Alguna variante del animismo, la destrucción de la naturaleza y su resistencia a la finitud, el binarismo maniqueo Mujer-Hombre, fertilidad y fecundidad como signos del fin de un tiempo y el comienzo de otro. Estos son algunos temas que son tratados constantemente en los ocho cuentos que componen Lo quieto se hace turbio (Tusquets, 2026), primer libro publicado por María José Ojeda (Bogotá, 1999).
Pero hay una contradicción que va más allá de lo temas que funcionan como hilos conductores entre cuento y cuento. Es en esa contradicción que el libro abre al lector sus posibilidades, su potencia. Y la encontramos desde la primera página.

“En el principio era ella. Y ella penetró. Y todo lo que había de crear penetraría y podría, también, ser penetrado […] Luego fue el verbo. Creyó que la tierra era una gran tiniebla desordenada y vacía. Dijo el verbo: Hágase la luz, y creyó haber iluminado”. Así comienza “Liturgia de la quietud”, primer cuento del libro. Después, siguiendo el relato y el estilo bíblico, se nos narra cómo el Verbo nombró los elementos de naturaleza, creyendo por esto ser el creador de Ella, y la elección del Hombre por sobre los demás animales para compartirle su poder creativo: la palabra. Todo lo anterior dejando claro que Ella estuvo primero.
Esta es la declaración de principios de Lo quieto se hace turbio: lo existente lo es sin la necesidad de intermediación del Hombre. Este, en su afán por dominar, termina siendo un remedo de destructor que siempre será disminuido. Es la Mujer, en simbiosis con la naturaleza, femenina también —aunque en uno de los cuentos, “La tierra que nos hubo descubierto”, el lenguaje usado para referirse a la naturaleza es uno masculino—, quien tiene la posibilidad de entablar diálogo con la creación y, a su vez, de crear.
Sin embargo, los mismos cuentos hacen evidente la necesidad de nombrar, de usar el lenguaje. “La niña con nombre de árbol” es la historia de una niña virgen que da a luz para, de nuevo, dar término a un tiempo y comenzar otro. Acacia, se llama la niña, y es vital que sea nombrada así, pues “una pelada que naciera en ese lugar bajo esas condiciones del demonio tenía que ser fuerte como palo de árbol viejo”. Nombrar para caracterizar, nombrar para definir, nombrar para entender el estado de cosas que nos rodean.
Otro ejemplo está en “Suelo fértil”, donde el monocultivo extractivista es dejado de lado por las mujeres que trabajan la tierra. La maleza empieza a crecer y de ella germinan diversos frutos. “Cuando entramos a la casa le hicimos probar al coro las frutas que cosechamos. Con la boca llena se inventó palabras:
¡Mmmmm!
Qué Zazulón.
Qué chispitronjo.
Qué tintintenso.”
En este contexto, la invención de palabras no es un capricho ni un mero divertimento. Es un ejercicio de reconocimiento de la naturaleza, no para dominarla con eufemismos a raíz de la excusa de una malentendida tierra prometida, sino para vivir junto a y gracias a ella. Aun así, está el precedente de una convivencia agresiva, por lo que la tensión que construyen los cuentos explota con violencia, como un volcán que hace erupción, o el diluvio que provoca un río liberado, o el rayo que cae en un cuchillo que apunta al cielo.
Ahora volvamos a la contradicción. Para ello debemos hacer un poco de etimología.
La palabra “poesía” viene del término griego ποίησις (poíesis), el cual significa “creación” o “producción”. Asimismo, “poeta” viene de ποιητής (poietes), que significa “creador” o “hacedor”. Siendo así, el sentido original del oficio de los escritores es el de crear a través de la palabra. De igual modo, en el Génesis Dios crea a través de la palabra: “Dios dijo: «Hágase la luz», y hubo luz”. La tradición literaria occidental, con sus bases griegas y hebraicas, ha sentado sus bases en la capacidad creativa del Hombre a través del lenguaje. Los poetas tienen el poder creador que Dios brindó al hombre al dotarlo de lenguaje para nombrar a los seres de la naturaleza. Pero ese poder se ha anquilosado al encontrarse con la sistemática destrucción de Ella, la que era en el principio y la que penetró.
Lo quieto se hace turbio pone de presente el problema del nombramiento del mundo, de la palabra creadora dada por Dios con la que el Hombre creyó poder gobernar a la naturaleza, olvidando que Ella estuvo antes que él. La bella contradicción del libro es que, intrínsecamente, propone la misma solución: la creación a través del lenguaje. Pero un lenguaje con una sensibilidad distinta, donde la palabra ya no subordine y se imponga sobre la naturaleza, sino que fraternice con Ella, y en esa fraternidad la poeta seguirá siendo creadora de libros de cuentos que nos recordarán que el tiempo no es lineal, sino espiral, cíclico. Por eso, nuevamente de nuevo, cuando un tiempo termina otro comienza.
Acaba el tiempo adánico y empieza el evánico. Y la palabra-creación continuará, pero ahora “basáltica, inmortal. Nunca extinta”.


