Son todos iguales: salones amplios, pisos fríos y lisos, altos arcos metálicos, cielos modernos que parecen inacabados. Escaleras y más escaleras eléctricas, ascensores de hospital, cafés a precios exuberantes, cerámicas y mucha gente que no se conoce. Lugares de paso.
Alguna vez me gustaron. Me generaban mucha ansiedad, esa de la buena. Eran símil de lujo, de un regalo, del ahorro de todo el año. Las grandes puertas de la experiencia, de los hasta luego para volver a reconocerse con una galería de celular llena de fotografías, con tarjetas de memoria colapsadas y con un diario con más de 30 páginas nuevas.
Hoy no representan un lujo. De hecho, demuestran un poco la decadencia de lo humano. Es culpa de las incontables despedidas, de los no retorno y las horas que he pasado reporteando. Los aeropuertos, si puedo, prefiero evitarlos.
Esa es la maldición migrante. Te entrega muchísimas virtudes y te llena de recuerdos. Al mismo tiempo, te arruina procesos o lugares para siempre. “Podrás resignificarlos con nuevas experiencias”, dirían los más ingenuos, pero yo escucho mierda disfrazada de optimismo, porque hay algo que aprendí viviendo en mi nuevo país, España: ser migrante es una condición humana irrenunciable, como es para mí ser mujer, morena, chilena y tener los ojos verdes. Me define para siempre, quiera yo o no. Pero esa es
otra historia.
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IB0118, vuelo directo desde Santiago de Chile a Madrid, programado para aterrizar el viernes 10 de octubre de 2025 a las 5:35 am hora española, pero llegó 13 minutos antes.
Esperábamos reunirnos desde diciembre de 2024, cuando se suponía que viajarían para celebrar Navidad juntos, ya que era la primera vez que yo la pasaba aquí. Sin embargo, la operación del tumor cerebral de mi abuelo que venía esperando por más de un año, no salió del todo bien y gestó una meningitis. Le prohibieron volar. Pasé mi Navidad en la T4 de Madrid–Barajas reportando para Diario Público sobre las personas que viven allí. Como yo, también se encontraban solos y muy lejos de casa. Con la no-reunión, las expectativas del encuentro crecieron más.
No pude acompañar a mi abuelo en su enfermedad, ni tampoco pude besarlo cuando despertó de su operación. No pude abrazar a mi abuela ni agradecerle su fortaleza durante este procedimiento. A ella tampoco la he podido acompañar en el avance de su enfermedad de Parkinson. Ya lo dije, la migración
te arruina demasiados procesos para siempre. Pero de esta falta de compañía tampoco vamos a
hablar aquí.
Lloré inalcanzables veces imaginando verles, abrazarles. Habían pasado casi dos años sin vernos, el periodo más largo sin estar juntos desde que nací. Tenía demasiados sueños, demasiadas ganas, demasiadas emociones.
–Este viernes veo a mis abuelos. Estoy nerviosa.
–Uhhhh. Vamooos. Que bien
–Sí
–Insisto que tengo muchos nervios, no sé cómo tomármelo jaja.
Pues intensamente, tal como eres.
Tuve esa conversación el lunes 6 con mi mejor amigo. La realidad distó muchísimo: no lloré, no me emocioné, de hecho, poco sentí. “No te preocupes, nosotros llegamos a tu casa”, me dijo mi abuelo por WhatsApp. Un alivio, un aeropuerto para no pisar, un Uber para no pagar y unas horitas más de sueño. Sí que estaba ansiosa. Los vi allí por el balcón de mi salón. A mi abuela se le hacían pequeñas las piernas al subir. Mide menos de metro y medio y daba zancadas. Se veía tierna, ilusionada, feliz. A ella sí que se le cayeron las lágrimas.
“Ha sido muy triste para nosotros”, me dijo mi abuela casi al final del viaje. Y sí, soy una puta mierda con mi gestión emocional respecto a mi familia. Podía ver cómo volvía mi indiferencia afectiva. En el momento era completamente consciente de ella y aun así no podía controlarla, era como un escudo que se activaba sin mi autorización.
Con mi familia yo no mostraba afecto. Había estado tan lejos de esta historia que mi intensidad había aflorado con toda libertad. El cuerpo había desarrollado su propio traje durante muchísimos años. Yo cambié de país y le di libertad a mi corazón, a mi mente, a mi cuerpo. Pero la memoria no pide permiso. La memoria es un refugio que no solicitamos. Existe en soledad, permanece ahí, resguardando y sabiendo cuidar. El encuentro me puso frente a mí misma, yo podía querer profundamente a mis abuelos, pero era incapaz de expresarlo.
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¿De qué nos desprendemos cuando migramos? La maleta viene bastante llena, es más, muchísimas cosas quedan fuera de la maleta de 21 kilos. Pensamos que sabemos el kit de supervivencia que necesitaremos para la gestión emocional de migrar, sobre todo si como yo, migras en solitario. Pero, para sorpresa de nadie, viene el desarraigo.
Lista de supermercado del duelo migratorio:
- Pérdida.
- Dolor.
- Resignificación de prioridades.
- Idealización de la lejanía.
- Miedo inminente a toda hora en todo momento.
- Ahorro.
- Soledad.
- ¿Soy superheroína?
- Libertad.
- Dependencia de instituciones.
- La ale de 12 años estaría muy feliz.
- Síndrome de Ulises.
