PESO MUERTO

Me despierto rodeada de plumas negras. En mi pelo, en mi almohada y entre mis sábanas. Ha sido así por dos semanas ya. ¿Tres? No recuerdo mucho las cosas últimamente, la psicóloga me dice que es normal. Pero tampoco le expliqué que todas las mañanas me levanto con un símbolo de mala suerte chillando entre mis brazos. Ya es un poco tarde para eso de todas formas.

Es domingo, es decir que no hay clases. Es decir, que es el peor día de la semana. Me levanto de la cama, agarro al pequeño cuervo en mi pecho con ambas manos y lo apoyo sobre la cabecera. Trato de sacudir las plumas lo mejor posible de entre mis sábanas y me visto con los mismos jeans y sweater de hace una semana. Quizás más. Probablemente más.

El cuervo me observa con atención hasta que termino y luego se apoya sobre mi hombro derecho, me acompaña hasta el baño. Me lavo la cara, trato de ignorar mis ojeras y pretendo que el reflejo ausente de mi compañero en el espejo no me ponga de mal humor. Ya es suficiente ver a una muerta.

En la cocina, mi madre me espera con tres platos de comida en la mesa. También ignoro eso y trato de pasar la tostada quemada por la garganta con el café. El cuervo inmediatamente empieza a sobrevolar en círculos la cabeza de mi madre que lava los platos dándome la espalda. Ya estaban limpios en primer lugar, pero no digo nada.

Nadie dice nada. Observo casi en hipnosis cómo algunas plumas caen sobre la cabeza de mi madre y luego delicadamente al piso. Ella se lleva una mano a los ojos, y yo también finjo que el agua corriendo en la canilla ahoga ese temblor en su respiración.

—Mamá ya no puede mirarme a la cara —le comenté a mi psicóloga hace unos días, casi al final de la sesión—. La entiendo.

El humo de la tostada y café se extinguen. Mi mamá sigue lavando los platos. Suspirando, me levanto de la mesa con el cuervo tras de mí.

De vuelta en mi habitación, el pájaro se mete en el armario que había quedado con las puertas abiertas de par en par. Salta de cajón en cajón, no hay bolsillo que no visite, capucha que no trate de convertir en nido. ¿Distinguirá a quién le pertenece cada una de las prendas? No tengo duda de que a mi hermana le molestaría muchísimo tener que remover cada pluma suelta de entre sus pantalones y camisas. Siempre fue una perfeccionista, después de todo.

Como una zombi, me siento en mi escritorio. Tengo tantas tareas acumuladas que no sé por dónde empezar. El cuervo vuela en círculos sobre mi cabeza, mi tarea de química comienza a tener menos y menos sentido al paso de las horas. Cuando la quinta pluma cae directamente sobre mi boca y casi me ahogo escupiéndola, cierro mi cuaderno y me paro de la silla.

Me acerco al armario y revuelvo entre mis pilas de ropa para encontrar mi bufanda favorita de lana. La psicóloga me dijo que quizás un buen ejercicio para este momento podría ser empezar a limpiar mi espacio y quedarme solo con lo que me pertenece a mí. Me parece absurdo. Durante toda mi vida, ninguna de mis prendas me perteneció solo a mí. Si empezara a separar, me quedaría sin nada.

Cuando consigo abrigarme lo suficiente para la tarde otoñal que me acecha, bajo evadiendo las tablas de madera que me sé de memoria cuales rechinan por toda la casa. Soy un fantasma respetuoso. No quiero que nadie me vea, no quiero que nadie me escuche.

Salgo por la puerta trasera y comienzo a caminar por mi barrio sin ningún rumbo. Con las manos en los bolsillos de mi campera, un pequeño chillido me hace saltar. Ja. Claro que vino conmigo. Mi sombra indeseada se apoya de vuelta en mi hombro derecho.

No logro caminar más de dos cuadras cuando siento un pico que me agarra un mechón de pelo y tira un par de veces hasta que inclino la cabeza hacia él y le murmuro entre dientes: basta, acá no.

El cuervo suelta el mechón y toma vuelo. No se va muy lejos, claro que no, decide avanzar conmigo como un planeta orbitándome. Sus movimientos me marean un poco, así que simplemente dirijo mi vista hacia mis pies contra la vereda.

