Estoy en mi chequeo trimestral de vigencia de juventud: comprobar si conozco todas las canciones que tocan mientras vitrineo en Urban Outfitters. Antes de empezar, siempre me fijo en el tipo de música que está sonando. A veces eligen playlists con clásicos de los noventa o los dos mil que no sirven para ponerme a prueba y tengo que volver más tarde o al día siguiente.
Where art thou? Why not uponeth me?
Se oía la voz de Sabrina Carpenter cantando “Bed Chem”cuando pasé hoy por fuera de la tienda, así que supuse que sería un buen día para hacerlo. Después pasó “Luther”de Kendrick Lamar, “Bodyguard”de Beyoncé y ahora suena “360” de Charli XCX. Vamos bien, pienso mientras descuelgo dudosa un polerón oversizedrosado chicle.
Se me acerca una chica que por alguna razón me recuerda a una gorra de baño. Viene con su pelo corto y rulos pegados al cuello, toda bajita y ligera. Lleva una falda con vuelos tan delgada que se mueve incluso cuando deja de caminar. Me ofrece un canasto y me habla de las ofertas.
—Ey, yo también soy chilena, qué bacán —le digo porque reconozco su acento.
Me responde con una sonrisa y yo me siento estúpida. Empieza a sonar “16” de Baby Keem.
Escondo mi incomodidad detrás del colgador de las ofertas y ahí encuentro un chaleco peludo de Hello Kitty que me llama la atención. La tela es tan plástica que al sacarlo descarga pequeños chispazos con el roce y se me erizan los pelos del brazo. Ya no estoy para estos trotes. Hace años tuve uno del mismo material y me daba la corriente cada vez que me lo ponía. Me encantaba. Recuerdo las fotos que me sacó mi mamá cuando lo elegí: tengo puestos unos jeans y la parte de arriba de un bikini tornasolado que también me estaba probando. Me creía Steven Tyler con la guata al aire y el chaleco peludo encima —rojo, largo, sin botones—, además de los Ray-Ban de aviador que había comprado esa misma tarde en el Aventura Mall de Miami.
A mi mamá le fascinaba sacarme fotos en los probadores. Yo posaba. En ese momento me convertía en la reina de nuestro mundo de dos personas; su envidia fluía como agua fresca y yo bebía hasta atorarme.
Bajo la escalera para ir a los probadores y escucho: What if I die on purpose? What if it wasn’t even worth it? What if I’m walking alone? Es “Stanka Pooh”, de Doechii. Sonrío satisfecha.
Cuando llego al primer lugar de la fila de los probadores, un chico que tiene la cara igual de larga que su pelo amarillo me recibe la ropa.
—¿Cuántas?
—Siete —le respondo mostrando mi selección y parece que le da una lata atroz.
Tres pantalones que no les tengo ninguna fe, dos polerones que pueden ser, un bikini y una polera, pienso mientras me pasa dos cartelitos de madera torciendo la muñeca, sin despegar el codo del mostrador.
Frente al espejo lo atroz soy yo. Antes mi guata era lisa y plana, como una pista de ski a primera hora del día. Ahora todo mi cuerpo parece una playa por donde han caminado miles de pequeños veraneantes. Estoy llena de montículos y de irregularidades en los brazos, en la espalda, incluso en las pantorrillas. «Eso se llama celulitis», diría mi mamá si entrara de sorpresa al probador como hacía siempre, para pillarme en calzones y asegurarse de que no me hubiera hecho tatuajes, piercings o alguna otra cosa rara a escondidas.
Pretty, pretty, pretty, pretty.
Sola frente al espejo me siento podrida.
El top halter con ojales que acabo de probarme no favorece en nada mis brazos. Los aprieto para acentuar los hoyos de la celulitis mientras Jennie canta su mantra para las pretty girls.
Me gustaría que mi mamá entrara a examinarme y sacarme fotos. Me miraría todo menos a los ojos y me retaría un buen rato por los tatuajes que me hice en la pierna sin su permiso. Sería un desprecio similar a cuando me dormí pegada a la puerta de la casa porque estaba muy borracha y no encontré las llaves entre los pedazos de torta de mazapán que traía en la cartera. «Asquerosa», me dijo con la boca torcida cuando salió a buscar el diario y me encontró desparramada con los tacos puestos. Unas pocas hormigas caminaban entre mis dedos. Yo tenía diecisiete años y venía de una fiesta de matrimonio, pero mi madre insistía en que dañaba mi cuerpo y que el cuerpo es uno solo.
Hace un rato empezó una canción que no conozco, pero no había querido admitirlo. There’s a graveyard in my dreams. La letra no me suena. Flies over my head. Nada.
Se me hace un nudo en la garganta. Iba tan bien.
En el colegio era matea, solo a veces me sacaba un 6,8 en matemáticas. «¿Por qué no un 7?» Preguntaba mi mamá con su boca de siempre, torcida.
Casi, casi bien.
Mi clavícula marcada la tranquilizaba, y mis piernas largas. Los jeans que me quedaban siempre a la primera, estar tres horas en el probador, mirarme con sus ojos envidiosos; queriendo el brillo de mi pelo, la suavidad de mi piel, el colágeno dentro de mis labios.
Todo eso que se me ha ido acabando.
Best try not to fight it.
La canción desconocida sigue.Hipnotizada por mi reflejo, me acerco hasta que estoy a punto de tocar el espejo con la punta de la nariz y empiezo a buscarme canas. Con los dedos, voy separando mechones de pelo, detectando dónde están las más brillantes y erizadas. La mayoría me sale en la nuca y para mirarlas me pongo tan turnia que me duelen los ojos. Me ayudo con el espejo. Las arranco una por una, y las voy dejando encima de mi abrigo negro que está sobre un asiento de madera. Cada pinchazo hace que me pique un poco la nariz. Sonrío con los ojos llorosos porque me da cosquillas y eso me relaja. Me recuerda a las manos pinchudas de mi mamá. Sus dedos blancos y huesudos como púas afiladas que rara vez interactuaban conmigo si no era a través de la cámara de fotos.
El contraste de las canas acumuladas sobre la tela oscura me da un placer parecido a cuando me depilo los bigotes y con la yema del dedo índice toco los pelos que quedan incrustados en la cera.
Se me pone la piel de gallina.
Sobre el abrigo se ha ido formando un pequeño racimo de hebras blancas. Un ramo brillante y delicado. Me lo paso por la cara como si fuera una brocha y con ella pudiera borrar los surcos de alrededor de mi boca, las ojeras hinchadas y oscuras, los tres pelos gruesos que me salen en la pera cada dos meses, las venitas rojas en el pliegue de los hoyos de mi nariz.
Un golpe en la puerta me hace dar un salto.
—¿Todo bien?
Debe ser el chico amarillo, preocupado por el tiempo que llevo encerrada con las siete prendas. Le digo que sí, que ya salgo. Me saco un último pelo, café oscuro. Con él amarro la brocha de canas y la guardo cuidadosamente en mi cartera
