¿Por qué afligirnos con distracciones? ¿Cuál es el sentido de vivir—de vivir largamente—sin el desenfreno que provoca la unión de almas artistas, que salen y gritan, que llevan los corazones colmados? ¿Es posible, en este mundo que se nos ha quedado, desatar incendios? ¿Podemos afirmar que estamos vivos?
Nuestra secuencia de carne y palabras rellena algunos huecos: los huecos intermitentes en la línea de una vida subordinada. Quizás, a los días los atraviesa una línea que, al dibujarla, cortaría por la mitad todas las letras que usamos para nombrar nuestro tránsito. Su continuidad se mantiene hasta la muerte y su trazo está compuesto por la búsqueda del trabajo o el sustento. En su prolongación, ocurre una tensión difícil de romper, en la que los huecos, los espacios de en medio, se pierden. No nos queda otra que pelear por mantener aquel espacio.
En la fractura se esconde todo aquello que no está al servicio de nada ni nadie. Sin embargo, ¿quién cavó esos huecos en primer lugar? ¿Cuántos de nosotros estamos jugando un juego que se repite y se alimenta de sí mismo, o que está dotado de su propia banalidad? Nos hemos construido insípidos a base de curarnos las heridas, de aprender que todo lo que usamos no se acaba nunca y que las misceláneas se guardan en pantallas que reproducen copias. A las calles que llevan a mi casa las vaciaron de realidad supliéndolas por cachivaches que comprar. No presenciamos la muerte; ya olvidamos lo que significa la fragilidad, lo efímero. Creemos haber dominado el arte de prevalecer. Nuestros cuerpos quizá sean grandes supervivientes, pero ¿es eso suficiente? Nuestros pensamientos se han diluido en la nada, millones de fragmentos de información. Y mientras caminamos sobre la línea, queremos ser únicos, escuchados, distinguidos, pero solo somos promotores de nosotros mismos. Copiamos, coleccionamos, consumimos. Pensamos: esto es para mí, para mí, para mí. Necesito este pedazo de algo, para llegar a ser, brotar, iluminar. No guardamos reliquias, ni conexión con el mundo de los objetos; insistentes en el espectáculo capitalista se nos olvidó alimentar la pura chispa o la demencia de amor por el alma del otro. ¿Sabemos lo que deseamos, lo que amamos?
Dirán que esto no es más que cursilería, y sí, puede que lo sea. Nos proclamamos artistas, a la vez que vivimos el momento de más saturación de arte en la historia de la humanidad. Se reían de nosotros y ahora qué, todos disidentes orgullosos vamos para allá, alineados en el largo abismo de la producción y la globalización. Uno tras otro nos volcamos en bares alternativos, encuentros literarios, salas de performance y aquello que denominamos como espacios seguros. Fingimos ser los más desaforados, los más chingones, perro concienciado, fresa con habla de precario, rudo, fino, fugaz y satánico. En todo cachito de suelo, alguien con mullet, piercings, dientes adornados con joyas o zapatos de plataforma observando de arriba abajo, tratando de determinar si el otro encaja en sus listas, en sus imágenes guardadas, en sus valores forjados y en sus estéticas. Miradas que juzgan y que han olvidado que, en secreto, desean una mano tierna, un alma tierna que los cuide y los ame. Pero que los ame de verdad: que mire bien su alma y su mente, y que una vez mirados no les deje escaparse. Incluso, en el desborde de la fiesta, creamos reglas y listas que tratan de regular y administrar el amor, cuando en realidad lo que estamos es gritando: por favor, por favor, quiéreme, ámame; por favor, por favor, llora conmigo este llanto adolescente. ¿Es por eso que la gente folla?
Por favor, por favor, si todo lo que he deseado ha sido alguien a quien amar y con quien crear, ¿por qué, al presentarse, me rebelo por miedo a la mediocridad? El enojo me somete al mundo del orden y del tedio, olvidando todo lo que alguna vez imaginé. Los escombros de la posibilidad de una realidad alternativa nos cubren a todos. Cuando miro alrededor, es lo mismo. Intento hablar o gritar, pero las respuestas son inexistentes o idénticas; olvidamos, seguimos adelante y nos callamos. Calla tu danza adolescente. Hay que levantarse e ir a trabajar, y los huecos se quedan vacíos, listos para el invento, el absurdo, la fragilidad. No lo sé. Tal vez alguien debería atreverse, alguien que no esté ahí parado, mirando, a agarrarlos—a agarrarnos—por el cuello y arrancarnos los collares de perlas tan cuidadosamente elegidos, colgando tan perfectos. Arrancarlos y aventarlos al suelo hasta que todos los huecos se llenen de circunferencias plateadas y todo se transforme en magia humana.
Solo puedo llorar a todos los que ya no están y a todos los que han sido tocados por el cerco de nuestro tiempo, incluyéndome. Sacralicemos cada movimiento, cada acción, inventemos presagios o demos nombre a todo suceso, para así evocarlo en el residuo de la pérdida o el amor. Hacer poesía de lo inánime, pero sin convertirla en otro concepto, en otra etiqueta, porque lo vendemos todo y no sabemos dejar de obsesionarnos con nosotros mismos y con la presencia de nuestras ideas. ¡Oh! ¡Nuestras grandes ideas! A nuestra fabulosa inventiva se le ha olvidado la vida misma. Tal vez, entonces, si nos reunimos y planeamos con una libertad tan radical que despojemos a las palabras, arrastremos a las acciones e, incluso, desbaratemos a los huecos de su propia línea, logremos hacer algo tan intoxicante que termine por convertirse en una forma habitual de vivir.
