Decía Ortega y Gasset que la labor de la crítica literaria no es valorar la obra por sus méritos, sino tratar de definir su carácter.Y ese carácter se sustenta en el objeto general de la obra: en aquello que, de entre todas las infinitas posibilidades ofrecidas por la experiencia, el o la artista decide convertir en tema. “Hay una afinidad previa y latente entre lo más íntimo de un artista y cierta porción de universo”, decía Ortega, “el poeta cree ver en ese objeto el mejor instrumento de expresión para el tema estético que dentro lleva”[1].

Si es o no la delimitación del objeto temático el trabajo fundamental de la crítica literaria, si es o no es ese objeto la piedra angular sobre la que se asienta todo trabajo artístico, me parece que no importa demasiado. Como las obras artísticas mismas, también las teorías críticas me resultan más o menos interesantes según lo que sea que yo o ellas estén buscando, si es que acaso ellas o yo buscamos algo cuando las pensamos. Y la teoría de Ortega me resultaba interesante porque me ayudaba a satisfacer (al menos parcialmente) mi curiosidad por una obra literaria, en este caso una novela: El corazón habitante, de la escritora mexicana Daniela Tarazona, recientemente publicada por la editorial Almadía.

Cada obra produce sus preguntas, al menos en quien no tiene más remedio que hacérselas, ya sea por vicio o por trabajo. Y la primera que me produjo El corazón habitante fue la siguiente: ¿por qué la autora decidió contarme precisamente esto?

Claro que uno siempre se hace esta pregunta cuando lee (uno, quiero decir: yo. No puedo hablar por nadie más), pero, por lo general, la respuesta aparece más pronto que tarde. En El corazón habitante, sin embargo, la respuesta no me llegaba nunca. Avanzaba y avanzaba en la lectura (inevitablemente, por cierto, como sucede con toda obra interesante) y seguía sin entenderlo.

Que esto no se tome como un juicio de valor: si avanzaba y seguía sin entenderlo era porque el tema, el objeto, el carácter de la obra, no me era reconocible; porque la porción del universo que se supone, de alguna manera, afín a Daniela Tarazona, estaba, para mí, por definir; porque la obra orbitaba alrededor de algo aparentemente inactual, inesperado o insólito.

¿Qué sucede, entonces, en El corazón habitante? El libro comienza en una caverna. Mientras una mujer prepara carne de animal, un hombre llega con una nueva pieza de caza: un ciervo. La mujer se ocupa de despiezar el ciervo, mete la mano en una incisión que abre en el pecho, toca el corazón del animal y saca del interior una piedra. En el siguiente capítulo, se presenta a William Harvey, un médico que investiga sobre el corazón y la circulación de la sangre. El médico rememora, entre otras cosas, la vez que abrió el cuerpo vivo de una paloma y tocó su corazón con el dedo caliente para intentar que latiera de nuevo. Mientras piensa en el corazón como un centro, en la vida y la muerte como un círculo, Harvey se queda dormido, aliviado y atemorizado por su propio pensamiento. En el tercer capítulo, un astronauta convive en una nave con otro compañero, llamado Ryu. Desde su nave, el astronauta piensa en su hijo, en las bacterias, en la falta de sentido, en los hechos circulares, en un posible suicidio y en la muerte de su padre.

A partir de ahí, la estructura se repite: un pasaje centrado en la mujer de la caverna, un pasaje sobre William Harvey, otro sobre el astronauta. Así, se alternan, en orden, unos y otros fragmentos, hasta el capítulo final del libro, donde el orden cambia (también el punto de vista) y las tres narraciones comparten por primera vez un espacio. Nunca llegan a cruzarse del todo, nunca llega a quedar claro lo que los vincula, pero las historias, o al menos algunos de sus motivos, se inmiscuyen aquí y allá en las demás, como si sucedieran en una cronología imposiblemente sincrónica.

Una de las respuestas al porqué de la novela de Tarazona se puede obtener al focalizar el análisis en este procedimiento artístico, especialmente con respecto a la estructura y la interrelación de motivos. Las tres historias del libro se conectan entre sí por la reiteración de algunos elementos, que se retoman en los siguientes o se diseminan como si fueran leitmotivs musicales o figuras repetidas en una serie de pinturas. El corazón es uno de ellos, claro. El corazón, la herida, el cuerpo humano y animal, la circularidad. La obra sería, entonces, el resultado de una labor de conjunción, como apunta Cristina Gutiérrez Valencia en su reseña para Cuadernos Hispanoamericanos[2], una convergencia de símbolos y conceptos. La elección del estilo quedo, conciso, anémico, de la novela, buscaría favorecer que esta conjunción se produjera silenciosamente, de manera subterránea, evocadora.

Esto contestaría a mi pregunta hasta cierto punto. El asunto es que no estoy seguro de que, para una artista, sea suficiente con sentir interés por un procedimiento para volver una y otra vez a su trabajo, día tras día, hasta darlo por fin por terminado. Quizás sea un impulso suficiente para escribir, sí, pero no para dedicarse a la escritura. Como decía Marguerite Duras, si ella no hubiera elegido la escritura como profesión, habría escrito libros igualmente. Pero habrían sido libros “ilegibles, pero totales. Tan lejos de cualquier habla como lo desconocido de un amor sin objeto”[3]. Y El corazón habitante no es, creo, uno de esos libros ilegibles. No me parece un amor sin objeto.

