La merienda siempre fue una hora oblicua, un pliegue del día que no pertenecía del todo a nada. No era ya la mañana, pero tampoco la tarde completa. Un territorio intermedio, tibio, donde las cosas podían decirse sin urgencia y sin promesa.
En casa de mi abuela, la merienda llegaba cuando la luz empezaba a inclinarse sobre el aparador. No se anunciaba: simplemente ocurría. El pan se partía con las manos, nunca con cuchillo; el chocolate se dejaba reposar un instante sobre la mesa para que el aire lo templara; el café con leche se servía en tazas desparejadas, como si la uniformidad fuese una descortesía.
Yo aprendí allí que la merienda no era una comida, sino una forma de espera.
Mi abuela decía poco. Observaba cómo yo untaba el pan con una precisión que hoy me parece excesiva, casi ritual. Me miraba como se mira algo que no se quiere interrumpir. A veces, cuando el silencio se espesaba, preguntaba lo justo: si había frío en el colegio, si la maestra seguía con esa tos seca, si yo seguía escribiendo “cosas raras” en los márgenes de los cuadernos.
Nunca hablábamos de lo importante. Pero lo importante se acomodaba entre las migas.
Recuerdo una tarde concreta —aunque quizá la haya inventado con los años— en la que el pan estaba más duro de lo habitual y el chocolate se quebró en dos al partirlo. Mi abuela lo observó un segundo de más.
—Las cosas no siempre se rompen por estar viejas —dijo—. A veces se rompen por dentro.
No explicó nada más. Yo asentí como si entendiera.
La merienda terminó como terminaban todas: con un gesto leve de recogida, sin despedidas formales. Yo volvía a casa con las manos oliendo a cacao y a pan caliente, y una sensación que entonces no sabía nombrar: la certeza de haber sido cuidada sin haber sido interrogada.
Años después, cuando la vida empezó a exigirme respuestas, entendí que aquella hora había sido una escuela secreta.
Ahora meriendo sola.
No siempre, pero casi. Me preparo algo sencillo: una infusión que dejo enfriar, una fruta cortada despacio, a veces una tostada con miel. No busco saciar nada. Busco sentarme. Detener el día. Permitir que el cuerpo recuerde que no todo es avance.
Hay tardes en las que no pienso en nadie. Otras, en cambio, la memoria se sienta conmigo sin pedir permiso. Aparecen manos antiguas, frases no dichas, silencios que aún tienen temperatura.
He aprendido que la merienda es el único momento en el que puedo pensar sin que el pensamiento se vuelva exigencia. No se me pide producir, decidir, demostrar. Solo estar. Masticar. Beber. Respirar.
Una vez, alguien me preguntó por qué no salía más a esas horas. Por qué no quedaba, por qué no llenaba ese tiempo de planes.
No supe qué contestar. ¿Cómo explicar que hay horas que no quieren ser compartidas del todo? ¿Qué hay rituales mínimos que sostienen más que cualquier conversación larga?
La merienda no es soledad: es intimidad con lo que aún no ha sido dicho.
A veces escribo después. Otras, no. A veces solo dejo que la tarde se cierre sobre sí misma, como una carta que no necesita destinatario.
Pienso entonces que la merienda fue siempre una forma de amor discreto. Un amor sin espectáculo. Un amor que no pide agradecimiento. El amor que no interrumpe, que acompaña sin dirigir.
Quizá por eso me gusta tanto.
Porque en un mundo que empuja a decidir, a nombrar, a explicar, la merienda sigue siendo ese espacio donde basta con estar sentada, con algo tibio entre las manos, esperando a que la luz termine de inclinarse.
Y en esa espera, sin saber cómo, algo se ordena.
