En manos del verano
cualquier palabra se achicharra.
Una niña en la esquina
junta dos dedos para hacer una pinza
y metérselos en la garganta,
para que salga como queso fundido
la palabra.
La va amasando
hasta que la obliga a ser una piedrecita.
Aprieta. Aprieta muy fuerte hasta que se clava las uñas.
Luego la palabra se solidifica
porque todo está menos caliente que el cuerpo de la niña.
Con sus pies apenas lastimados,
le da patadas hasta volverla más rugosa.
Le da patadas hasta que sea algo convincente.
Se remanga el pantalón.
Levanta el pie al cielo.
Las dos caen rodando.
Tirada en la tierra seca,
la ropa se le pega a la piel
y los mofletes al asfalto.
La niña se abanica dejando
entrar muchos pensamientos a la vez.
Levanta la mirada.
Al fin llegas.
El gato blanco.
La niña hace esto todas las mañanas
hasta que llega su madre del trabajo.
Y solo ahí se saca las manos de los bolsillos.
Solo ahí,
le puede contar a alguien lo que charló con el gato.