El barrio está apagado, ningún murmullo de vecinos, solo el ruido de mis pisadas contra hojas secas. Solo soy yo y el cuervo. Camino hasta que me duelen las piernas, hasta que mis manos se congelan y no siento mi nariz. El frío del aire hace que me lloren los ojos. Me permito agregar un par de lágrimas que no tienen nada que ver con la temperatura. No hay nada que explicar, no hay nada que ocultar. Me siento niña, me siento tonta.

En una esquina se materializa una pequeña florería y me detengo a ver las caléndulas violetas y rojas, la única mancha de color que he visto en cuadras. Por alguna razón, me quedo paralizada en frente del stand. El cuervo deja de volar y comienza a saltar de balde en balde de flores. Freesias, ciclámenes, violas, camelias y rosas.

Hace unos meses, mi casa se convirtió en un palacio de flores. Familiares que ni recordaba de mi infancia enviaron sus ramos y cartas con palabras bien calculadas y curadas. No recuerdo a mi madre poniendo ninguna de las decenas de flores en los jarrones esparcidos por cada rincón de la casa, pero un día allí estaban todas.

Quizás mi madre apreciaría un ramo de flores. Probablemente no. Salí sin mi billetera de todas formas. Por un momento me pregunto si el vendedor me las regalaría por pena. Mi cara, me han dicho en palabras más delicadas, es ceniza sobre charco, últimamente.

Observo a las caléndulas una última vez, doblo la esquina e inicio mi recorrido de vuelta a casa. El fin del otoño es desalmado en la ciudad. Con las últimas pinceladas de luz del día, llego a la puerta de casa con mis cachetes y nariz tan helados que duelen y mi cuervo escondido entre mi cuello y hombro. En algún momento de la caminata se cansó de volar contra la corriente y decidió buscar calor contra mi pulso. Si no lo odiara, hasta me parecería dulce.

Al llegar, me saco los zapatos con desgana y voy directo a la cocina para servirme un vaso de agua. Cuando abro la puerta me ataca un olor fuerte a detergente. Mamá está en medio del cuarto con el trapeador, limpiando entre las sillas de la mesa familiar.

—Hola, mamá— digo con un tono áspero. Es la primera vez que hablo en voz alta en todo el día.

—Mica. Pensé que no cenabas en casa. ¿Te podés preparar algo? Todavía queda algo de la tarta de ayer en la heladera— me responde, sin levantar la vista del piso.

—No pasa nada, seguro como en un rato —contesto.

—Bien. Creo que me voy a acostar, estoy cansada —dice, mientras apoya el trapeador en la pared más cercana.

No son ni las siete de la tarde, pero asiento con una sonrisa débil.

—Buenas noches, mamá —digo, y la puerta se cierra suavemente detrás de ella. Antes de desaparecer, escucho un apagado pero claro: vos también, hija.

Me quedo parada en el medio del cuarto por unos minutos. El cuervo está casi dormido en mi hombro. Suspiro y me doy media vuelta hacia mi cuarto. Una vez dentro, el cuervo se despega de mi cuerpo y comienza a volar por el techo. Plumas negras caen por toda la habitación, una pequeña lluvia privada. Si nadie ve las plumas, ¿las tengo que limpiar?

Cuando el cuervo se aburre de desparramarlas por todos lados, vuela en picada a la mesita de luz, lo espero sentada en mi cama. Abro un cajón, saco un frasco con un líquido transparente y dejo caer unas gotas sobre la media tostada quemada que guardé de la mañana. El ave se lanza sin dudarlo.

Picoteo, picoteo, picoteo.

Lo observo con desdén. Resiento que trato de esconderme en el silencio durante todo el día, pero el cuervo estúpido es el único que me llena los vacíos.

Aleteos, chillidos, rasguños de garras contra puertas, contra mesas. Nadie ve las plumas, nadie escucha sus ruidos. No es justo.

Finalmente, luego de varios minutos, el cuervo tambalea y cae al suelo. Su cuerpo siempre es más pesado de lo que parece. Lo agarro con ambas manos y lo llevo hacia la otra cama en el extremo opuesto de la habitación.

Es el único momento del día en el que me atrevo a ir a esa esquina. A su esquina.

Levanto las sábanas que llegan hasta el piso mientras me agacho y con toda mi fuerza, tiro al cuervo lo más lejos que me permite el brazo. Mi bandada de sombras yace ahí abajo, inerte. La colección crece como canicas en mis bolsillos cuando era niña.

Algún día me quedaré sin espacio para ellos, pero hoy no es ese día. Mañana llegará otro. No hay otra forma de empezar el día.

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