El Oso Proletario 

La calle del arenal se agrietaba con pedazos de sol que traspasaban entre los turistas sudorosos y perdidos por las excentricidades del centro: arañas hechas de cables; africanos con mantas tendidas sobre mugre con carteras de plástico semi derretido; hombres de pieles metálicas, quietos, simulando ser estatuas rancias, junto a niños pegajosos que escupían gotas de helado.

Los intestinos de todos se revolvían en la hora del almuerzo y una sombra oblicua aniquilaba parte del callejón. Zambullían sus oraciones en una neblina de chillidos, las multitudes se agazaparon como moscas en el excremento. 

Las cabezas transeúntes se acumularon y, entre aplausos, se vislumbraba el que era el show más decadente de la cuadra.

Empujándose por un pedazo de recorte escénico, los codazos de los espectadores se aglomeraban, magnetizados a una figura ancha que rotaba, náufraga, en el propio eje desdibujado de los dedos que la señalaban.

Con orejas de peluche cuasi negras, se movía rectilíneo el Oso Proletario. A su alrededor familias de  ojos rasgados y madres con cochecitos dobles le gritaban y lo acorralaban. El Oso Proletario tambaleaba en su disfraz de casi dos metros de alto y uno de ancho. 

Grupos de niños tomaban fotografías y no dejaban ni un céntimo. El Oso Proletario gruñó sofocado que debían pagar, aunque su alarido sólo exacerbó la energía de los pequeños. Las familias lo surcaron y el Oso Proletario cayó de espaldas. Se oyó un quejido débil que se ahogó en su propia lengua.

Nadie veía la cara de carne del oso detrás de unos barrotes de metal a la altura de la garganta, como si ese mismo suplicio fuera la guillotina que lo aguardaba al final de la jornada. Bajo esa cabeza de peluche seco, se asomaba un rostro lechoso y lánguido, infectado por los aromas del plástico gastado y sus propias sustancias humanas que no podía desechar hasta pasada la tarde. Solo en la parte trasera inferior del traje se abría una escotilla oscura que conectaba su miseria con el exterior. 

Junto a los movimientos dolorosos del Oso Proletario en el suelo, brincaba una musiquita alegre salida de una caja cerca de él, descostillando a los espectadores fascinados que aplaudían y algunos incluso bailaban.

Un niño con los ojos tristes y el labio comido se acercó de manera dulce al Oso. Esta figura aparentemente celestial, dispuesta a darle una tregua de las burlas, le estrechó el brazo para ponerlo de pie y lo  empujó de nuevo contra el piso. Comenzó a patearlo. Estrujó su abdomen hasta hundir el peluche y formar un hueco húmedo y pastoso. 

Las familias reían y los demás niños aprovecharon para subirse arriba de su barriga desolada y saltar sobre él.

El Oso Proletario se movía hacia ambos lados amortiguando los golpes que le pinchaban los órganos. Su sangre se unió a los fluidos que vergonzosamente aguantaba desde la mañana.

Los niños se cansaron de gritar y saltar. Las barrigas de los turistas ya chillaban histéricas del hambre. Los padres tiraron de las orejas de sus hijos piojentos y se amucharon en restaurantes para guarecerse del amarillento mediodía.

El Oso Proletario se quemaba al sol, en una siesta tibia y mortecina.

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