La línea 1 del metro es la más antigua de Madrid. Se identifica por su color azul clarito y porque pasa por las principales estaciones con transbordos de cercanías y autobuses: Atocha, Sol, Chamartín y Plaza de Castilla. Por esto suele estar llena. Es cuestión de suerte poder encontrar asiento, a no ser que se coja en las primeras estaciones del inicio y del final de la línea, cuando todavía no se ha subido tanta gente o ya se ha ido vaciando. Pero si uno se sube en alguna de las estaciones más centrales, la aglomeración se acentúa por sus estrechos vagones y por los techos, más altos que en los trenes de otras líneas. Apenas hay asideros de los que agarrarse, así que toca colgarse de las barras y correr el riesgo de que el brazo se desarticule y se quede colgando. Aun así, la multitud termina siendo una ventaja, ya que se genera un acto de fe colectivo, una confianza implícita en los demás pasajeros, quienes amortiguarán el golpe en caso de caída o tropiezo cada vez que el tren frene en una estación.
Intento evitarla y no suelo tener motivos para cogerla, pues en las dos estaciones más cercanas a mi casa solo pasa la línea 3, la amarilla. Pero ha habido veces en que he tenido que hacer transbordo y subirme en la 1. Para hacer el viaje más ameno, mientras tengo medio cuerpo colgando y mantener el equilibrio me impide sostener el libro con una sola mano, me gusta pensar que el vagón en el que estoy metida es una cápsula del tiempo. El ruido del tren al acercarse al andén me transporta a una estación en blanco y negro, en donde los trenes que llegan y parten expulsan ese sonido que hacían los de vapor de principios del siglo xx, y que sigue sonando cuando la cámara se aleja y el tren gira por unas curvas angostas alrededor de enormes montañas verdes. Además, el miedo que experimento debe de ser el mismo que sentían los pasajeros de entonces cada vez que el tren cobra velocidad y comienza a dar tumbos de un lado a otro, en un vaivén arrítmico, como a punto de descarrilarse.
Esta vez tenía que atravesar la almendra central de la ciudad. Había reservado una cita con un masajista que, según me habían dicho, hacía magia desapareciendo los nudos del cuerpo. Para llegar había tenido que hacer un par de transbordos, pero a la vuelta, cubierta de aceite desde los dedos de los pies hasta las puntas del pelo, caminando como un bebé que acaba de aprender cómo sostenerse solo y celebra cada paso que da con ahínco y sorpresa, quería volver en línea directa. Tenía más posibilidades de encontrarme con alguien en las esperas de los transbordos que andando veinte minutos hasta mi casa con las gafas de sol puestas.
La alegría y la sorpresa infantil aumentaron cuando se abrieron las puertas del vagón y tenía un montón de asientos libres para elegir. Me senté en uno en la mitad de la mitad. Desde ahí, la distancia era perfecta para salir por cualquiera de las dos puertas y, al no estar en los extremos, no tenía que ceder el asiento a una persona mayor o a una embarazada. Con la misma dicha saqué el libro del bolso pensando que iba a tener que desempolvarlo por el tiempo que llevaba ahí guardado, e intenté retomar la lectura en la página que había dejado marcada la última vez.
Tuve que volver al comienzo del capítulo porque estaba completamente perdida con la historia, pero enseguida levanté la mirada y, como si se tratara de un bodegón de un museo en medio del metro de Madrid, quedé atrapada por la papaya envuelta en papel film que estaba frente a mí. Reposaba sobre las manos gruesas de un hombre que la agarraban y apretaban con una fuerza que parecía atravesar el plástico. El material la cubría perfectamente, sin ningún grumo ni arruga. Se formaba una película delicada que la hacía brillar tanto como si fuera el mismo aceite en el que yo estaba embadurnada. El hombre miraba fijamente a la papaya —verde todavía— como intentando evitar, con sus cinco sentidos, que la fruta se resbalara y rodara por el vagón hasta que la pulpa acabara desparramada dentro del plástico.
Me pregunté cómo había llegado hasta ahí una fruta tan exótica. Si estaba así de biche aún, seguro que con tan solo unos días de haber nacido había pasado semanas almacenada en una bodega, lista para ser despachada en un barco o en un avión. Ahora seguía encerrada en un plástico que no la dejaba respirar, dentro de un vagón que cada vez se iba llenando más de gente, bajo un túnel subterráneo, oscuro y sucio, que atravesaba una ciudad a la que ella no pertenecía.
