“¿Piensan los chimpancés en bananas imaginarias?”. Jorge Volpi, director del Centro de Estudios Mexicanos (CEM) en España de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ganador del Premio Alfaguara en 2018 responde a estas y muchas otras cuestiones alrededor de la imaginación, la creación, la conciencia, la realidad y la verdad en un libro magistral que nos devuelve a la pregunta primordial: ¿Qué es la ficción?

Con una serie de diálogos entre Felice Bauer y el bicho de La metamorfosis, el escritor mexicano Jorge Volpi introduce un conjunto de ensayos sobre la historia de la ficción en La invención de todas las cosas (Alfaguara). El autor discurre con rigurosa potencia y desde una exhaustiva investigación a través de la física, la astronomía, la filosofía, la literatura e incluso la psicología para llevarnos desde el origen de la palabra ficción (venida del verbo latino fingere, que traduce tallar o modelar) a lo largo de toda su historia, concluyendo que somos “atrabiliarias máquinas de contar” y que nuestra vida ha sido levantada con las herramientas de la ficción. Al final nos recuerda que, como lo afirmó Octavio Paz, “La irrealidad de lo mirado da realidad a la mirada”.

¿De dónde nació la idea de estos dos personajes, Felice y el bicho, que nos van guiando por el libro?

Fíjate que para la estructura del libro, que iba a ser un ensayo fundamentalmente, pero que también iba a ser una historia de la ficción, siempre imaginé como algo natural que hubiera un poco de ficción explícita. Quise hacer un homenaje a lo que hace Douglas Hofstadter, autor a quien admiro muchísimo, en Gödel, Escher, Bach, un libro portentoso sobre bucles extraños y tantos temas científicos, en donde entre capítulo y capítulo él intercala unos diálogos de Aquiles con la tortuga, de la paradoja de Zenón. Aquí me parecía que también era importante que hubiera un par de personajes de ficción que sirvieran como guías del lector, que pudieran dialogar algunos de los temas que se van tocando o tratar algunos puntos que no se tocan de manera directa en los ensayos. Para mostrar la relación entre ficción y realidad se me ocurrieron estos dos personajes ligados con Kafka, un autor al que siempre regreso.

Son Felice Bauer y Gregorio Samsa.

Felice Bauer era su novia en esa época, y Gregorio Samsa, ya convertido en bicho, cucaracha o lo que sea, de La metamorfosis (o La transformación). La historia aquí es que Kafka despierta después de un sueño intranquilo, empieza a escribir esta historia sobre alguien que despierta después de un sueño intranquilo, convertido en un horrible bicho y de inmediato le escribe una carta a Felice para contárselo, así que ella va a ser la primera persona que se entera de esta historia. Todos estos puntos me parecían interesantes para mostrar la relación entre realidad y ficción, y al mismo tiempo para que los dos personajes sirvieran un poco de guías para el lector entre los ensayos.

Y sirven de guía a través de una serie de preguntas que ellos se hacen, como ¿cuáles son las ficciones que no son mentiras?

Ese es uno de los temas centrales del libro —y creo que de casi todo lo que yo he escrito—: esta tensión entre verdad, mentira, realidad, ficción. Y aquí en mi teoría, mientras que todas las mentiras son ficciones, no todas las ficciones son mentiras. O sea, las mentiras son aquellas ficciones que se desentienden por completo de la información que proviene de la realidad. Porque la realidad existe —no es que no exista—, simplemente que siempre se convierte en ficción en nuestro cerebro, pero cuando te desentiendes de los datos que provienen de la realidad, eso se puede convertir en una mentira que busca casi siempre algo, normalmente intencionadamente y a veces simplemente por repetirla. En cambio, las ficciones que sí están pendientes de lo real construyen verdades, aunque sean transitorias, parciales, que funcionan durante una cierta época y que, mientras no sean desmentidas por la realidad, debemos de creer en ellas.

“Nuestras relaciones familiares, laborales y amorosas, el orden que nos gobierna, las formas que hemos encontrado para aprender, divertirnos y entretenernos, lo que somos y cuanto nos rodea ha sido levantado con las herramientas de la ficción. Somos ficciones que nos relacionamos con otras ficciones e incluso nos enamoramos de ellas. Habitamos, trabajamos y nos movemos en espacios ficcionales. Nos dejamos seducir, guiar, controlar y someter por ficciones. Anhelamos y soñamos con ficciones. Luchamos y a veces damos la vida por ficciones. Se nos va el tiempo admirando ficciones y nos angustiamos o nos llenamos de esperanza o de alegría a causa de ficciones. Y lo más probable es que expiremos sin apenas darnos cuenta de que lo somos.” (p. 18)

Este libro también es un recorrido por el conocimiento y usted abre una serie de discusiones desde la ciencia, la religión, la literatura alrededor de cómo se crea la ficción y cómo esta nos ha acompañado durante toda la historia.

