La reedición que ha hecho Esto no es Berlín de Río herido, es la tercera y más reciente versión del poemario que apareció, en una forma ligeramente distinta, el 2013. Trece años más tarde, el libro de Daniela Catrileo; escritora, poeta, ensayista y docente mapuche, está disponible en España.
La trayectoria de Río herido significa, por una parte, que estamos frente a un texto que va, de a poco, instalándose como una de las obras poéticas más representativas del Chile de los 2010 y de los últimos 16 años. Podemos mirarlos con un poco de distancia y perspectiva. Por el otro lado, significa que la mayoría de las cosas que pueden decirse del libro ya se han dicho, y bastante bien. Creo, sin embargo, que todo lo presente en su poética sigue vigente, para bien y para mal. Para bien, porque el libro sigue siendo leído y nos sigue hablando de cosas que nos afectan en el presente. Para mal, porque nos recuerda la continuación, y en varios casos intensificación, de los conflictos que dan forma a la, muchas veces no tan metafórica, herida del río. Es lo que pasa con este texto al que la perspectiva ha vuelto determinante, pasa el tiempo “y retorna, como / la próxima ola”.
Empecemos por una pregunta fundamental que hace el libro:
“¿Cómo escribir un nombre
que nació herido,
antes de ser escrito
antes del origen
de la letra?
El apellido de la poeta, Catrileo, tiene contenido semántico en mapudungun. La traducción más literal, digamos, sería río cortado. Catri-lewfü. El título opta por una interpretación distinta: río herido. Es doloroso como toda traducción, como todo traslado de lugar y lengua. Es insatisfactorio como la imposición de la grafía, como haber tenido que buscar si debiese escribir lewfü o leufu. Carecer de las herramientas para dar sentido a un nombre es una de las heridas que dan forma al libro, que declara al principio:
“N
O
H
A
Y
E
S
T
R
U
C
T
U
R
A
N
I
O
R
I
G
E
N”
No hay una forma de estructurar esa memoria ni acceder a ella, la historia y los códigos han cortado las vías de acceso.
La columna vertebral del poemario y la imagen que funciona no como estructura, pero sí como ente que le otorga sentido, dirección. No unívoca, por cierto, el río arrastra, se retuerce y suena, da y devuelve. Incluso lejos de Nueva Imperial, en el roce con el paisaje y los símbolos de la urbe, “Nacer del cemento / escribir con tinta roja en vez del río” o “Mi cruz es el río / la acequia y el pozo.” El río tiene sus formas de aparecer y desaparecer en la ciudad.
La memoria también es el río, pero a la vez es más que eso. Se busca, se reconstruye, se traza, se relata. Es un sueño, como en “La madre está en sueños, me contestó” donde también reaparecen voces que guarda y arrastra la memoria, para terminar con su fuga:
“Una poblada muerte
en la última palabra
que no recuerdo
porque a mí no me sucedió.”
Todo lo que se trata de recuperar se da a la fuga, efímero como son los sueños, o violenta como la escena del ñachi en “Imperativo”, en el que la impresión de la muerte del animal para preparar y comer su sangre se queda imborrable en el recuerdo.
El origen que no hay, se busca recomponer, en el anhelo de esa estructura que tampoco hay: “Estamos en un mapa que se fragmenta / y con cada piedra formamos un origen.” Y esta búsqueda es fundamentalmente afectiva, incluso carnal y sustentada en el habla con la familia, “Me duele tu hemorragia, le dije. / Me crujen las pieles de tu hendidura / tienes un tajo de río.” Son esos tipos de lazos los que marcan la pauta para una serie de relatos hechos desde el amor y el dolor familiar. “Un cordón umbilical extendido / atravesando montañas / en busca de su caudal.” Una forma de hacer una línea no-lineal del tiempo pasado, del habla en crisis o fuga, aunque la muerte de la madre, o la muerte temprana y terrible de la madre del padre, la vuelvan una línea cortada, rota “como espiral / de caracola al final / del océano.”
“¿El río nos podrá salvar?” La respuesta no es clara. Muy propio del río es no ser unívoco nunca. El río está herido y hiere. Tiene su temperamento y buscar refugio en él tampoco es una opción segura. “El agua no purifica / quema.” Y tampoco augura necesariamente un devenir, solo queda tomar de él lo que arrastra y dejar en él y a él lo que corresponde “antes que todo / desaparezca / mar adentro.” Porque también lo que se le deja se fuga:
“¿De qué sirve
escribirte, si desapareces
en la hoja
en el cauce?
Es que, aunque parezca un lugar común, es cierto que un río nunca es el mismo dos veces, aunque la herida persista. Esa quizá es su virtud, su persistencia como símbolo, como marca en la geografía. Una persistencia mutante, es cierto, pero persistencia al fin y al cabo. Que nutre y luego arrastra al mar.
Creo que eso es. Puede que no haya origen ni estructura, pero hay río. Estuvo antes y estará luego. Después de todo, eso es lo que había antes de la grafía, antes que el habla misma, el sonido del río. Antes que todo canto y aquello que el canto imitó en cuánto lo hubo, así como el llanto, no debemos olvidar. “El río es voz / que no / calla” Y no callará. Por eso y muchas cosas más es que Río herido sigue vigente. A falta de origen, se remonta a lo que había antes del origen, para hablar de un exilio dolorosamente contemporáneo, incluso a más de una década de su publicación original, continúa hablando de un innegable presente. El río sigue sonando todos esos años más tarde: cortado, desbordado, violento; en fin, herido. Y, sin embargo, suena. Será porque piedras lleva.

