El emperador le preguntó con ira: «¿Cómo te atreves a molestar los mares?»
Y el pirata le respondió: «¿Y tú, cómo te atreves a molestar al mundo entero?
Porque yo lo hago con un pequeño barco, me llaman ladrón y pirata;
tú, con una gran flota, molestas al mundo y te llaman emperador.»
San Agustín de Hipona
Siempre me ha generado curiosidad el sentido que hay detrás de las palabras. No necesariamente la etimología, sino la manera en que, en su propia composición, parecen enunciar el significado que extraemos de ellas al leerlas o decirlas. De hecho, llevo varios años recopilando las que más me gustan, y ahora tengo una lista de “palabras con significado” (así se llama un grupo de WhatsApp donde las he ido anotando) a las que no les he dado otra utilidad más que la sana apreciación en conversaciones cotidianas con amigos. Más allá de lo subjetivo de mi propio sesgo, disfruto mucho la sensación de que, dentro de ellas, incluso fonéticamente o entre sus morfemas, está aquello mismo que quieren comunicarnos.
Están las que resultan obvias: Sombrilla, algo que da sombra; Paraguas, lo que para el agua; Anteojos, aquello que va ante los ojos; Jubilado, alguien que goza de júbilo. Otras adquieren un nuevo sentido gracias a sus prefijos: Desayunar, quitar el ayuno; Desfogarse, dar salida al fuego; Trasnochar, ir más allá de la noche; Despistar, quitar la pista, alejar a alguien de ella; Remordimiento, algo que vuelve a morderte; Descarado, quien no da la cara cuando ofende; Descartar, deshacerse de una carta.
Pero también las hay curiosas y, en cierta medida, divertidas. De hecho, ahora que vuelvo a revisarlas, me encuentro con algunas sumamente forzadas, que apelan más al humor que a la composición semántica. Mareo, lo que se siente en una embarcación sobre el mar (como si mar pudiera ser un verbo en infinitivo); Tentempié, snack o bocado que te tiene en pie; Divagar, vagar a través de lo dicho; Despechado, a quien le han arrancado el pecho; Desastre, algo que necesita de un sastre para ser arreglado: “Eso está de-sastre”; Esfumar, hacerse humo y, como el humo, fumarse y dispersarse; Bolsillo, el diminutivo de un bolso pequeño; Cementerio, el lugar donde predomina el cemento; Disfrutar, como si el disfrute fuera la consecuencia inevitable de disfrutar la fruta; la Cuesta, cuesta subirla; la Verdura, cuando no ha madurado, suele estar verde y dura.
Hay algunas que esconden cierta belleza y que han llegado hasta a conmoverme. Cosas como Individuo, aquello que no se puede dividir; Nosotros, porque entre los otros nos incluimos; Imaginar, hacer de la imagen un verbo (también en infinitivo), crear imágenes; Continente, lo que nos contiene; Aislarse, apartarse en una isla; Adorar, volver dorado algo; Amable, alguien o algo fácil de amar; Enamorado, quien ha morado en alguien o, quizá, quien demora porque el amor lo hace ir más lento.
Todo esto para decir que, de la misma forma en que me sorprende que haya palabras que parecen concedernos su propio significado de manera tan directa, también me sorprende que utilicemos una misma palabra para referirnos a cosas completamente distintas. De esto no tengo una lista tan extensa, pero se me ocurren, en este preciso instante, palabras como banco, que puede ser una entidad financiera o un asiento; gato, que puede ser un animal o una herramienta para levantar un carro; planta, que puede ser un ser vivo o el piso de un edificio; o vela, que puede iluminar una habitación o impulsar un barco con el viento.
Y, claro, la palabra de la que quiero hablar precisamente en este texto, que es Pirata, o en general, de la Piratería. ¿No les parece curioso que hoy utilicemos esta palabra para referirnos a cosas tan distintas? Porque el pirata es el capitán que asalta galeones en el Caribe, pero también el adolescente que descarga una película. Pirata es el secuestrador que exige rescates, pero también el estudiante que fotocopia un libro. Pirata es quien roba millones de dólares mediante un ataque informático y quien instala Ares en el computador familiar para bajar la discografía completa de Joaquín Sabina.