Es que la ficción es la manera como nos acercamos a la realidad. Los filósofos le suelen llamar a veces representación, a veces imágenes, los neurocientíficos les dicen patrones. A mí me gusta más llamarla ficción, porque lo que hace el cerebro humano con la realidad —también lo hace el cerebro de los animales— es completarla y modificarla. Nuestros sentidos nos traen información de la realidad, pero esa es una información siempre parcial que llega al cerebro y este siempre la completa, a veces enormemente; por lo tanto, crea una ficción que es realmente en la que vivimos. Cuando el cerebro de los primates se hace lo suficientemente grande para ya empezar a ser humanos, tenemos esta otra doble condición de, por un lado, la autoconciencia —la conciencia de ser conscientes— y en segundo lugar una autoconciencia que nos vuelve seres narrativos. Ahí es donde es distinto que los demás primates, porque nuestras ficciones se convierten siempre en historias, en relatos, en ficciones narrativas.

¿Por qué, como humanos, necesitamos tanto las ficciones?

Porque se convierten en nuestra principal herramienta evolutiva. Y por eso, digamos, el cerebro humano crece de esta manera exponencial: para permitirnos, por un lado, ser la especie que mejor se adelanta al futuro —no quiere decir en lo absoluto que lo hagamos bien, pero lo hacemos mejor que cualquier otra especie—, porque nuestra capacidad de cómputo cerebral es mayor que la de cualquier otra especie. Por otro lado, esta serie de ficciones o de historias que vamos construyendo tienen funciones evolutivas y por lo tanto de supervivencia y sociales muy fuertes; son las que en el fondo han hecho que seamos la especie que domina el planeta.

Siempre estamos ficcionando y de muchas maneras, pero hay unas ficciones que funcionan mejor que otras. ¿Qué tienen estas que las hacen perdurar y que hoy, por ejemplo, sigamos hablando de la Odisea o de las tragedias griegas?

Las ficciones también son como seres vivos, que es otra manera de enfocarlo. La realidad es que las ficciones están compitiendo, como compiten los seres vivos, en un medio ambiente de recursos limitados. Ese recurso limitado es nuestra mente, nuestra atención. Igual que pasa con los seres vivos, las ficciones que mejor se adaptan sobreviven y las ficciones que no se adaptan se extinguen. Esas ficciones a las que llamamos clásicas o esas que captan la atención de millones, a veces en el tiempo, a veces en el espacio, es porque tienen una mayor capacidad de adaptarse que las otras. Esa capacidad de adaptación a veces es voluntaria y tiene que ver con lo artístico y con la forma, y a veces simplemente son mutaciones que ocurren en las ficciones que las vuelven contagiosas.

Otra de las cuestiones que usted plantea son los dogmatismos con ciertas ficciones, a las que se defiende a capa y espada, y el asunto del relativismo, que termina convertido en un dogma.

Yo no soy absolutamente relativista, pero estaría mucho más cerca de eso que de ser dogmático, precisamente porque si la teoría es que todo es ficción, es sobre todo estar absolutamente convencido de que las verdades totales y absolutas no existen. Lo que existen son, en todo caso, verdades parciales, transitorias, que ya hasta en la ciencia lo sabemos. Cuando aparece finalmente la física cuántica descubrimos que incluso la verdad científica es probabilística; no es cierta al cien por ciento y por lo tanto tenemos que lidiar con ello. Pero por el otro lado, tampoco se trata de que todas las opiniones sean equivalentes, de que se pueda decir cualquier cosa y de que no exista ninguna verdad. Justo existen, somos capaces de crear estas verdades transitorias que son verdades mientras la realidad no las desmienta, entonces tenemos que seguir pensando que ahí están las verdades por las que vale la pena luchar, por las que vale la pena seguir trabajando y no pensar que una mentira es equivalente a una verdad.

(La serpiente del Génesis) “Más que una encarnación del demonio, como la pinta el cristianismo, representa la quintaesencia de lo humano. A diferencia de los demás personajes del Libro, es ambigua e indefinible. (…) La serpiente es la madre de la crítica y la insumisión. (…) Es la gran embaucadora que alienta a los humanos a mentir: la diosa de la ficción.” (p. 102).

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