El amor es político, también entre quienes se dicen de izquierda.

Ese es el título, en español, de un artículo que mi esposo me envía por medio de una foto. Escrito por Shila Behjat y Daniela Sepehri, fue publicado en el periódico Der Freitag, socio alemán de The Guardian. Subraya un fragmento y me pregunta qué pienso. No como acusación, sino como inquietud.

Me río. No, no me siento así, le digo. No es de nuestra relación de lo que habla el texto, le aseguro, pero aun así lo leo completo y noto familiaridad. A medida que avanzo, empiezo a reconocer rostros. Rostros de hombres que conozco, que se mueven en contextos artísticos y de izquierda, que hablan de opresión, leen a Simone de Beauvoir, politizan su consumo, son veganos, se autodenominan aliados. Hombres convencidos de haber entendido el feminismo porque dominan su vocabulario y saben cuándo ceder la palabra. Sin embargo, en sus vidas privadas engañan, mienten, manipulan, ejercen violencia o se aprovechan de otras mujeres. No es que no comprendan la teoría del patriarcado: es que no están dispuestos a combatirlo allí donde realmente importa, en sus relaciones interpersonales.

Con todo, el artículo también me produce cierto ruido, sobre todo en los ejemplos más banales que propone. En la forma en que describe cómo algunos hombres de izquierda —por muy vago que sea ese agrupamiento— actúan en sus relaciones románticas heterosexuales. El texto plantea un modelo de relación específico para ciertas mujeres heterosexuales progresistas: se ama a un hombre cuya inteligencia promete crecimiento, pero el efecto es el contrario: una se encoge. Se aprende a comprender, a sostener, a proteger. A poner el cuerpo y el tiempo. «Lo voy a ayudar a cambiar». La propia fortaleza se transforma en inmovilidad; el amor, en servicio. Y cuando el cansancio finalmente se nombra, la respuesta llega en un lenguaje conocido, aunque maquillado de progresismo: «estás exagerando», «demasiado exigente», «intransigente». El patriarcado no desaparece: solo cambia de registro. 

A mí la realidad me parece más cruda que eso. Los rostros que veo al leer este artículo son los de hombres violentos y misóginos, capaces de esconderlo muy bien, ya sea en su forma de expresarse, en su activismo o incluso en su manera de vestir. Rechazan el estándar del macho antiguo, adoptan una masculinidad más andrógina, pero sin abandonar una misoginia profunda: sexualizan a las mujeres, las manipulan y, en el peor de los casos, las violentan.

Sin embargo, entiendo que el punto del artículo y lo que yo quiero decir no están tan lejos. Muchos hombres de izquierda aman la imagen que construyen de sí mismos como feministas. Han entendido que la igualdad forma parte de una masculinidad moderna aceptable, pero la viven más como una declaración estética, performativa, y no como una práctica política. El feminismo funciona mientras sirve para confrontar a otros; deja de hacerlo cuando exige revisar privilegios, conductas y deseos propios. En ese punto, reaparecen los viejos patrones de masculinidad: control, exigencia, dominación. 

Conocemos bien estos modelos. El hombre que va a marchas y habla de política, pero traiciona a su pareja con amantes y mentiras. El revolucionario que sube fotos leyendo libros radicales y, borracho, se aprovecha de otras mujeres. El anarquista encantador que habla de conciencia y organización, pero relativiza las diferencias de edad mientras seduce y manipula a mujeres mucho más jóvenes. No se trata de excepciones ni de casos aislados, sino de una estructura que se repite.

También lo vemos en el espacio público cuando políticos se apropian del feminismo para reforzar agendas reaccionarias. El canciller alemán Friedrich Merz, por ejemplo, ha insinuado que la inseguridad que las mujeres sienten en Alemania es consecuencia de la inmigración. El mismo Merz que, en los años noventa, votó en contra de penalizar la violación dentro del matrimonio. El hombre de izquierdas performativo y el conservador de derechas no están tan lejos uno del otro: ambos utilizan las luchas feministas para señalar a otros, nunca para confrontarse a sí mismos.

En este entramado —señala el artículo— el papel de las mujeres tampoco es secundario. Muchas mujeres progresistas han aprendido a relegar sus propias necesidades para sostener relaciones desiguales: se vuelven calladas, se adaptan, se ríen de chistes sexistas, asumen el trabajo emocional, se muestran «cool», «relajadas». Incluso llegan a romantizar su propia decepción. Yo misma lo he dicho, casi con vergüenza y con ironía: «por desgracia, soy heterosexual». No es una frase lanzada al azar, sino el sedimento de una experiencia acumulada. Porque de forma consciente o inconsciente sabemos que amar a los hombres significa amar a sujetos socializados como hombres dentro de un sistema patriarcal.

El patriarcado vive en las relaciones, en el reparto desigual del trabajo emocional, en la expectativa de que las mujeres entiendan, arreglen y perdonen. Vive también en la complicidad: en el silencio frente a las acciones del amigo, en el pacto tácito que excusa la violencia masculina como un error, una borrachera, un exceso. En la idea de que todo se puede comprender, pero nada se debe confrontar.

Decir que el amor es político no es una frase retórica. Es una exigencia. Quien analiza relaciones de poder, pero las reproduce en su vida privada no es un aliado: es un perpetrador, sin importar cuán a la izquierda vote. Quien politiza su consumo, su lenguaje o su estética, pero ejerce dominación en la cama o en la pareja, no combate el patriarcado: lo moderniza.

Como subrayan las autoras, el feminismo no necesita más hombres que sepan citarlo, necesita hombres que lo vivan. 

MÁS DEL AUTOR

ver todo

Ayúdanos a mantener la revista

Zun es un proyecto autogestionado. No recibimos sponsor por parte de nadie más que de nuestros queridos lectores. ¡Puedes ser parte de lo que mantiene Zun a través de una donación voluntaria!
CÓMPRANOS UN CAFÉ