Las casas suelen ser lugares con una historia difícil de rastrear. Construcciones con años encima si no directamente envejecidas. En un nuevo hogar, ciertas preguntas quedan rebotando contra las paredes: ¿qué ocurrió antes? ¿quiénes vivieron aquí, qué cosas les pasaron? Al retirar la fachada, como hiciera Perec en sus instrucciones para la vida, se pausaría la misma inquietud. “Si estas paredes hablaran” –locución proverbial del mundo hispanohablante– quizás contarían, en un destello, historias de amor intenso, de enfermedades y de soledad. O episodios de muerte y de fantasmas que vagan por las habitaciones.

Zapote es un libro que puede haber tenido su punto de partida en preguntas como estas, pero las respuestas que entrega se desmarcan de esa idea paranormal clásica que remite a Henry James o a Poe, por no decir a la cultura popular; su posesión es más realista y por tanto entrañable, sostenida en un ejercicio de memorabilia literaria que reproduce la vida de colores y sombras en una ciudad del trópico. Publicada en septiembre de 2026 en el catálogo de Los tres editores, esta novela del escritor costarricense Luis Chaves arma el puzzle de una historia ficticia en la casa número 65 de la ciudadela de Zapote, proyecto habitacional construido durante los años 40 en San José, capital de Costa Rica. A partir de una variedad de entradas intercaladas en seis narradores –cada uno con herramientas literarias diferenciadas–, Chaves reconstruye la genealogía vital del lugar.

La voz polifónica de Zapote abarcavarias décadas en la biografía de esta casa situada en “la ciudadela de Zapote levantada como una catedral gótica”. Lo que es un minimalismo en el elenco de sus personajes no se mantiene en lo que podría entenderse como una sobriedad de la prosa; al contrario, el lenguaje que se despliega en este libro es de una amplitud relacionada a la formación de poeta de su escritor, y es una de sus mayores fortalezas. El primer habitante es Pilar, una de las narradoras y quien contextualiza el emplazamiento de la construcción en el sector que da nombre al libro. Sector, en todo caso, que no parece ser el centro ni eje de la novela –algo que por su título podría pensarse a priori. En realidad, lo que aquí leemos no tiene tanto que ver con Zapote –ni con la casa número 65, en ese respecto– como con los seres humanos –y seres vivos en general– que habitan ahí.

Si bien los humanos trazan el hilo de la historia, son los elementos no humanos sus habitantes definitivos. En el centro no se erige la casa, sino el árbol de cas del patio trasero. Por su premisa, sería fácil asumir que Zapote se inscribe en la tradición de obras como Las paredes hablan de la escritora mexicana Carmen Boullosa o ¡Absalón, Absalón! de Faulkner, donde la vivienda opera como un organismo vivo y protagónico. Chaves elude ese procedimiento: aquí el inmueble permanece casi inerte y la atención se desplaza hacia la potencia de vida que acoge. La casa, elemental como en el dibujo de un niño –un diseño arquetípico que reproduce el Estado con su cuadrado, su techo triangular y el árbol al lado–, cede el protagonismo al vegetal que actúa de monolito y observador mudo. Ese árbol acompañante, como el sol en el trazo infantil, es el que anuda una cronología anacrónica vertebrada por Marvin, nieto de Pilar, y el reducido grupo de inquilinos y familiares que habitan el número 65 desde 1947. Acercándose a lo que la intuición ensayística de Octavio Paz determina como la compresión de todos los tiempos en un instante, el árbol encarna el Stimmung de la obra: una entidad inmóvil en el espacio-tiempo, capaz de atestiguar las distintas entregas de llaves, la aparición –efectiva– de un ente paranormal, los juegos de las niñas, madre e hija de Marvin, que antes de perderlos portaron todos los sueños del mundo, maravillándose con las luces y las sombras a través de sus ramas: “Un país empieza por la sombra del árbol de cas todavía sin plantar en patios traseros. Esta en particular, número 65 de la ciudadela de Zapote, por el relámpago lentísimo de raíces, espejo subterráneo de las ramas. O por la mujer que, bebé en brazos, cruza el patio mientras florea el árbol y se derrumba el hogar”.

El juego formal de Zapote está en la distinción de sus voces. Las hay en primera, segunda y tercera persona, así como un par de entradas en las que el narrador podría ser el mismo escritor o un escritor, externo al mundo de la novela. En las entradas CASA, por ejemplo, con la aparición de Italo Calvino y Las ciudades invisibles, este narrador insondable se refiere a la condición de palimpsesto de la casa y las casas. Es una laxitud formal característica de la narrativa hispanoamericana contemporánea que no alcanza ese grado de experimentalidad con la que podría terminar por ser alienante. Por suerte aquí hay sutileza y una hospitalidad con las que se dan ciertos goces pertenecientes más a la escritura que a la lectura. De esta forma se activan recursos probablemente prestados de la poesía, como el del “inventario” en las entradas en cursivas, o el afán del dato duro ensayístico, bíblico en las entradas del CORO, donde asoma el libro de Job y la apuesta entre Dios y el diablo, agudamente descrita por uno de los personajes como una competencia de medición de penes. En esa misma línea, hay varios pasajes en los que el libro roza su propia materialidad, refiriéndose a sí mismo y a lo que alberga, pero sin perder de vista su referente mayor, es decir, la vida misma: “Vio a su abuela escribiéndole cartas periódicas para hablarle de tiempos anteriores a él, pero también de su vida, la de Marvin, narrativas de la mitología familiar y comunal, escritas como solo podrían hacerlo los muertos si escribieran”.

Zapote se articula, en última instancia, alrededor de una memoria que, “como el deseo, no opera a voluntad”. Esta constatación es la que termina por darle su configuración propia, llevada con destreza hacia el desorden del ADN que busca decodificar: “A mucha honra, ácido desoxirribonucleico del tercer mundo”. El clima luminoso, un fantasma familiar, el árbol de cas omnipresente, los bichos del trópico subiéndose a la niña, mismos bichos que luego aparecen con empeño taxonómico en libros técnicos de zoología. Y al final, claro, “devaluada, la narrativa de tres actos ya no es más que un ardid del mercado inmobiliario, la publicidad y el sentimentalismo; esto va por otro lado, aquí sucedieron, suceden y sucederán más cosas y criaturas”. Es un buen síntoma cuando un libro logra hablar de sí mismo sin mayor esfuerzo, a través de un tropo tangible y terrenal. Así sucede en Zapote, conla no corta pero sí rápida vida de sus personajes.

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