¿Por qué este tema, entonces, en el que la novela insiste? ¿Por qué la mujer de la caverna, el médico, el astronauta? ¿Por qué el corazón? ¿Cuál es el carácter, la obsesión, el objeto de amor de este libro?

Me gusta pensar que la anterior novela de Tarazona, Isla partida, contiene señales para sumergirse en el misterio. Allí se encuentra una frase hermosa: “El dolor es prehistórico. La mano que se extiende para tomar otra mano es histórica”[4]. Y aún estas otras líneas: “La sustancia es la férula de las emociones (…) la identidad rebelde prolonga su viaje contra cualquier sustancia que quiera apaciguarla. Es un engaño. ¿Habrá comenzado hace miles de años?”[5]. Y la última: “Una parte de tu pensamiento se dirige al abismo: nada tiene sentido, los humanos somos animales de mierda y vamos al final”[6]. Me gusta imaginarme El corazón habitante como una glosa de estos tres fragmentos.

El dolor, y también el amor, la curiosidad, la violencia, traspasan el tiempo como una flecha, una flecha que tratara de ser detenida por la Historia. Pero ya se dijo: la mano que se extiende para agarrar otra mano es histórica, pero el dolor, no. El dolor es prehistórico. Se puede acompañar al dolor, se puede agarrar la mano de quien lo sufre, pero no se puede insertar el dolor en la Historia como un acontecimiento, porque el dolor ya existía antes. Y tampoco se puede tratar de aprehender lo que es un corazón hurgando en el pecho abierto de un cadáver. “No sabré nunca”, reconoce el médico de la novela, “si el corazón fue anterior al cuerpo. Mi corazón debe ser un recuerdo que se grabó dentro de mí y cuya fuerza ha permanecido a lo largo del tiempo”[7].

Un recuerdo que ya no se escucha, porque no encaja en el fundamento moderno del progreso, porque no sirve para seguir creyendo en la línea ascendente de la Historia. En su nave, el astronauta se ve invadido por la melancolía. “Su cuerpo es usado para establecer normas feroces sobre los cuerpos de otras personas. Creen que así serán más adecuados para emular la eficacia muerta de las máquinas. Se ha borrado el sentido de la civilización porque su alcance es absurdo. «Nuestra inutilidad es actual. Y qué más da», murmura”[8]. Porque no hay nada más actual, parece, que el intento absurdo de la civilización para dar sentido a su existencia escribiendo una Historia que no existe más que como autopsia, como norma fundamentada en la muerte.

Quizás el tema del libro de Tarazona, su carácter, su obsesión, su obcecación primera, sea ese: tratar de resistir a la materia inerte de la Historia, a la labor de cosificación de la experiencia humana como discurso clasificable, controlable y comercializable, olvidadiza de su propio carácter vivo y caótico, para buscar la manera de escapar de esa dominación, de esa lógica asesina basada en el progreso infinito.

Como escribió Octavio Paz, la idea del tiempo cíclico, al contrario de lo que sucede con el tiempo progresivo de la Historia, “es la posibilidad que cada individuo tiene de recobrar su porción viva de pasado”[9]. Hacer de la palabra, por tanto, no un objeto, sino un cuerpo. Un cuerpo que no se caracteriza por su eficacia, sino por su capacidad para encarnar las imágenes, los recuerdos que nos recorren.

Un cuerpo que no habita, sino que es habitado. Un cuerpo habitado, entre otras cosas, por un corazón habitante que viene de más allá del tiempo, que carga con los dolores y los amores que insisten en volver, que logra escapar de la prisión de la sustancia y que tiene mejor memoria, a veces, que aquellos a quienes habita.

Pero esto es solo una idea. Un ejercicio de crítica literaria. Porque como toda obra de arte, El corazón habitante ni descubre ni desvela: solo añade más misterio al misterio. Más preguntas a las preguntas. Así que lo mejor será que cada cual se enfrente a su libro y descubra, por su propia experiencia, cuál es el misterio que había olvidado.


[1] Ortega y Gasset, J. (1964). “Ideas sobre Pío Baroja”, en Obras Completas, II, 70. Revista de Occidente.

[2] Gutiérrez Valencia, C. (2026). “El corazón no es un cazador solitario”. Cuadernos Hispanoamericanos. https://cuadernoshispanoamericanos.com/el-corazon-no-es-un-cazador-solitario/

[3] Duras, M. (2000). Escribir, 21. Tusquets Editores.

[4] Tarazona, D. (2023). Isla partida, 55. Editorial Almadía.

[5] Tarazona, D. (2023), 64-65.

[6] Tarazona, D. (2023), 65-66.

[7] Tarazona, D. (2025). El corazón habitante, 117. Editorial Almadía.

[8] Tarazona, D. (2025), 102.

[9] Paz, O. (1978). Conjunciones y disyunciones, 19. Editorial Joaquín Moritz.

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