MIMOSA

Es que fueron cojudos, sabes. Tenían que tirarlos al mar. Los llenaban de plomo muy pesado y los botaban al mar. Y listo. Se acabó. Había una canción, “Que no quede huella”, creo que era de un tal Rodolfo Aicardi, un colombiano. Se puso de moda y nosotros la cantábamos para reírnos de eso, de los fondeados. Creo que fue un comandante el que empezó a cantarla. Lo que digo es que fueron cojudos, ¿fosas comunes? ¿Enterrarlos en un desierto? Cojudos. Era obvio lo que iba a pasar. Era tan fácil: el mar se los traga y se acabó.

Cuando estuve en Río con la Tere, el guía nos contó que, en la religión yoruba, al mar se le dice Yemọja, que es una diosa o algo así, pero que eso significa el gran cementerio. Me pareció gracioso. Me reí, pero nadie entendió por qué. Tampoco la Tere, a ella no le cuento esas cosas, imagínate que lo ande contando por ahí. Si supieran. Ese día volvimos al hotel, y mientras la Tere dormía, me di cuenta de algo. Que ellos viven en los peces y nosotros nos los comimos. Como una cadena alimenticia. ¿Lo imaginas? Y que ellos están dentro mío y tuyo, y de todos nosotros. Hicimos lo que este país necesitaba, ni más ni menos. No lo dudes. Ahora todos han olvidado lo que sucedió y lo que habría sido si no hacíamos lo que teníamos que hacer. Solo digo que viven dentro de nosotros. Que al final todos nosotros nos los comimos. No me mires así. Todos. Y viven dentro de nosotros. Los que tenían que morir. Era necesario.

No digo que no. Pero ¿lo imaginas? Desde que lo pensé, se me ocurrió otra cosa. Empezó como un juego, pero ahora lo hago todos los días. Sabes que cuando la Tere trajo a Mimosa a casa yo acepté para que la Tere estuviera feliz. Pero la Tere sale a hacer mil cosas con sus amigas y yo me quedo solo. Entonces Mimosa y yo nos hicimos más unidos, me mira cuando estoy en el sofá; le sirvo su comida y se engríe. Es divertida. Se echa al lado de mis pies cuando estoy en la computadora y puede estar así horas. El juego que te contaba empezó cuando un día estaba friendo pescado. Mimosa me miraba, así que dije, ¿por qué no? Y le di un poco. No sé si está bien darles pescado a los perros. No le he contado nada a la Tere, por supuesto. Pero mientras Mimosa lo comía pensé que era algo divertido. Que ellos sean ahora la comida de mi perra. Me gustó esa idea. Y me quedé mirando cómo lo comía. Ahora todos los días le doy pescado a Mimosa y Mimosa parece feliz.

Siento que hay algo poético en eso. Los fondeamos: los pescados los fueron comiendo muy lentamente, poco a poco, y mi perra ahora se los come. Es la ley de la vida y nosotros fuimos más fuertes. Ellos hubieran hecho lo mismo. Que no se te olvide. Exactamente lo mismo. Dale, dame un beso, no pongas esa cara. Ven aquí, no entiendo por qué te pones así. Es solo un juego. Ellos hubiesen hecho lo mismo y lo sabes bien. Sé que lo sabes. Es así. Vencedores y vencidos. Y nosotros vencimos. Ya está. Eso es la guerra. Y esto fue una guerra, pero a todos se les olvida. Anda, Jesús, dame un beso. Que la Tere vuelve a casa y me tengo que ir ya.

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