Hay una cosa que me parece mágica de la Semana Santa y es que al volver —y da igual si es volver de las vacaciones o volver a la rutina, el asunto es volver—, empieza, de golpe y sin avisar, el buen tiempo. El frío se empieza a diluir entre los rayos de sol, que cada vez alargan más sus dedos para rozar las últimas horas del día e iluminar, con esa luz dorada suya, las copas de los árboles que vuelven a ser verdes. Me da igual la fecha que ponga en el calendario. Para mí, ese es el comienzo de la primavera.
Entre las lluvias, el tiempo cambiante, las narices y ojos goteantes y el calor bochornoso del verano a la vuelta de la esquina, hay una cosa que empieza a reclamar, en un aumento tan gradual que apenas se percibe, la atención de mi familia.
El Huerto.
Nunca hemos tenido pueblo. Mentira, mis padres y abuelos sí que tuvieron, pero renegaron tanto de esos lugares lejanos a la urbe que mi hermana, mis primos y yo somos completos y verdaderos chicos de ciudad. Ajenos al campo. A un campo que sintamos como nuestro, por lo menos. Esto cambia un poco cuando mi tío se compra una finca en un pueblo cercano a mi ciudad y, de pronto, las estaciones cambian. La primavera empieza a ser un momento de preparación: hay que limpiar los restos del invierno, las malas hierbas, arrancar lo que está podrido y empezar a hacer hueco para lo próximo. El verano huele a hierba recién cortada y a la gasolina del cortacésped, citronela, insecticida. La banda sonora son ladridos, gallinas y los programas de televisión tan altos que pone mi abuelo. El otoño es un decrecimiento gradual en el que se destruye un ciclo para dar paso al siguiente. El invierno se define por las fotos de las cámaras de seguridad en las que se ven las extrañas nevadas ocasionales y nos quejamos porque “aquí nunca nieva”.
Los primeros días que empezamos con esta recogida de lo antiguo suelen caer en la Semana Santa. Pero en cuanto empieza a salir el sol y terminamos esta limpieza estacional, queda inaugurada lo que mi madre llama la “temporada del huerto”.
Lo de comprar la finca fue algo que nos sorprendió a todos, pero lo que yo no me esperaba era la fijación que mi familia iba a adquirir con el Huerto. De golpe, todo empieza a girar alrededor del Huerto. Al principio son un par de jardineras. Flores y cosas fáciles de cultivar, aptas para aficionados. Con el paso de los años, el Huerto se va profesionalizando y ahora tenemos carpas de cultivo a prueba de pájaros y demás ladrones de la naturaleza, además de diversos sistemas, muy estudiados por mi familia, para los diferentes tipos de cultivos. Rejas elevadas para que cuelguen las sandías y los melones, estructuras para que los girasoles no se caigan, el sendero aéreo que tienen que seguir las parras. Durante seis meses al año, la finca permanece en un constante cambio, una especie de estado líquido en el que siempre hay trabajo que hacer. Y si hay un problema, es problema de todos. Recuerdo un año en el que dejó de funcionar el pozo que suministraba la zona y todas las fincas se quedaron sin agua y, por lo tanto, sin riego. Mis padres y mi tío cargaban con decenas y decenas de litros de agua al día desde una fuente al coche y una vez aparcado, desde el coche hasta los bidones de cien litros que había conseguido mi tío.
Se desarrollaron verdaderos hitos de ingeniería para conseguir que los sistemas de riego funcionaran, entre otras cosas. “Dame agua o moriré”, debió de escuchar mi tío.
En fin, el Huerto lleva mucho trabajo y yo nunca había entendido muy bien por qué mis padres, mi tío y mi abuela habían decidido embaucarse en esta empresa que lleva tanto tiempo y esfuerzo. Hasta que empecé a ir yo también o, mejor dicho, hasta que empecé a participar en esta acción tan sufrida.
No es que estemos de sol a sol, somos gente de ciudad, al fin y al cabo. Pero después de algunas horas trabajando, cogemos unas sillas y nos sentamos alrededor de una mesa. En ella hay colocados, de una forma muy conveniente, un par de platos con embutido y, dependiendo del día, una cerveza fría o un café. Aunque casi siempre es una cerveza.
El aire fresco del tímido inicio de la primavera arrastra la ausencia notable de los que no están, de los que estuvieron alguna vez y de los que nunca estuvieron. No hay sillas vacías porque la mesa se prepara en el momento, para los que están. Pero si hubiera, estarían, como en todas las casas, patios, pueblos, fincas y palacios del mundo, llenas de verbos condicionales: “si yo hubiera…”
Y aunque notamos las ausencias, nos resignamos, porque ahora somos los que somos y la mesa está puesta por y para nosotros. Para el almuerzo o la merienda, es lo mismo: la única diferencia es la hora del día. La primera, entre el desayuno y la comida. La segunda, entre la comida y la cena. Ambos momentos ideales para una cerveza tostada, unos pocos pedacitos de queso y una tranquila dosis de melancolía compartida al aire libre.
No puedo decir nada sobre las meriendas: son privadas y, como la mesa, sólo las ponemos para quien está, palabras incluidas. No seré yo quien predique los secretos de mi abuela. Tampoco es que sean nada extraordinario. Al final son sólo eso: conversaciones en compañía de comida, bebida, familia y amigos.
Y aún así, hay algo especial en estos momentos. Cuando paramos de trabajar y mi abuela saca el mantel, lo coloca sobre la mesa, se asegura de que la silla de mi padre esté a la sombra —si no se quema, el pobre— y nos manda a sentar, se crea un espacio. Un paréntesis . En colectivo, estos momentos no difieren de los que comparten otras familias. En particular, las conversaciones, dinámicas, incluso las palabras usadas al hablar, son diferentes. Nunca habrá dos espacios iguales del mismo modo que nunca habrá dos familias iguales.
En la finca el tiempo pasa diferente. Puedes despertarte todo lo pronto que quieras y llegar antes que nadie a trabajar. Si mi abuela no se ha levantado aún para quitar la alarma, tú no vas a poder entrar en la casa. Toca hacer lo que se pueda fuera hasta que lleguen los demás. El trabajo puede durar entre media hora y toda una tarde, pero ¿qué es toda una tarde? Y ¿qué es el trabajo? Porque hay veces que mi abuela ya no trabaja en el campo, pero prepara las meriendas, las comidas y se da paseos vigilando que todo esté donde tiene que estar. A veces ninguno trabaja. A veces sólo nos reunimos una noche de agosto, apagamos todas las luces y nos tiramos en el césped para intentar ver alguna estela blanquecina en el cielo y gritamos: “¡He visto una!” mientras mi tío se ríe y nos dice que eso no es una estrella fugaz, que son los satélites de Elon Musk. Por supuesto, esto también lo hacemos comiendo y bebiendo.
Una merienda a las doce de la noche, ¿por qué no? Si es que, cuando hablo de merendar en el pueblo, no hablo de comer algo a las seis y media de la tarde, de juntarme con mi familia o del trabajo que hacemos. Hablo de un espacio de desconexión con el resto del mundo porque, mientras hemos acordado este espacio que es sólo para nosotros, nada de lo que hay fuera puede interrumpir. ¿Los móviles? Dios sabe dónde están. Si tienen que llamar del trabajo, que llamen a otro. Yo estoy con mi abuela merendando, y pienso quedarme aquí un buen rato más mientras pasa el tiempo.

