Bueno. Ya aparecieron los documentos, se anuncian nuevas desclasificaciones, se publican listas de involucrados y se promete transparencia total, muy a la onda de Byung Chul Han. La reacción pública se asombra, se indigna, hace memes, se satura de contenidos y se fatiga la moral. Todo queda registrado y aun así, no pasa absolutamente nada. El caso Epstein ha terminado por convertirse en un laboratorio para pensar el estado actual de la política, la violencia y la conciencia social.
En la universidad, para el seminario de “Debates sobre la legitimidad de la época moderna”, estamos leyendo la Crítica de la razón cínica de Peter Sloterdijk. En la introducción y primera parte, su diagnóstico indica una mutación de la “conciencia moderna”. Según él, ya no es que engañemos o que actuemos con “falsa conciencia”, si no que lo hacemos sabiendo. Algo que remite a la idea de “perdónalos señor, SI saben lo que hacen”.
Sabemos que el sistema funciona mal, sabemos que protege a sus reyes y también que la justicia opera de forma desigual. Lo raro, es que ese saber no conduce a una ruptura del sistema, más bien nos adaptamos rápidamente. El cinismo del que habla Sloterdijk es el de una especie de “inteligencia práctica” o un descaro utilitarista que permite continuar con nuestra vida sin necesidad de embarrarnos, o de “mojarnos el potito”, como diríamos en Chile. La ideología, en términos Zizekianos, operando al 100%.
No nos mojamos el potito con el escándalo Epstein. Tener toda la información no nos brinda esa sensación de revelación que sentimos al escuchar una verdad no contada, o cuando una serie de datos te terminan por cerrar una historia solapada, pero que sospechabas de antemano. Hay tanta información al respecto y es tan fácil de visualizar, que incluso hace pocos días, un amigo me envió un link de una plataforma que simula ser Gmail, en la que puedes “navegar” por el mail de Epstein en primera persona, una suerte de simulación del uso de su mail. La sociedad asiste a la exhibición de la impunidad como esperamos a que nos sirvan el café o hacer la cola en un banco. Comentamos, compartimos, juzgamos, hablamos con amigos de los horrores del mundo y al otro día, temprano al trabajo. No es que este cinismo niegue lo terrible del caso, lo terrible es que el cinismo es terreno fértil para que, otra vez, otro caso de este calibre inunde el paisaje.
La pregunta que surge tiene un poco de “ingenuidad de mirada libre” como diría Benjamin, además de algo de nostalgia histórica: ¿por qué, con este nivel de conocimiento público, no hay estallido violento, no hay levantamiento popular, no hay repartición de guillotinas en la plaza pública? Para Hannah Arendt la violencia aparece cuando el poder se desintegra. Mientras el poder conserve su capacidad de organizar la vida cotidiana, de garantizar un mínimo de estabilidad material y simbólica, la violencia queda suspendida. El orden puede estar moralmente erosionado y aun así seguir operando sin problema.
El poder del presente está cansado y desacreditado, pero sigue funcional. Las instituciones continúan gestionando sueldos y salarios, créditos bancarios, alianzas con aerolíneas, trámites con más o menos burocracia dependiendo del país. Sigue la expectativa de sobrevivencia. Esa continuidad bloquea el gran estallido. La violencia revolucionaria exigía un vacío de autoridad reconocible, de un poder soberano visible. Hoy lo que hay es una dispersión exacerbada de responsabilidades y una delicada y elegante administración técnica del conflicto que evita los colapsos.
En este punto entra a la cancha Slavoj Žižek con sus ideas expuestas en el célebre texto “Sobre la violencia”. La imaginación política contemporánea se excita con la violencia espectacular, a su vez, purificadora. La guillotina como castigo ejemplar ofrece una descarga simbólica del todo estimulante. Un gore purificador. Frente a eso, la violencia que estructura el presente es silenciosa gracias a sus procedimientos legales, pactos tácitos, prescripciones, silencios compartidos, archivos interminables. Esa violencia carece del gore necesario para que no la olvidemos nunca y por eso es tán difícil de reconocer.
Que nos caliente el apocalipsis, como describió hace poco Žižek, funciona como una fantasía orgásmica de cierre, ya que promete un final sin que nos organicemos, sin un conflicto gordo ni mucho menos responsabilidad social. No es más que una fantasía que se superpone a la política.
Esta falta de alzamiento popular expresa una forma avanzada de cinismo social. Es que sabemos demasiado y actuamos poco. La verdad es una cosa prehistórica que se vende en los anaqueles capitalistas como otro producto simbólico de consumo.
Sloterdijk vería aquí el triunfo de una racionalidad que ha aprendido a vivir con la contradicción sin intentar resolverla. El escándalo no son sólo los crímenes de Epstein, es que ellos, nos confirman a plena luz del día que ningún quiebre del pacto social nos moviliza. La injusticia ya no necesita ocultarse ni actuar a la sombra para reproducirse.



