Voy a empezar, por segunda vez, una reseña citando a Ortega y Gasset, quien, por alguna razón, cada vez que me siento aquí a escribir sobre un libro se me presenta, insistente, y no me deja otra opción que hacerle caso, porque a los muertos, cuando les da por ponerse vivos,  es mejor no ignorarlos demasiado.

Decía, o dice, Ortega[1], que los hechos—las personas, las cosas, los paisajes, un libro—cuando no nos interesan, cuando no los amamos —porque amar, es, sobre todo, interesarse, querer saberlo todo de algo que nos resulta imprescindible— se debe a que ese hecho no ha encontrado en nosotros una superficie favorable en la que refractarse, un material el cual, en vez de opacarlo, permita contemplar sus múltiples reverberaciones. Y puesto que hoy me toca reseñar una obra de esas que no han encontrado en mí una superficie tan conveniente, he pensado que podría aplicarme el consejo de Ortega y al menos tratar de multiplicar, en mí y en quien me lea, “los haces de nuestro espíritu”, para ver si así logramos que la obra reverbere como es debido.

López López, publicada por la editorial Fiordo, es la primera novela del escritor argentino Tomás Downey, autor hasta el momento de tres libros de cuentos por los que ha obtenido diferentes premios y reconocimientos. También bastantes reconocimientos, esta vez de otros autores y autoras, aparecen en la contraportada y en el interior del libro, donde encontramos incluso un apartado de elogios que tiene la virtud, al menos, de no ocultar lo que efectivamente son. Unos elogios que, quizás por serlo, no nos sirven demasiado al propósito de acomodar nuestra superficie a las luces del libro, pero que nos pueden servir de guía para empezar a facetar nuestro prisma.

Dice Munir Hachemi en la contraportada que Downey ha logrado mostrar con su libro “cómo una gran novela puede ser también un cuento”. Esa parece ser la intención de un autor que, como ha reconocido en otra parte[2], para escribir la novela acudió, por encima de todo, a las herramientas del cuentista. Esto si consideramos el cuento, aclara Downey, como una narración que siempre cuenta algo más de lo que parece en la superficie, en la que cada elemento debe cumplir más de una función y tener más de una lectura. Y puesto que esta es la pista que nos ha dado el autor, vamos a abordar la obra con esa idea en mente, a ver si por ahí reverbera.

La historia superficial que se cuenta en López López es la de un soldado del Ejército Negro llamado López, que se salva milagrosamente de un fusilamiento. En su huida, encuentra casualmente un uniforme del Ejército Naranja que lleva su propio nombre cosido en el pecho. López, vestido ahora con su nuevo uniforme, se topa en su camino con un pelotón de los naranjas, los cuales no solo aceptan a este nuevo López como uno de los suyos, sino que incluso lo reconocen o lo confunden con el compañero del mismo nombre al que pertenecía el uniforme usurpado.

A partir de ahí, se produce una serie de acontecimientos de los que López parece más víctima que actor, pero que acabarán convirtiéndolo, como dice la contraportada, en un héroe involuntario del ejército enemigo. No diré mucho más sobre esta historia que sucede, como decíamos, en la superficie, porque, en este caso, debido a la naturaleza casi cinematográfica de la novela, el uso de la palabra spoiler estaría más que justificada.

Ahora toca, entonces, buscar la historia oculta, aquella que se cuenta, suponemos, debajo de la superficie. En López López esta historia oculta, si es que existe, no aparece nunca explícita, no se desvela en ningún momento, ni parece haber suficientes señales para reconocerla, así que no queda otra alternativa que proponer en cada lectura una hipótesis sobre cuál podría ser. En mi caso, he decidido, o ha decidido el libro por mí, que la historia subterránea sea esta: la historia de un desengaño.

Lo que llamamos modernamente “novela” se ha considerado de manera más o menos habitual —en este sentido es emblemática la teoría de Lukács— como un género en el que lo que se narra es una especie de camino del héroe hacia la búsqueda del sentido, una epopeya secular a través de la cual su protagonista busca su lugar en un mundo en el que ser alguien es ya un destino y no el punto de partida.

Por ello, la construcción de esta novela como si fuera un cuento provoca, o así me lo parece, que todos los detalles funcionales, todas las correspondencias y desdoblamientos propios de las técnicas del cuento, que se utilizan normalmente con el propósito de resaltar la insólita extrañeza de una situación acotada y no para narrar la transformación de un protagonista en busca de su identidad, se conviertan al utilizarlos aquí en dispositivos de detonación del desengaño.

