Al intentar controlar la naturaleza, la organización capitalista del trabajo debía rechazar lo impredecible que está implícito en la práctica de la magia, así como la posibilidad de establecer una relación privilegiada con los elementos naturales y la creencia en la existencia de poderes a los que sólo algunos individuos tenían acceso, y que por lo tanto no eran fácilmente generalizables y aprovechables. La magia también constituyó un obstáculo para la racionalización del proceso de trabajo y una amenaza para el establecimiento del principio de responsabilidad individual. Sobre todo, la magia parecía una forma de rechazo al trabajo

Calibán y la bruja, Silvia Federici[1]

Un chico nos contaba que su tío, mientras viajaba de noche por una carretera que conectaba pequeños pueblos del sur de Chile, se detuvo al ver a dos personas al borde de la autopista. Pensó que quizás necesitaban ayuda. Sin embargo, cuando se acercó, notó algo extraño en sus rostros: no mostraban ninguna emoción, miraban fijo hacia el vacío y no reaccionaban a sus preguntas. Un escalofrío le recorrió la espalda. Volvió rápidamente a su camión y siguió conduciendo. Un kilómetro más adelante se encontró con un accidente automovilístico. La ambulancia y la policía ya estaban allí. Se detuvo para averiguar qué había ocurrido; en pueblos pequeños siempre existe el miedo de que la víctima sea alguien conocido. Entonces los vio: los cuerpos sin vida junto al auto destrozado eran los mismos de las personas que había visto minutos antes al costado de la carretera.

—Y yo le creo a mi tío. Quedó terrible de traumado después de eso —decía.

Lo contaba un amigo de mi hermano una noche en que tomábamos pisco a orillas de la laguna Las Tres Pascualas, en Concepción. El nombre de la laguna remite a la leyenda de las tres hermanas lavanderas que, a fines del siglo XVIII, se ahogaron allí, enamoradas y desesperadas por no ser correspondidas por un forastero que las había seducido.

—¿Y a ti te han penado? —me preguntó.

En Chile, esa es una pregunta relativamente común. Que “te penen” —la aparición o manifestación de un fantasma o un alma en pena— parece ser también algo común. Escuchar pasos en la noche, ver objetos que se mueven solos, oír voces, sentir que un lugar está “cargado” de una energía extraña. Son relatos que aparecen constantemente: en conversaciones de fiesta, alrededor de una fogata, en reuniones familiares. Hace poco incluso escuché a dos humoristas compartir experiencias similares en un podcast.

Desde que llegué a Alemania, ya no me penan. Nunca más volví a tener experiencias paranormales como las que tuve de niña y, al menos entre alemanes, nadie habla de estas cosas. Pareciera que aquí no creen en fantasmas, o quizás los fantasmas simplemente dejaron de aparecer.

Pensé en esto mientras leía Calibán y la bruja, de Silvia Federici. En el libro, Federici analiza cómo la caza de brujas profundizó las divisiones entre hombres y mujeres, inculcó el miedo al poder femenino y destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales incompatibles con la disciplina del trabajo capitalista. En ese proceso, se redefinieron los elementos fundamentales de la reproducción social. Así, la caza de brujas fue un elemento central de la acumulación primitiva y de la transición hacia el capitalismo (2010: 224).

A primera vista, el tema parece no tener relación con los fantasmas. Sin embargo, me produjo curiosidad pensar que en algún momento Europa también estuvo habitada por relatos sobre magia, espíritus, maldiciones y presencias invisibles. Esos mundos, pensé, no desaparecieron de manera espontánea, sino que fueron expulsados.

La violenta transición —acaso un oxímoron— del feudalismo al capitalismo implicó un proceso de desencantamiento: borrar lo mágico para consolidar nuevas formas de trabajo, disciplina y control. En Latinoamérica, en cambio, y quizás también gracias a las múltiples resistencias históricas, esos imaginarios sobrevivieron parcialmente. La relación cotidiana con lo invisible todavía forma parte del tejido social. Los muertos, los espíritus y las energías no fueron erradicados del todo.

Para Federici, la relación entre espiritualidad, magia y resistencia resulta especialmente significativa porque las mujeres nunca dejaron de intercambiar conocimientos sobre plantas medicinales, remedios caseros, parto, aborto y formas de sanar sus cuerpos. Una visión mágica del mundo, entonces, no puede comprenderse sin atender a los contextos de crisis, lucha social y defensa de lo común; no habla de magia ni de fantasmas, sino de cooperación, afectividad y vínculos comunitarios, de reconocer la conexión entre nuestras vidas, la naturaleza y todo lo que nos rodea, lejos de la lógica mercantil. Porque, como advierte Federici en su libro, “el mundo debía ser «desencantado» para poder ser dominado”.


[1] Federici 2010: 238-239

MÁS DEL AUTOR

ver todo

Ayúdanos a mantener la revista

Zun es un proyecto autogestionado. No recibimos sponsor por parte de nadie más que de nuestros queridos lectores. ¡Puedes ser parte de lo que mantiene Zun a través de una donación voluntaria!
CÓMPRANOS UN CAFÉ