I can think of anything as rough as your love

If only I could understand what it is made of

Gesaffelstein, Doom x Dance X – live

Podría decirse que Gesaffelstein es un productor musical de nicho, pero lo que representa su imagen y su sonido en la cultura pop ha calado en lo más profundo de la música electrónica. Como bastión de lo que dejó el French House, sumado al boom del EDM en la década del 2010, Mike Lèvy posee la virtud de llevar la elegancia francesa hacia a una simpleza más cercana a la alemana o al EBM inglés, con nombres como lo podrían ser Kraftwerk o Depeche Mode. Esa opacidad rítmica y seca termina por germinar de su mano en una estética brutalista, sintética, que habla en un nihilismo malévolo, casi hedonista, consagrando un estilo caracterizado por lo mínimo y, a la vez, abrasivo, delicadamente violento.

De ese hilo pende su prestancia, el que lo ha llevado a ganarse el último Grammy por Mejor Remix en su reinterpretación de Abracadabra, canción de Lady Gaga perteneciente a MAYHEM, su último disco. Puede ser que este hecho no diga mucho por sí solo, pero al subir el DJ a recibir su premio, la gala de la música mundial enmudeció por su performance enmascarada, caminando hacia el estrado en un traje pulcro, con unos guantes y una máscara que replica su piel y su rostro en una textura brillante e inanimada, como si estuviera recubierto de materia oscura o de un agujero negro. No dijo nada, no miró ni saludó a nadie, sólo tomó el gramófono de oro e hizo una reverencia en medio de los aplausos. El gesto podrá representar muchas cosas dado el estado actual del espectáculo, pero es notorio que la sobriedad y la aniquilación de su ícono artístico es una arista vital de su trabajo. En Gesaffelstein, todo se trata de llevar el rasgo humano a su mínima expresión posible, habitando esa cólera a diestra y siniestra. Punto aparte sería el evidente homenaje a Daft Punk, quienes hicieron exactamente lo mismo cuando ganaron el Mejor Disco del Año por Random Access Memory en el 2014.

Basta con escuchar Enter the Gamma (Live) y todo este universo de meta-relatos musicales se puede disfrutar y entender a plenitud, la cual responde a la grabación de su gira mundial por el lanzamiento de Gamma, tercer disco de estudio bajo su firma. Quizá estemos ante el mejor disco en vivo de la electrónica en mucho tiempo, si es permitido, después de Alive 2007. La comparación se hace inevitable; Daft Punk realizó su última gira ese año por su disco Human After All, marcando un antes y un después dentro del género. Su espectáculo lleno de luces, de un escenario piramidal y espacial, donde tocaban en vivo los hits que marcaron una carrera casi perfecta, elevaron el status del dúo hasta un nivel mítico. El punto de inflexión vino por unificar la experiencia de escucharlos en las discotecas con versiones únicas e interpretadas exclusivamente para cada show, siendo un hibrido entre un set clásico de Djing y una performance donde las canciones pareciesen estar vivas, regalando una especie de momentum irrepetible e irremplazable dentro de su carrera. Si bien el antecedente directo sería el Alive 1997, en esa gira aún puede escucharse una presentación construida en base al Dj Set, sonando a una discoteca más underground, y que le hace honor al término “Punk”en su nombre.

Esa sería la influencia directa de Gesaffelstein, partiendo por su disposición escénica. Enter the Gamma (Live) fija la silueta del musico a dos manos, extendiendo su postura entre receptáculos paralelos entre sí y perpendiculares al público, sosteniendo sus máquinas de sonido en una suerte de brotes minerales, emulando una piedra estalagmita la cual sería este Gamma, material/sustancia que se ha apoderado de su cuerpo por completo, dejando ver unas luces amarillas en sus ojos de cara al público. La propuesta visual es un espacio vacuo, donde la luz

solo puede iluminar oscuridad, y como evidencia de sus movimientos imberbes, el músico queda flotando en un trance del que no tiene escapatoria, rememorando a la figura del Prometeo encadenado pero de otra galaxia, o del futuro, o de un ángel caído de otra dimensión que sonoriza su eterna y perpetua tortura. Las pantallas de fondo solo enfocan su torso extraído de vida y de dramatismo, pero es el brillo de su petrificación la que grita, en esa penumbra aterradora, la emoción oculta detrás de su mirada: la ira.