Me hago estas preguntas porque, dentro de todo, soy y me considero un pirata. A lo largo de mi vida he pirateado por lo menos dos mil películas, he comprado videojuegos piratas, he bajado música por Ares y LimeWire, he descargado libros para mi Kindle. Recuerdo que, cuando los primeros iPod salieron al mercado, llegué incluso a ofrecerles a mis compañeritos del colegio el servicio de jailbreak (que consistía en “liberar” el dispositivo para quitarle las restricciones de Apple y poder instalar aplicaciones, juegos y otras funciones que de otra manera no se podían usar). Entonces, para alguien como yo, hay un nombre, una palabra que me define y que comparto con tantos otros: pirata, piratería, piratear.
¿De qué hablamos cuando hablamos de piratas y, en general, de la piratería?
Hablamos, por supuesto, de esos hombres medio travestidos que navegaban el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, borrachos de grog –un posible antepasado del Cuba Libre que, según se dice, servía para evitar el escorbuto–, a bordo de barcos en cuyos mástiles ondeaban insignias negras con calaveras blancas que anunciaban a los cuatro vientos: “ríndete o muere”. Cuando escuchamos la palabra pirata, pensamos en esos navíos en los que se desarrollaban fieros asaltos que se resolvían a fuerza de cañones y sables y cuyas víctimas eran flotas de simples mercaderes que partían hacia el horizonte añorando sus hogares; se nos viene a la mente esos atracos y esas escaramuzas que resonaban en los puertos del Mediterráneo o del Caribe, no por el eco de la pólvora detonada en alta mar, ni por los gritos de los tripulantes arrojados –con o sin vida– a las profundidades del océano, sino por el renombre del que gozaban las grandes figuras de la piratería crepuscular, como Edward Teach, Henry Morgan o el capitán Kidd.
Hablo de la piratería que hemos romantizado y hecho de ella un producto, una marca, un lugar común entre los disfraces que lucimos o los relatos que llevamos a la gran pantalla. Garfios, patas de palo, parches –que, según dicen, tenían la función específica, más que de cubrir un ojo tuerto, acondicionar al menos uno para la luz exterior y el otro para la oscuridad de la escotilla–, en fin, esa piratería clásica que se remonta a la Edad de Bronce y que Cicerón subrayó al presentarla como hostis humani generis [enemigos de toda la humanidad] para distinguir al pirata marítimo de los enemigos de guerra de cualquier nación. ¿Será esta la definición que todos los piratas compartimos por igual? ¿Somos, en general, los enemigos de toda la humanidad?
Porque cuando hablamos de los piratas, hablamos también de los que hoy todavía frecuentan esa res nullius [espacio sin dueño] que es el mar, tan personaje y testigo como escenografía de cuanta fechoría pueda uno imaginarse, armados con fusiles, granadas y lanzacohetes RPG, a bordo de diminutas embarcaciones –condenadas a la artillería pesada de un magnate con delirios de monarca– tripuladas por seres mezquinos, capaces de secuestrar a cualquier mar-andante por cuya liberación esperan una recompensa generosa, o bien, cargadas de cocaína, fentanilo, marihuana –“la mata que mata”–, drogas, en todo caso, que buscan comprador entre los ciudadanos del mundo.
Ahora bien, tenemos la otra cara de la moneda que, para llamarla de alguna forma, hablaría de la piratería informática, o bien, de los piratas de estos tiempos digitales; piratas cibernéticos, si se quiere; democratizadores de la cultura, agentes anónimos que desafían el autoritarismo del autor y del copyright. De aquellos a los, al menos quisiera creer, pertenezco y con quienes me identifico. Con la debida excepción, claro está, de los individuos que circundan las calles de grandes ciudades y viven del comercio ilegítimo de películas y libros con portadas sospechosas, o de esos pequeños museos itinerantes que visten los adobes con camisetas de fútbol, bolsos, relojes, discos o cualquier objeto de engañosa procedencia que brinde al consumidor un estatus impostado, cuya apreciación solo es posible desde lejos, porque vistos de cerca pierden su valor artificial, o dicho de otro modo, desconjuran el artificio de su fingido valor.