Recordé que de pequeña odiaba la papaya por el olor a vómito que desprende cuando está madura y ya se puede abrir con facilidad. El malestar aumentaba cuando veía esas fibras babosas enredadas en un bosque de semillas negras que mi mamá guardaba para ablandar la carne, y que mi papá quitaba cuando le servía la fruta partida en dos mitades a los pájaros todas las mañanas. Nunca supe si esto lo hacía como un anzuelo para el placer de verlos y escucharlos, pero sin tenerlos encerrados, o como un agradecimiento por su compañía diaria, casi desinteresada, pues los pájaros también venían, aunque no hubiera fruta.
Dudé de cuándo se había subido aquel hombre que sostenía la fruta con firmeza y cuidado. No estaba segura de si se había subido conmigo o si ya estaba sentado antes y era yo quien se había sentado frente a él. Quizás había entrado en la siguiente estación y no me había dado cuenta por estar leyendo. De repente me fijé en el niño que estaba sentado a su lado. Tendría unos seis años, el pelo oscuro y muchas pecas en la cara. Supuse que venía con el hombre de la papaya que, por las canas, podía ser su padre o su abuelo.
De la papaya al niño ya había pasado un buen rato sin leer, así que volví al libro e intenté pasar a la siguiente página. Pero el tren paró en la siguiente estación y me desconcentró el joven que acababa de entrar en el vagón de al lado. No parecía muy mayor a pesar de la joroba que sobresalía de su espalda tan encorvada. Le añadía aún más peso a ese cuerpo que parecía chuparse a sí mismo y que se sostenía sobre unas piernas tan delgadas como los dedos finos de sus manos abiertas para recibir alguna moneda. Por los agujeros de su ropa alcanzaba a ver su piel, quemada y sucia, pero no distinguía bien su rostro. La barba oscura lo cubría casi por completo y la gorra que llevaba puesta le tapaba las cejas y la mitad de los ojos. El joven repetía las mismas frases con pesadumbre y con un tono grave y monótono, que si alguien tenía dinero para darle para comprarse un café o comer algo, vivía en la calle, por favor.
Cuando llegó a nuestro vagón intenté fijar los ojos en la lectura para evitar hacer contacto directo con él. Aunque el hombre no parecía un loco, es un hábito que tengo desde niña, cuando me decían que no mirara a los ojos de los locos ―en ese entonces se consideraban así a todas las personas que vivían en la calle― porque me podían tirar una piedra o abalanzarse sobre mí. Pero el joven se detuvo en la mitad del vagón y se apoyó en la barra que me separaba del hombre de la papaya y el niño de pecas. A pesar de que intenté no mirarlo, me di cuenta de que el joven estaba tomando aire para repetir el discurso pero, antes de que pudiera soltarlo, el niño le tocó el brazo y le ofreció el asiento libre que se acababa de desocupar a su lado. Me sorprendió que su padre, o su abuelo, sentado en el otro asiento, no le dijera nada ni se molestara en explicarle que aquel joven no buscaba un asiento, sino que iba de vagón en vagón pidiéndole dinero a los que estaban sentados. Pero el hombre seguía concentrado en la fruta, agarrándola fuerte con ambas manos. El joven ignoró el gesto del niño y siguió pidiendo alguna moneda con el mismo tono monótono. El niño siguió, con una mirada triste y confundida, sus pasos hacia el vagón de al lado.
Un par de paradas después yo ya había logrado leer casi cuatro páginas seguidas desde el inicio del capítulo cuando me fijé en que, en el asiento vacío que el niño había ofrecido antes, se estaba sentando un anciano. Estaba tan encorvado como el joven que había entrado dos estaciones antes y su peso también se sostenía sobre dos piernas tan delgadas como los dedos blancos y temblorosos con los que acarició la rodilla del niño en forma de saludo. El niño sonrió cuando el hombre se sentó a su lado. Yo intenté volver al libro, pero el metro se detuvo en la siguiente estación y me sorprendió ver que, tanto el niño como el anciano, se levantaban y salían juntos por el mismo vagón.
Supongo que me quedé con la misma mirada confundida del niño cuando el joven le rechazó el asiento. El hombre de la papaya seguía sentado con la fruta apoyada en sus dos manos, sin ningún signo de tensión o calambre, y ni siquiera se había despedido del niño.
Ya me quedaba una estación para llegar y el vagón iba a reventar. Solo alcanzaba a ver los asientos que estaban frente a mí gracias a los agujeros que se formaban por el roce de los cuerpos que iban de pie. Me levanté cuando la voz del metro anunció la próxima parada y, al acercarme a la puerta para salir, tuve que dar un paso hacia atrás pues rápidamente entró el mismo joven encorvado que había estado pidiendo dinero cuatro estaciones antes. Esta vez, el hombre de la papaya despegó una de las manos que agarraban la fruta para ofrecerle el asiento de al lado que acababa de liberarse, el mismo en el que había estado sentado el niño con la cara llena de pecas.

