Esta sociedad no se construye en individuos, se construye en colectividad y en comunidad
–DJ Lizz
La fiesta es autogestionada. La organiza mi instructora de twerk junto a sus alumnas, después de un showcase. Cuerpos sudados, miradas cómplices. Movemos la pelvis de lado a lado mientras cantamos —mejor dicho, gritamos— las letras de esos reggaetones dosmileros que sabemos de memoria, como si se tratara de una histeria colectiva. A veces nos acercamos más, a veces menos; a veces nos pegamos, a veces alguien se pone a bailar en medio del grupo. Bailamos en grupos de cuatro, cinco personas. Los grupos se arman, se disuelven, reaparecen. Cruzan miradas de un lado de la pista al otro. Cantamos lo mismo, disfrutamos lo mismo: la canción, el movimiento de los cuerpos, el roce, el choque. Hay risas, conversaciones, gritos, y ese eh eh eh cuando alguien se tira al suelo sin dejar de mover la pelvis. Entre el cansancio y el goce, me agarro el pelo y doy un leve paso atrás. Miro alrededor y me doy cuenta de que todos estamos haciendo algo parecido: sonrisas en el rostro, cuerpos entregados, una complicidad compartida. Un momento de disfrute que resulta familiar, pero no cotidiano. Mucho menos viviendo a miles de kilómetros de donde escenas como esta ocurren en cada esquina de la noche, en fiestas en casa o incluso en reuniones familiares, cuando cantamos canciones de antaño que unen generaciones y bailamos otros ritmos: cumbia, merengue, salsa.
En ese segundo que necesito para recuperar el aliento y seguir respirando, aparece un recuerdo distinto. Las primeras fiestas a las que fui en Alemania. No suena reggaetón, sino techno de distintos tipos, pero todas tienen algo en común: no se baila en grupo ni mirándose a la cara. Cada uno mira hacia adelante, hacia el DJ. Los cuerpos se mueven de forma similar, siguiendo el pulso insistente del beat. A veces los ojos se cierran, como si el disfrute fuera un asunto estrictamente individual. De alguna forma, eso también me fascina. Hay algo liberador en ese disfrute hacia adentro. Bailo sola durante horas y, en algún momento, me acerco a mis amigxs. Nos abrazamos. Les digo cosas que no siempre logro decirles en la vida cotidiana: que lxs quiero, que agradezco tenerles en mi vida. Del goce individual también hacemos algo colectivo, aunque sea por momentos.
El techno alemán carga, además, una historia particular. Tras la caída del Muro de Berlín, jóvenes comenzaron a ocupar espacios abandonados y a llenarlos de fiestas. Fábricas decomisadas, centrales eléctricas, edificios vacíos: lugares reapropiados para crear una cultura de liberación, de goce. Bailar como forma de suspender, aunque fuera por unas horas, las normas del día a día. Quizás por eso hoy el techno está en todas partes: en clubes under, en raves de verano organizados de día, donde familias enteras bailan frente al DJ y los niños, con audífonos protectores, se mueven al ritmo del beat.
Pienso entonces en lo que estos espacios tienen en común. La fiesta latina —por no encontrar un mejor término para estos encuentros creados por y para migrantes latinoamericanos— y la fiesta techno alemana. En ambos hay algo que nos convoca porque nos devuelve al cuerpo, al placer. Nuestro escape de la norma es aquí la suspensión, aunque sea por unas horas, de la experiencia cotidiana de ser migrantes. Traer un poquito de casa, como se dice. Bailar para reconocernos, para encontrarnos, para interactuar sin demasiadas palabras. Y en medio de ese movimiento, me vuelven las palabras de mi instructora de twerk: Disfrútate. Disfruta tu cuerpo. Disfruta tu movimiento. Porque el placer también es político. No como consigna, sino como permiso. Un permiso que no siempre fue evidente. Aprender a mover el cuerpo sin pedir disculpas, sin moderar el gesto, sin pensar cómo se ve desde afuera. Desaprender la vigilancia constante, incluso la propia.
Ahí es cuando perrear para mí se vuelve un gesto casi revolucionario. Mover el cuerpo en un contexto donde lo latino está permanentemente sexualizado, en un país donde se asume que a una fiesta latina se va a ligar, a buscar mujeres latinas. Bailar, entonces, es resistir. Resistir al qué dirán, a las miradas que juzgan de vulgar nuestro movimiento. Es una forma de reapropiarnos de nuestro cuerpo, de habitarlo según nuestro placer y no según la opinión de los demás.
Por eso resulta necesario crear estos espacios. Lugares donde podemos perrear y gritar a todo pulmón sin sentirnos vulnerables. Donde el baile no es una invitación ni un espectáculo, sino un derecho compartido. Porque para mí, el baile nunca ha sido solo individual. El baile, para mí, siempre ha sido colectivo. Y en esos cuerpos que se mueven juntos, vuelvo a encontrar algo que se parece a casa.