- El castellano y el español no es el mismo idioma.
- Culpa.
- ¿Hogar?
- ¿Familia?
- Reorganización de reforzadores psicológicos.
- Moldeamiento de la identidad.
- Síndrome del impostor.
- Sueños.
- Apatía.
“La soledad nos vuelve apáticos”, me dijo un amigo argentino aquí en España, y sí que nos vuelve intolerantes con ciertas conductas. Creo que sobre todo al migrar solos, como es mi caso, nos desprende de roles sociales, de dinámicas contextuales, de códigos y registros, incluso nos separa de nosotros mismos. Pareciera que el almacenamiento de energía es agotable y hay que cuidarlo como un apreciado tesoro, se va rápido y se rellena lento. Pareciera que me volví tan selectiva, como si las experiencias sociales fuesen comida exquisita de élite. Debo caminar lento para prevenir movimientos telúricos, parece una broma, pensando que vengo de un país de terremotos.
En cambio, al despedirnos en la T4 de Madrid–Barajas, lloré. Lloré muchísimo. ¿Cómo? ¿Esta ventana temporal no estaba para quedarse? No entiendo, no entiendo nada. Espera, ¿esto significa que me quedo sola de nuevo? Mierda, la culpa.
Busco explicaciones psicológicas, respuestas a este inexplicable comportamiento mío.
La psicología conductual explica que el comportamiento es inseparable del contexto; reaccionamos a distintos estímulos de manera diferente según cómo nos relacionamos con nuestro entorno. Cuando migramos, ocurre un proceso alto de reorganización de los reforzadores, aquellos que mantienen nuestra conducta en el tiempo. Cambian las cosas que antes generaban bienestar, motivación, seguridad o recompensa emocional. Al desprendernos de todo, hay baja tasa de reforzadores: lo que alguna vez fue cotidiano parece ahora ser importante, lo que antes se podía dar por sentado hoy es escaso. Por ausencia, debemos reorganizar nuestras prioridades. Para mí luce como una torre jenga en medio del juego. Es lo que ocurriría, en menor o mayor medida, en cualquier situación de cambio contextual radical como es una crisis financiera, el quiebre de una relación o vivir en un país en guerra. Tanto como pueden aparecer actitudes de hipervigilancia o sobreexigencia para sobrevivir, pueden aparecer otras que antiguamente no eran permitidas, al encontrar espacios y premiaciones que las refuerzan. También impacta en los vínculos. Los reforzadores afectivos cambian drásticamente, perdiendo refuerzo inmediato del contacto familiar, debilitando las redes de apoyo y dando espacio para la soledad estructural. Claramente este tiene un impacto en la identidad para reconfigurar aquel yo.
Entonces, ¿es apatía? O es realmente el choque entre dos versiones de mí misma: mi yo migrante y mi yo de allí.
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¿Y si hablamos de despedidas?
Hablar de las despedidas es hablar de esos llantos dominicales en el auto luego de terminar la visita mensual que me hacía mi padre de niña; es hablar de ese último beso de mi ex, quien a la semana y un día de migrar, terminó nuestros seis años de relación; de ese día que, con una mochila casi tan grande como ella, mi hermana pequeña embarco un avión rumbo a otro país para no volver a vernos; de ese novio gringo que no se despidió —hoy dirían: que me gostheo— el último día antes de regresar a vivir a Chile. Hablar de despedidas es hablar de los cambios de colegios, de las más de 16 casas, de las Converse que me regalaron hace 14 años y que boté hace un par de semanas.
La despedida, en mi caso, es pérdida, es no volver atrás.
Específicamente esta me enseñó un par de cosas. Por más que cambie, por más que cultive la persona que deseo ser, por más que crezca, nunca podré cambiar el rol que tengo en mi familia. Ese status quo sobrepasa mi capacidad de agencia y aquí me contradigo, porque a veces sí volvemos a mirar atrás.
En estos dos años evolucioné y al desprenderme permití aspectos de mi florecer, que por mucho tiempo no conocía. Madrid para mí ha sido un equilibrio de alegrías pasivas y tristezas comunes. Han sido deseos tenues y melancolía controlada. Ha sido café, terracota y colores pastel. Madrid para mí no ha sido amor a primera vista, ha sido cariño cuidado, cultivado. Y me gusta quererle así, quererme así, estable. Madrid ha sido vivir sin caos —lo que no significa en ausencia de problemas— algo aparentemente imprescindible para una loca intensa que piensa y siente caóticamente como yo.
Lloré porque entendía que ellos no forman parte del aquí. Lloré porque me despedí de aquella yo que por un largo tiempo no me saludó en el espejo, de los roles familiares, de los patrones de bloqueo, de las altas expectativas y de las cargas emocionales. Lloré porque mi yo migrante no se fue. Pero en aquel acto de quedarse y ver al otro marchar hay cierta libertad. Claro que me gustaría pasar este diciembre en Chile, ponerme shorts y una polera de pabilo, comer pan de pascua, tomar cola de mono, terminar la Navidad en la cocina lavando la loza con los tacones mojados, subirme a un avión a mediados de enero y reflexionar: “qué curioso esto de irte de casa para llegar a casa”. Pero en el acto de ver partir a otros, a tu hogar, y quedarte aquí donde elegiste, trae un empoderamiento bastante feo. Porque no todo lo bueno es bello o sigue los patrones de lo esperado. Pero se permite y es tranquilo.
