justicia internacional es una extensión del poder del más fuerte. Eso siempre termina mal, con fragmentación regional, élites dependientes y una ciudadanía entrenada para creer que el orden llega desde afuera.
Con el juicio de Maduro se juega algo trágico: la imaginación política de una época. Gramsci sabía que cuando una potencia logra que su versión del mundo parezca natural, ya ha ganado antes de convencer. Europa, tan dispuesta a comentar el espectáculo desde una tibia distancia, haría bien en recordar que la hegemonía no es un exotismo del sur global, sino una técnica refinada del poder moderno. Hoy el escenario es Venezuela y mañana será otro nombre. La literatura aún sirve para algo, para pensar en el punto donde la justicia empieza a parecer relato y el relato empieza a reemplazar al pensamiento.


