Después de la consulta siempre buscábamos una excusa para reír. Que si la doctora sonrió demasiado, enseñando los dientes a bocajarro, que si estaba de desayuno en desayuno, pero la realidad superaba a la ficción. También nos reíamos de los pacientes de la sala de espera: “mira ese, parece que va al Polo Norte”, o “esa señora, sentada dos huecos libres apartada de su marido, seguro que está harta de sus quejas”. Pero había veces, como ese día, que el silencio ocupaba la sala, sobre todo si veíamos a una mujer pegada a la puerta, donde llamaban las enfermeras para acudir a más dolor, con los ojos bien cerrados, alejándose de del presente, o el cuidador del señor de la silla de ruedas, que, además de tener una incapacidad física, se le sumaba el cáncer.
Allí había mucho cáncer. Miraras donde miraras, el cáncer saludaba orgulloso de su gran hazaña. Como si pudiera hacerlo en las cabezas con poco pelo, en la piel amarillenta o en esa sombra debajo de las ojeras que advertía “me encuentro en obras”. Porque tener cáncer es estar en plena construcción, de esas que empiezan bien temprano y no se detiene al anochecer. Un vómito, más bien unos cuantos, y dale con el escalofrío, aunque te tapes con siete mantas.
El cáncer trajo a las señoras del carrito; dos mujeres de caras amables y paciencia infinita que invitaban a un café, una infusión o a un caramelito. “Venga, cógelo” —dijo. Sin embargo, yo escuché “lo vas a necesitar”. Las mujeres del carrito acompañaban a los pacientes, a todos, pero los que venían con la mera compañía del cáncer, los acompañaban un poco más, sonreían más ampliamente y les insistían con el café, infusión o caramelito “que ya verás que bien te sienta”; lo que realmente querían decir era “el cáncer no es tu única compañía”.
Si no existieran las mujeres del carrito ese cáncer sería más llamativo, más presente y menos dulce.
En la sala de espera disponen de muchos carteles avisando de talleres para cáncer; rituales nuevos de belleza, porque nadie te avisa de la sequedad en la piel y ese color a mareo que se te presenta en el espejo. Charlas para cuidadores, habían muchos talleres para cuidadores y me pregunté si ellos lo pasaban peor. Claramente no sentían las dolencias, no se les secaba la piel, o tenían intolerancias nuevas a los alimentos que les hacían vomitar, o puede que solo vomitara el cáncer.
Quizá quiere salir y no lo dejan.
Lo que sí supe con el tiempo, muchas radioterapias, quimioterapias, hormonoterapias y demás tratamientos, que el cuidador también siente sequedad, aunque esta se muestra en las entrañas, por aguantar demasiado y también en los ojos, de llorar hacía dentro. Llorar sin llorar es una práctica que requiere de ejercicio y rutina, No se logra con facilidad. Porque llorar hacía fuera hace que el cáncer se vea más cáncer, más mortífero, más real y, cuando lloras para dentro, el cáncer se torna silencioso. Por muchos “ja ja” por el atuendo de la oncóloga, o por algunos pacientes que se muestran con los brazos en posición de enfado, no es suficiente para secar el llanto que no ha salido ni saldrá. Puede que estuvieran cabreados por los síntomas, o que solo lo estuvieran con la vida.
La vida y el cáncer no tienen mucho que ver, aunque tengas que estar vivo para tener cáncer.
Mi caso es el de cuidadora y, claro, llega un momento que los apoyos no son suficientes. Observas una pared y te preguntas si estará lo suficientemente dura para cargar tanto cáncer. Frente pegada al blanco impoluto y llega el frío. Al menos calma los pensamientos, al menos parece soportar mi peso, al menos… No llorará para adentro. Y la pared no se quejará de manchas de tristeza sin lágrimas. La pared es solo pared y yo me he dado cuenta que la necesito como a las señoras del carrito.