Desengaño, en este caso, ante la posibilidad de que la búsqueda del protagonista se pueda cumplir, de que López pueda llegar finalmente a ser alguien más que López —el que era o en el que se convierte, que lo mismo da—. Desengaño, porque son las reglas del cuento las que no le dejan completar al héroe su camino hacia la individualidad, porque no le dejan llegar a ser nadie más que quien es o quien dicen los demás que es, nada más que una pieza que carga con el nombre “López”. Desengaño, porque López ni siquiera puede decidir a dónde va, porque es desplazado de un sitio a otro como un soldadito de juguete, marcado con un parche bordado al pecho del que no se podrá desprender nunca.

Es ahí, en ese desengaño, donde más brilla la novela, donde más reverberaciones produce, al menos en esta superficie que soy yo y que he ido creando para que se refracte. Ahí es donde toca hueso, donde se hace carne y se aparece también como una parte del mundo que habitamos, como un recordatorio sobre la mentira que hay detrás de las identidades y los nombres, de la supuesta libertad individual, de la posibilidad de desarrollarse para llegar a ser cada uno exactamente quien se supone que es.

Y también desde ahí se pueden comprender mejor algunas de las elecciones estilísticas que en primera instancia me distanciaron un poco de la obra. Las técnicas de guion cinematográfico, que el autor ha utilizado conjuntamente con las del cuento para escribir la novela, generan en la narración una temporalidad presentista extraña, casi maquínica, incómoda, pero a la vez imparable, que lanza la lectura palabra a palabra como si fueran fotogramas pasando por un proyector. Los capítulos se leen como capítulos de una serie, secuencia tras secuencia, sin apenas lugar al cansancio o la duda, mientras que la escatimación en el texto de casi cualquier tipo de adorno que no sea funcional sirve como lubricante para una experiencia de lectura tan ágil que por momentos parece casi inevitable. Así, cuando se quiere anticipar lo que se va a leer, ya es demasiado tarde: López, víctima de su propia historia, va siempre unos pasos por delante, igual que van por delante de López los acontecimientos que le suceden.

Sin embargo, y a pesar de que he encontrado algo definitivamente interesante en estos lugares de la novela, hay algunos aspectos que, aun con el deseo de ofrecerles una superficie en la que reluzcan, no logran brillar con el fulgor con el que quizás podrían. Y de poco sirve, supongo, no decirlo, porque, entonces no lo harán nunca, brillar, ni siquiera en la imaginación de lo que podría ser.

Si el estilo de la escritura como ha sido descrito es, en mi opinión, un aspecto que agiliza la lectura, también me parece que la enflaquece. Quizás por un proceso de depuración excesiva de lo escrito, quizás por una falta de selección adecuada en la purga, lo que ha quedado del texto a veces se asemeja a un esqueleto, a la mínima expresión de la escritura. Para quien encuentre en el placer sensual de masticar las palabras la razón de ser de una lectura, puede que tenga que mirar para otro lado y buscar en otros lugares del texto ese gozo.

Aunque es cierto que el desbroce textual es una decisión que permite resaltar la trama como elemento primordial de la novela, no ayuda mucho, me parece, lo convencional que resulta en algunas ocasiones el tratamiento del tema de la guerra y lo trillado de algunas de las imágenes propuestas. Incluso si fuera parte de una elección consciente, esta característica contribuye a subrayar el desasosiego que siente el lector cuando trata de buscar en la novela indicios de aquello que, en el lenguaje, interesa de forma particular a quien la ha escrito.

Los hay, indicios, algunos, sin duda, especialmente en los diálogos, que es donde la intervención del autor resulta más memorable. Pero quedan las ganas de que, en siguientes apariciones, Tomás Downey nos deje ver más huellas, sucias o limpias, por las páginas de lo que escriba, para que ahí podamos sentir mejor qué luz es la que nos ilumina y hacia dónde podríamos orientarnos para encontrar su mejor reflejo. O, quizás, lo único que necesite sea una superficie mejor en la que refractarse.


[1] Ortega y Gasset, J. (1914). Meditaciones del Quijote. Revista de Occidente.

[2] Tomás Downey: “La identidad de López escapa a la clasificación”. Azimut Portal Literario. https://azimut.fundacionlabalandra.org.ar/tomas-downey-la-identidad-de-lopez-escapa-a-la-clasificacion/

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