En algún punto de la cháchara en el bar o en el curro, chambeando tranquilamente alguien larga la frase “no te entiendo nada” o “¿me lo repites más lento?”, con una ligereza que no pega con el ritmo que llevaba el diálogo. La escena suele ser parecida en Madrid y en Santiago de Chile. El oyente ha entendido lo suficiente para reaccionar, para reírse, para corregir, para pedir que se repita “bien”. Lo que afirma la evidencia es otra cosa: que la comprensión tiene dueños y que hay formas de hablar que entran sin atao y otras que deben justificarse, illo.
Por ejemplo, la pareja “illo” y “weón” muestran una similitud entre dos periferias que se asemejan en la velocidad, en el recorte de palabras, en comerse letras, en la complicidad del mal-hablante. Y es que yo, como chileno viviendo en Sevilla, escucho a diario rasgos fonéticos parecidos, historias atlánticas, la idea antigua de que Andalucía habría aportado ingredientes a la sazón del español de América. Esa ruta existe y está súper estudiada en la academia pero tiene un problema. Es fácil convertir la comparación en una especie de turismo lingüístico o en una comparativa de acentos y tono, que siendo así de fome como suena, deja el tema sin moverlo de su sitio. Así que pongámonos graves. O bueno no tanto, que pa’ ponerse avinagrao hay tanta otra cosa por ahí dando werta miarma.
Lo que vuelve serio el asunto aparece cuando el acento deja de ser solo sonido y se toma carácter social. En España, la glotofobia se ha vuelto palabra de uso periodístico para nombrar la discriminación por la forma de hablar, con una insistencia particular sobre los acentos del sur. El asunto ha llegado a la prensa generalista con casos cotidianos, como en la columna de Stephanny Pinzón en El País: “Cambiar tu forma de hablar porque lo pide tu jefe”, del trabajo a la televisión, donde el acento se vuelve motivo de burla o de sospecha. En paralelo, en el campo de la investigación académica, Susana Guerrero de la Universidad de Málaga en su ensayo: “Glotofobia ante los acentos andaluces y canarios: un análisis a través de la prensa”, ha seguido mostrando cómo “hablar mal” funciona como indicación moral aplicada a quienes se salen del imaginario del estándar y Andalucía, aparece una y otra vez como lugar de desprecio.
En esa fábrica de estereotipos la cultura popular no se queda fuera. El musical de El Rey León en Madrid dejó una estela de comentarios sobre Timón, presentado con una imitación andaluza para que fuese cómico, como si la gracia tuviera una geografía. La pregunta que se abre ahí es sobre la imaginación social. Por qué el pícaro, el criado, el gracioso, el personaje que aligera la trama acaba hablando desde el sur. La misma lógica se percibe con el Gato con Botas cuando el personaje queda unido a la voz de Antonio Banderas, con todo lo que su timbre trae de Málaga incluso cuando el guión pretende universalidad. La industria evidentemente no inventa el prejuicio, pero lo dispara con gran alcance y con sonido inmersivo Dolby Atmos.
Kathryn Woolard definió la “ideología lingüística” en un artículo clásico que abrió la puerta a pensar la lengua como creencia social cargada de moral y política. La ideología lingüística dicta qué se considera claro, educado, serio, gracioso, confiable. Decide también qué acento merece subtítulos en la tele (como los curiosos casos donde se han subtitulado a los personajes andaluces en series españolas), qué modo de hablar provoca risa en un teatro, qué forma de pronunciación se vuelve sospechosa en una entrevista de trabajo.
Se discrimina por los apellidos, por el colegio, por el barrio, por la universidad, por la red social. Y también por el habla, que es la credencial más inmediata y la más difícil de ocultar. Lo “flaite” es un sello que reduce al otro a una caricatura social, y hay estudios que muestran cómo esa figura se construye y se alimenta en los medios, asociada a pobreza juvenil, peligrosidad, a lo marginal y a lo borde. En ese sentido, el “hablar” se vuelve una cicatriz de la lengua. Una marca de origen que se oye incluso cuando el cuerpo intenta pasar piola (desapercibido).
Lo malo y lo bueno no existen en lingüística como categorías naturales y, como piensa Chomsky, el hablante-oyente ideal somos todos los que usamos la lengua, con “errores” o sin ellos. William Labov lo demostró hace décadas al fundar la sociolingüística variacionista, cuando convirtió la variación en sistema y la unió a la estratificación social. La diferencia entre una forma prestigiosa y una estigmatizada se parece poco a un error, se parece más a una jerarquía. Pierre Bourdieu dice que la “forma correcta” de hablar es una norma con poder. La escuela y la sociedad la premian, así que quien se acerca a ese estándar gana credibilidad y oportunidades y quien habla distinto es corregido o mirado en menos.
En Chile, esa pedagogía de la vergüenza cierra en la típica comparativa con los países vecinos: hablamos mal. Una entrevista reciente a la lingüista Natalia Castillo lo dice con claridad. En Chile es frecuente creer que se habla mal y eso es un mito. Cuando alguien invoca a la RAE en una discusión de este tema, lo hace como apelando a un tribunal. “La RAE dice”. El truco es el discurso vacío de la neutralidad. Se presenta como “la que cuida el idioma”, como si el español fuera un jarrón frágil que se rompe si un chileno dice una hueá o si un andaluz le pone arte a su oración. En realidad, la lengua no necesita tutela.
Y ahí entra el colonialismo suave, el de la eterna validación. La RAE es como una aduana simbólica, te deja pasar si tu forma de hablar se parece al estándar que ella y los amigos de la RAE (como sus financistas privados: el Banco Santander, Telefónica o Inditex) bendicen.
Un niño no nace creyendo que una vocal “se come” la seriedad o que una “s” aspirada reduce la importancia del habla. Lo aprende y lo aprende de chico en la escuela, en la tele, en la mesa, en el teatro, en el comentario casual de alguien que se cree neutral. Luego la cicatriz se convierte en autocensura, en ese instante donde el hablante calcula su propia voz antes de hablar. Ahí ya no importa tanto si el acento viene del campo o de la ciudad, del sur o de la costa, de la pobla o del barrio alto. Importa que el oído social haya decidido quién merece ser escuchado sin que le pidan hablar más lento o que repita la oración.




