EL ORIGEN

Las panzas amarillas de las víboras nos marean
desde sus cárceles de vidrio.
Ratones y cuises recién nacidos flotan inmóviles.
Es imposible distinguir sus narices y ojos
que jamás se abrieron.
Los cangrejos y calamares nos son ajenos
y los esqueletos de caballitos de mar
simplemente nos dan pena.
Los frascos son infinitos:
Mermelada, miel, café y solo un par de aceitunas.

La tiza contra el pizarrón como telgopor
en nuestros dientes. 
Uniformes pulcros, ansiosos por ensuciarse 
con algo, lo que sea.
Las instrucciones son simples: dormir al sapo, 
tomar el bisturí  y en línea recta abrir su panza.
Debemos mirar pero no tocar.
Coserlo como una muñeca.
No debemos dejarlo morir.

La crueldad es una cosa plástica.
¿Qué pensaban que iba a suceder
al dejarnos ver por primera vez un corazón latiente?
Robarlo fue demasiado fácil, demasiado obvio.
Nosotras solo queremos tomar algo monstruoso
hasta transformarlo en algo bello. En algo nuestro.
Lo guardamos en el armario al fondo de la clase,
en una caja de zapatos.
Nos reímos de su liviandad.
No merecía ser conserva por el resto de su vida.

El hambre es una cosa que se atasca
entre los dientes.
Una de nosotras sugirió darle de comer
al pequeño corazón huérfano.
Nuestras carcajadas retumbaron
por todos los pasillos.
¿Qué comería el corazón de un sapo?

Le trajimos migajas de galletas,
machetes de nuestros exámenes de la semana,
botones de camisas, minas de lápiz,
una moneda oxidada, envoltorios de caramelos,
las esquinas de nuestras gomas de borrar
y colitas de pelo que perdieron su elasticidad.

El corazón traga todo.
Si en algún momento se atragantó, nunca lo mostró.
¿Qué puede exigirle un corazón
a sus carceleras? No, a sus salvadoras.
Es importante no olvidarnos de esa parte.
Todo nutre, todo multiplica.

La criatura comenzó a florecer como un yuyo
en la grieta de una casa abandonada.
Primero las venas, esparciéndose 
como ríos en un mapa.
Después los dedos, delgados y feos
como gusanos bajo tierra húmeda.

Una piel escamosa acorraló al corazón.
En ciertos ángulos un tono gris
y en otros, un verde amarronado
como el foliaje de los árboles del patio del colegio.
Los primeros días nadie la quería tocar,
parecía áspera y agrietada.
Pero los ojos se acostumbran a la fealdad
cuando la bestia es propia.

Cada mañana nos reunimos a oscuras
en el armario para verla.
La piel tibia y un pulso
vivo vivo vivo.

Las piernas como hilos de lana, los brazos de tela.
Todo crece lento, asfixiado y torcido.

Un día abrió los ojos de par en par.
Negros y sin fondo, como pozos cegados de escombros.
No brillaban: absorbían.
Nos devolvía la mirada en silencio, sin parpadear.

¿De qué sirve un monstruo sino para devorar?

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