Y para ampliar dicho espectro, añadiría a esos otros piratas que navegan las aguas de la virtualidad y bucean por las profundidades de la deep web para extraer de ese abismo sin fondo contraseñas bancarias, pornografía infantil, videos de cuerpos mutilados, manuales de autolesión, mercados de sicariato por encargo, bases de datos de identidades robadas o transmisiones en vivo de torturas —las llamadas red rooms— donde el espectador paga por dirigir el dolor ajeno. A esa piratería, claro está, no pertenezco, ni nada de lo que hacen me representa. Y, sin embargo, tanto ellos como yo somos catalogados y reducidos bajo el mismo nombre.
Entonces, si somos denominados de la misma manera, pero somos tan distintos y hacemos cosas tan asimétricas, ¿qué es lo que realmente nos diferencia? O bien: ¿En qué nos parecemos? ¿Será una cuestión de alcance, de daño colateral, una cuestión ética, quizás? El pirata aparece entonces como figura ambivalente, fuera de la ley pero a veces con aura de libertad, de marginación, de anti-sistema. Me gustaría pensar que, dentro de todo, pertenezco a los buenos, si es que los hay. Y, sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿existen los buenos piratas? ¿Qué comparten entre sí para que los llamemos, de manera tan homogénea y sin mayor cuestionamiento, piratas?
Yo, por lo pronto, hablaré de quienes, al menos, quisiera creer que son los buenos piratas; los que, además de piratas, son ciudadanos agitados e inquietos, corderos insatisfechos del capitalismo y de la globalización de nuestro siglo. Claro que esto no deja de ser una ilusión. No existe una bandera que nos reúna, ni un código compartido, ni mucho menos una autoridad que decida quién merece llamarse pirata y quién no. Así que, si vamos a seguir usando esa palabra para definir algo que tiene tantas variantes, al menos deberíamos hacerlo bajo nuestras propias condiciones. No para absolver la piratería, sino para distinguir una forma de otra.
De ese intento nace este Decálogo del buen pirata.
- No piratearás a quien hayas mirado a los ojos.
- No te lucrarás.
- Honrarás a los clásicos.
- Compartirás tus hallazgos.
- Comprarás cuando puedas o quieras.
- No financiarás a malos piratas.
- Piratearás para no contribuir al capitalismo.
- Defenderás el acceso libre al arte.
- No acumularás.
- Consentirás que pirateen tus obras.
No pretende ser universal, ni resolver un problema moral. Es, más bien, una declaración de principios; diez reglas con las que me gusta pensar que todavía es posible piratear sin traicionar aquello que, para mí, justifica la piratería: la posibilidad de democratizar el arte y de resistirse, aunque sea de forma modesta, a un capitalismo que parece haber encontrado la manera de cobrarnos por todo. Porque quienes queremos seguir culturizándonos y consumiendo el arte que, para tantos como yo, le da sentido a la vida, debemos pagar sumas que, en proporción a lo que consumimos y a lo que quisiéramos seguir consumiendo, resultan exorbitantes. Hablo de defender una piratería que no busca enriquecerse, sino dar acceso; que aspira a que el arte no sea un privilegio de las élites, sino un bien al alcance de cualquiera que quiera conmoverse con un libro, una película o cualquier otra obra capaz de ayudarle a sobrellevar la vida a punta de palabras, imágenes y conmociones estéticas.
Hay un último detalle que me gusta de todo esto. El verbo griego πειράομαι (peiráomai), del que proviene la palabra pirata, significa “intentar”, “hacer la prueba”, “arriesgarse”. El peiratēs era, antes que un ladrón, alguien que se lanzaba a lo desconocido; un experimentador del riesgo, alguien que se atrevía a desviarse de las rutas trazadas para aventurarse por otras, aunque eso implicara transgredir las normas. No deja de ser una hermosa coincidencia que de esa misma raíz provengan también palabras como experiencia, empiria y experimento. Quizá, después de todo, antes que ladrones, los piratas fueron, sencillamente, personas que decidieron probar otros caminos.