El concierto, o el aura que logra desplegar el show musical de Enter The Gamma, provee una imagen particularizada de la carrera de Gesaffelstein en su cúlmine más crudo. Tocando cortes de todas sus etapas discográficas, es él quien cuenta su propia historia en un ejercicio de sadomasoquismo para el oído: es impactante cómo toca cada instrumento, cómo secuencia las cajas de ritmos y los sintetizadores para orquestar una absurda orgía de estruendos, y cómo loopea ciertas secciones para darle más intensidad aún a Gamma, volviéndose un in crescendo sin respiros a medida que avanza el tiempo. Intensidad es una palabra que palidece por completo. Porque la violencia es la catarsis de su imaginario. Funcionaría como el vector de su explosividad, la cual maneja con maestría el ritmo de su destrucción; ahí radica su magia, en llevar la emoción hegemónica de nuestra época al ápice de su tecnicidad artística, ya donde el mundo está calculado nanométricamente para desaparecer en un armagedón perfecto y miserable. Todo en él es suicida, limítrofe, despiadado. Hellifornia es una canción de lleno pornográfica, donde la voz es la multiorgasmia femenina a punta de un 808 retumbante y de una melodía que simula una emergencia nuclear. Psycho x Duel es un techno típico de lugares como Berghain que pareciera tocarse en una máquina rota, llena de glitches y crasheos que generan ritmos impredecibles y aleatorios, la que explota en un four-on-the-floor demasiado sexy para no bailarlo.

El carácter concreto de ese control salvaje bajo las perillas y los MIDI despojan a la sensualidad y a la seducción tan presente del clubbing tradicional o comercial para dejarla erosionada por una supra-emotividad, una holística del postcapitalismo tardío donde hasta el alma ha sido instrumentalizada hasta tal punto que la claustrofobia de las superficialidades y de las apariencias colapsan en una pérdida del sentido como mecanismo experiencial de la vida. Lo que delimita Enter the Gamma es el paréntesis que pertenece a la muerte de la sensación humana desde su saturación absoluta, a modo de los algoritmos de las redes sociales, donde se sube a cada instante infinidad de contenido de infinita índole para que las nuevas inteligencias artificiales empujan esta distopía. Es este ocaso de nuestra época el que Gesaffelstein transforma en música de masas. Y es una exploración, por lo demás, auténtica. No porque haya inventado un nuevo paradigma en la electrónica o porque haya reinventado la presentación en vivo para los DJ’s como si fuera Fred Again tocando un launchpad para una rave gentrificada de New York, sino porque es “esa” sensación agónica entre el éxtasis y la apatía socio-cultural contemporánea la que interpreta con agudeza impoluta.

Pensar Enter the Gamma (Live) implica un compromiso exiguo de su escucha. No es fácil oírse a uno mismo mientras está sonando el disco. La gente que pudo asistir al show debe tener una verdadera fortuna en su memoria porque Gesaffelstein no es un artista de muchas luces. No tiene redes sociales activas. Su contenido en internet, fuera de su material discográfico, son unas cuantas grabaciones de fans que no le hacen justicia. Aún existe en Facebook el Boiler Room que hizo para Vans en Berlin, donde el DJ se oculta debajo de la mesa para consumir cocaína. La cara de quienes están a sus espaldas indica que la esnifada fue legendaria. Acto seguido se levanta, fuma un cigarrillo, y mezcla con soltura durante una hora como si nada. Ese set tiene 10 años. Su evolución ha sido tan previsible como única. Enter The Gamma (Live) guarda el mismo espíritu de ese Boiler, pero elevado a la décima potencia. Lástima que no exista material audiovisual, aunque sea una cuestión intrascendente. La música que produce por sí sola tiene el peso físico y áspero que necesita el pop hoy en día; eso outsider, disruptivo, contracultural, o una resistencia.

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